Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 10: El precio de volver
Victoria volvió a leer el mensaje.
“Ahora empieza la parte de la historia que Lucía nunca te contó.”
Después levantó lentamente la mirada.
Lucía estaba frente a ella.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué no me has contado?
Lucía respiró profundamente.
—Muchas cosas.
Victoria sintió que aquella respuesta le dolía más que cualquier mentira.
—Entonces empieza.
—No es tan sencillo.
—Para mí sí.
Victoria sostuvo la memoria USB entre sus dedos.
—Llevo diez años viviendo una vida que alguien construyó sobre mentiras. Me hicieron creer que tú me abandonaste. Me hicieron creer que mi hermano estaba muerto. Me hicieron creer que mi padre era solamente un hombre complicado que intentaba protegerme.
Se acercó a Lucía.
—Y ahora descubro que todos sabían algo menos yo.
Lucía bajó la mirada.
—Lo siento.
—No quiero que lo sientas.
Victoria negó con la cabeza.
—Quiero la verdad.
Daniel permanecía junto a la puerta.
Victoria se volvió hacia él.
—Tú también.
Daniel asintió.
—La tendrás.
—No. No me la vas a dar cuando quieras. Me la vas a dar ahora.
Daniel respiró profundamente.
—Está bien.
Lucía se sentó.
—Hace diez años, Arturo descubrió nuestra relación.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—Alguien se lo dijo.
—¿Quién?
Lucía guardó silencio.
Victoria comprendió que todavía faltaba algo.
—¿Quién?
—Tu hermano.
Victoria abrió los ojos.
—¿Mi hermano nos descubrió?
—Sí.
—¿Y te delató?
—No.
Lucía negó.
—Él intentó ayudarnos.
—Entonces ¿por qué Arturo se enteró?
—Porque tu hermano estaba siendo vigilado.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Por quién?
—Por tu padre.
Daniel intervino:
—Tu padre sospechaba que tu hermano estaba investigando sus negocios.
Victoria lo miró.
—¿Qué negocios?
—Los que compartía con Arturo.
—¿Y Mateo?
Daniel asintió.
—Mateo estaba involucrado.
Victoria caminó lentamente por la habitación.
—Entonces todos estaban conectados.
Lucía la observó.
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo intenté alejarte de todo.
—Pero hiciste un trato con Arturo.
Lucía cerró los ojos.
—Sí.
—¿Qué le prometiste?
—Que desaparecería.
—¿Solo eso?
Lucía no respondió.
Victoria se quedó mirándola.
—Lucía.
Finalmente habló.
—También prometí que jamás revelaría lo que sabía.
—¿Qué sabías?
—Que tu padre y Arturo habían provocado la desaparición de varias personas.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Personas?
—Personas que trabajaban para ellos.
—¿Por qué?
—Porque querían evitar que hablaran.
Daniel bajó la mirada.
—Y algunos no desaparecieron voluntariamente.
Victoria lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Que fueron obligados.
—¿Y mi hermano?
Daniel respondió:
—Descubrió una lista.
—¿Qué lista?
—Nombres.
Victoria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Qué nombres?
Daniel sacó una fotografía doblada.
—Los nombres de las personas que participaron.
Victoria tomó el papel.
Había varios nombres.
Algunos estaban tachados.
Otros estaban marcados con una cruz.
Y al final había tres nombres.
Arturo Salvatierra.
Julián Herrera.
Daniel Herrera.
Victoria levantó la mirada.
—Tu nombre.
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
—Eres hijo de Mateo.
Daniel negó.
—No.
Victoria frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Soy hijo de Arturo.
El silencio cayó sobre la habitación.
Victoria sintió que no podía respirar.
—¿Qué?
Daniel la miró.
—Arturo es mi padre.
Lucía quedó paralizada.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque no quería que lo supieras.
Victoria dio un paso atrás.
—Entonces mi esposo es hijo del hombre que lleva diez años persiguiéndome.
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Y tú sabías todo?
—No todo.
—¿Pero suficiente?
—Sí.
Victoria sintió una mezcla de rabia y miedo.
—¿Te casaste conmigo por orden de tu padre?
Daniel respondió inmediatamente:
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Entonces por qué?
Daniel bajó la mirada.
—Porque me enamoré de ti.
Victoria quedó inmóvil.
—No sé si puedo creerte.
—Lo entiendo.
—¿Cuánto tiempo llevabas trabajando para él?
—Antes de conocerte.
—¿Y después?
—Dejé de hacerlo.
—¿Realmente?
Daniel sacó su teléfono.
—Mira.
Le mostró varias conversaciones.
Transferencias.
Mensajes.
Amenazas.
En una de ellas aparecía Arturo.
“No olvides quién eres.”
Otra decía:
“Tu esposa no puede descubrir la verdad.”
Victoria sintió que las manos le temblaban.
—¿Por qué te amenazaba?
—Porque sabía que quería ayudarte.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
Victoria miró a Lucía.
—¿Y tú sabías que Daniel intentaba ayudarme?
Lucía negó.
—No.
Victoria cerró los ojos.
Por primera vez, no sabía qué creer.
---
A las once y cuarenta y cinco de la noche, llegaron al antiguo almacén.
El lugar estaba completamente oscuro.
Victoria llevaba la memoria USB.
Daniel llevaba una pequeña mochila.
Lucía caminaba junto a ellos.
—No sabemos cuántos hombres habrá —dijo Daniel.
—Entonces tendremos cuidado.
—Victoria...
—No voy a dejar a mi hermano.
Llegaron a la entrada.
La puerta estaba abierta.
Entraron.
Una luz se encendió al fondo.
Y una voz resonó por los altavoces.
—Llegaron.
Victoria apretó la memoria.
—¿Dónde está mi hermano?
—Está cerca.
—Quiero verlo.
—Primero la memoria.
Victoria levantó el dispositivo.
—Aquí está.
Lucía la miró.
—Victoria, espera.
—No.
Victoria caminó hacia el centro del almacén.
—Quiero hablar con él.
La voz respondió:
—No estás en posición de exigir nada.
—Entonces tampoco estás en posición de recibir esto.
Victoria levantó la memoria.
—Si no lo veo, la destruyo.
Silencio.
Después se encendió una pantalla.
Apareció su hermano.
Victoria sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
—¡Sebastián!
Él levantó la mirada.
—Victoria.
—¿Estás bien?
—No.
—Te voy a sacar de ahí.
Sebastián negó.
—No entregues la memoria.
Victoria quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No la entregues.
La voz masculina volvió a escucharse.
—Cállate.
Sebastián gritó:
—¡Victoria, escucha!
La transmisión se cortó.
Victoria miró alrededor.
—¡Suéltenlo!
Una figura apareció desde la oscuridad.
Era Arturo Salvatierra.
El hombre de las fotografías.
El hombre que había estado detrás de todo.
Pero no estaba solo.
A su lado estaba Mateo.
Victoria sintió que el aire desaparecía.
Mateo seguía vivo.
—Hola, Victoria —dijo Arturo.
Ella retrocedió.
—Tú.
Arturo sonrió.
—Por fin nos conocemos.
Victoria apretó los puños.
—¿Dónde está mi hermano?
—A salvo.
—Quiero verlo.
—Lo verás.
Mateo se acercó.
—No tienes idea de cuánto tiempo llevamos esperando este momento.
Victoria lo miró.
—Tú me destruiste.
Mateo negó.
—Tu padre fue quien comenzó todo.
—Pero tú aceptaste dinero.
—Sí.
—Me llevaste aquella noche.
—Sí.
—Y provocaste el accidente.
Mateo quedó en silencio.
Victoria sintió que había encontrado una grieta.
—¿Lo provocaste?
Mateo miró a Arturo.
—Yo no.
Arturo lo observó.
—No es necesario hablar de eso.
Victoria comprendió algo.
—Tú sabes quién lo provocó.
Arturo sonrió.
—Todos quieren saberlo.
—Dímelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque todavía no has pagado el precio.
Victoria levantó la memoria.
—¿Qué quieres?
—Quiero lo que está dentro.
—¿Y después dejarás libre a mi hermano?
—Sí.
Daniel intervino:
—No le creas.
Arturo lo miró.
—Tú no tienes derecho a hablar.
Daniel dio un paso adelante.
—Déjalos ir.
Arturo sonrió.
—Siempre fuiste una decepción.
Victoria miró a Daniel.
—¿Por qué te llama así?
Arturo respondió:
—Porque mi hijo decidió traicionarme.
Victoria sintió un escalofrío.
—Entonces es verdad.
Arturo asintió.
—Daniel es mi hijo.
Lucía se acercó a Victoria.
—No le entregues la memoria.
Arturo levantó una mano.
Dos hombres aparecieron.
Traían a Sebastián.
Victoria sintió que el corazón se le partía.
—¡Sebastián!
Él estaba herido, pero consciente.
—Victoria, no.
—Suéltalo.
Arturo sonrió.
—La memoria.
Victoria miró a su hermano.
Después a Lucía.
Después a Daniel.
Finalmente miró a Arturo.
—Está bien.
Sacó la memoria.
Arturo extendió la mano.
Victoria caminó hacia él.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Pero cuando estuvo cerca, dejó caer la memoria al suelo.
Arturo se agachó para recogerla.
Victoria sonrió.
—Te engañé.
Arturo levantó la mirada.
La memoria se había partido en dos.
—No...
Victoria retrocedió.
—No tienes la única copia.
Arturo la miró con furia.
—¿Dónde está?
Victoria respondió:
—No lo sé.
—¡Mientes!
—No.
Daniel intervino:
—La copia está en otra parte.
Arturo lo miró.
—¿Qué hiciste?
Daniel levantó su teléfono.
—La envié.
Arturo se quedó inmóvil.
—¿A quién?
Daniel sonrió por primera vez.
—A varias personas.
Arturo dio un paso hacia él.
—No sabes lo que acabas de hacer.
—Sí.
Daniel sostuvo su mirada.
—Por primera vez, sí lo sé.
---
Uno de los hombres de Arturo levantó el arma.
Lucía empujó a Victoria.
—¡Corre!
Todo ocurrió en segundos.
Se escuchó un disparo.
Las luces se apagaron.
Daniel golpeó al hombre.
Lucía corrió hacia Sebastián.
Victoria buscó desesperadamente a su hermano.
—¡Sebastián!
—¡Aquí!
Victoria lo encontró.
Lo abrazó.
—Pensé que estabas muerto.
Sebastián lloró.
—Lo siento.
—¿Por qué nunca regresaste?
—Porque no podía.
—¿Quién te tenía?
Sebastián miró hacia Arturo.
—Él.
Un segundo disparo resonó.
Todos se agacharon.
—¡Tenemos que salir! —gritó Daniel.
Corrieron hacia una puerta lateral.
Arturo gritó detrás de ellos:
—¡Victoria!
Ella se detuvo.
—¡No importa cuántas copias tengas!
Victoria miró hacia atrás.
Arturo sonrió.
—Porque la grabación no contiene lo que tú crees.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Arturo levantó la voz.
—Tu padre no ordenó el accidente.
Victoria quedó paralizada.
—Entonces ¿quién?
Arturo respondió:
—La persona que realmente lo provocó está contigo.
Victoria miró a Lucía.
Después a Daniel.
Después a Sebastián.
Ninguno hablaba.
Arturo continuó:
—Y cuando descubras quién fue, entenderás por qué Lucía desapareció.
Victoria sintió que el mundo volvía a girar.
—¡¿Quién?!
Arturo sonrió.
—Pregúntale a tu hermano.
Todos miraron a Sebastián.
Él palideció.
Victoria se acercó.
—Sebastián...
Su hermano bajó la cabeza.
—Victoria...
—¿Qué sabes?
Sebastián comenzó a llorar.
—Yo estaba allí.
Victoria sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué hiciste?
—Intenté detenerlos.
—¿A quién?
—A papá.
Victoria negó.
—Arturo acaba de decir que tú provocaste el accidente.
—No.
—Entonces dime la verdad.
Sebastián respiró profundamente.
—Yo no provoqué el accidente.
Victoria sintió alivio.
Pero duró apenas un segundo.
Porque Sebastián levantó la mirada.
—Pero sé quién lo hizo.
—¿Quién?
Su hermano miró directamente a Lucía.
Victoria se quedó inmóvil.
Lucía perdió el color del rostro.
—No —susurró.
Victoria miró a Lucía.
—¿Qué está diciendo?
Lucía comenzó a llorar.
—Victoria, tienes que escucharme.
—¿Tú provocaste el accidente?
—No.
Sebastián dio un paso adelante.
—Ella no.
Victoria respiró.
—Entonces ¿quién?
Sebastián miró a Daniel.
Daniel palideció.
—No.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Daniel?
Sebastián asintió lentamente.
—Él estaba conduciendo.
Daniel cerró los ojos.
Victoria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Me dijiste que Mateo conducía.
Daniel no respondió.
—Me dijiste que tú solo llegaste después.
Silencio.
Victoria dio un paso hacia él.
—Me mentiste.
Daniel comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel levantó la mirada.
—Porque si te decía la verdad...
Su voz se quebró.
—...nunca me habrías dejado acercarme a ti.
Victoria sintió que el corazón se le rompía.
—¿Tú provocaste el accidente?
Daniel negó desesperadamente.
—No fue intencional.
—Pero conducías.
—Sí.
—¿Y Mateo?
—Estaba conmigo.
—¿Y Lucía?
Daniel la miró.
—Llegó después.
Victoria cerró los ojos.
Todo encajaba.
Y, al mismo tiempo, nada tenía sentido.
Entonces Sebastián dijo algo que hizo que todos guardaran silencio.
—Victoria...
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Hay una última cosa.
—¿Qué cosa?
Sebastián tragó saliva.
—La noche del accidente, antes de que todo ocurriera...
Hizo una pausa.
—...tú me llamaste.
Victoria frunció el ceño.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué te dije?
Sebastián la miró fijamente.
—Que habías descubierto quién era Arturo.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Y qué más?
Sebastián respondió:
—Me dijiste que tenías una prueba.
Victoria apretó los ojos.
La memoria USB.
La grabación.
La noche del accidente.
Pero entonces Sebastián agregó:
—Y me dijiste que si algo te pasaba...
Su voz se quebró.
—...debía buscar a Lucía.
Victoria miró a Lucía.
Lucía lloraba en silencio.
—¿Por qué?
Lucía respondió:
—Porque tú ya sabías la verdad aquella noche.
Victoria quedó inmóvil.
—¿Qué verdad?
Lucía dio un paso hacia ella.
—La verdad que tu padre intentó borrar.
—¿Cuál?
Lucía la miró directamente.
—Que Arturo no era el único que estaba destruyendo nuestras vidas.
Victoria sintió un escalofrío.
—Entonces ¿quién más?
Lucía respiró profundamente.
—Tu madre.
En ese instante se escuchó un teléfono sonar.
Era el de Sebastián.
Contestó.
Su rostro cambió.
—¿Quién es?
Sebastián no respondió.
Victoria se acercó.
—¿Qué pasa?
Sebastián le entregó el teléfono.
Victoria escuchó una voz femenina.
La reconoció inmediatamente.
Era su madre.
—Victoria...
—Mamá.
—No confíes en Sebastián.
Victoria quedó helada.
—¿Por qué?
Su madre comenzó a llorar.
—Porque él no te está contando toda la verdad.
La llamada se cortó.
Victoria miró a su hermano.
—¿Qué me estás ocultando?
Sebastián bajó la mirada.
—La razón por la que desaparecí.
Victoria sintió un escalofrío.
—Dímela.
Sebastián levantó los ojos.
—Porque fui yo quien escondió la memoria.
Victoria abrió los ojos.
—¿Qué?
—Y no la escondí para protegerte.
Hizo una pausa.
—La escondí para proteger a alguien más.
Victoria sintió que el corazón se le detenía.
—¿A quién?
Sebastián miró hacia Lucía.
—A ella.
Y en ese instante, Victoria comprendió que la verdadera historia apenas estaba comenzando.