Mi hermana me empujó por las escaleras. Yo estaba embarazada de nueve meses. Mi marido se quedó arriba, arrullando al bebé que había tenido con ella.
No bajó a ayudarme.
Morí. Y desperté con doce años.
Mi abuela seguía viva. Mi hermana aún sonreía como un ángel. Y mi familia todavía creía que podía decidir por mí.
Esta vez recuerdo cada mentira. Sé quién va a traicionarme y quién merece que lo salve. Puedo sonreírles, seguirles el juego y esperar el momento de devolver el golpe.
Voy a proteger a mi abuela, recuperar mi voz y conquistar los escenarios que abandoné por amor. Entre cámaras, trampas y escándalos, quienes quisieron verme de rodillas tendrán que verme triunfar.
Pero ni siquiera mis recuerdos me preparan para Emiliano, sus secretos y el riesgo de volver a confiar.
¿Quieren una villana?
Que se acomoden. Mi historia apenas comienza.
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Capítulo 2
Cap 2: Otra vez a los doce
El asiento dio un salto y me agarré de lo primero que encontré.
—Despacio, mija. Me vas a romper la blusa.
Tenía los dedos prendidos de una tela café. Los solté sin entender. Ya no estaba en el suelo: iba sentada junto a una ventanilla, y detrás del vidrio pasaban árboles cubiertos de polvo.
Un camión. El motor hacía vibrar el piso bajo mis pies.
Me llevé las manos al vientre. Lo busqué por encima de la ropa, luego debajo, metiendo los dedos bajo la cintura de la falda. Plano. No había sangre. Tampoco el peso que había aprendido a sostener al caminar.
—¿Te duele la panza?
Volteé hacia la mujer que estaba a mi lado.
Mi abuela me miraba con la boca entreabierta, esperando una respuesta. Doña Reme. Tenía el morral sobre las rodillas y la blusa arrugada donde yo la había agarrado.
Llevaba doce años muerta.
Le toqué la mejilla. Ella atrapó mi mano y me la sostuvo un momento, incómoda con tanto examen.
—¿Qué tienes? ¿Soñaste feo?
—Abuela.
Me salió una voz aguda. Bajé la vista hacia nuestras manos: la mía era pequeña, sin las grietas del pulgar. Los huaraches gastados apenas sobresalían de la falda. Reconocí la trenza que me caía sobre el hombro, atada con la misma liga que me molestaba al dormir.
Tenía doce años otra vez.
El camión iba a Puebla. Recordé el viaje, el mareo, las ganas de llegar a conocer la casa de mi papá. Mi abuela llevaba mi certificado de primaria en el morral para que él pudiera inscribirme en la escuela.
Quise preguntarle la fecha. En cambio, le eché los brazos al cuello.
—Ay, criatura. ¿Ahora qué pasó?
Se acomodó como pudo para abrazarme. Yo le hundí la cara en el hombro y empecé a llorar. Cada vez que intentaba parar, ella me acariciaba el pelo y yo volvía a llorar más fuerte.
Me había pasado años imaginando qué le diría si pudiera verla. Ahora la tenía ahí y solo alcanzaba a llamarla.
—Abue.
—Aquí estoy, mija. Aquí estoy.
Me dejó quedarme así hasta que pude respirar sin hipar. Después buscó la punta del rebozo y me limpió la cara, sin darle importancia a que se lo ensuciara.
—¿Te da miedo llegar con tu papá?
Asentí. Era lo único que podía decirle sin mentir.
—Te vas a acostumbrar. Y vas a poder seguir estudiando.
Me apartó el pelo húmedo de la frente. Yo miré la boca del morral, donde asomaba el sobre con mis papeles. Ella había preparado aquel viaje creyendo que me estaba dando algo que no podía ofrecerme en el rancho.
—¿Y si mejor me regreso con usted?
Se quedó callada. Por un momento pensé que iba a decir que sí.
—¿Para qué, Daniela? Allá ya no hay escuela para ti. ¿Te vas a quedar ayudándome en la milpa?
Lo decía con pena, como si le tocara disculparse por eso. Me arrepentí de haber preguntado. No quería ponerla a escoger entre tenerme cerca y darme una oportunidad.
Pero yo conocía la casa a la que íbamos. El cuarto, los gritos, las cosas que mi papá prefería no ver. Volver con ella me habría dado alivio ese día; después seguiríamos sin dinero, y mis estudios terminarían donde habían terminado los suyos.
Bajé las manos al regazo. Todavía me sorprendía que no dolieran. Quise explicarme lo que estaba pasando y no encontré por dónde empezar. Acababa de perder un hijo. Mi abuela estaba viva. Las dos cosas cabían en mi cabeza, pero no conseguía pensar en ellas al mismo tiempo.
Ella sacó un frasco del morral para acomodar los papeles, y lo reconocí.
—¿Ya se tomó la de la presión?
—Antes de salir.
—¿Le quedan?
Lo levantó contra la luz de la ventanilla.
—Todavía. ¿Por qué?
En la otra vida dejó de comprarlas cuando el dinero no alcanzó. Herminia acabó sacándole hasta el terreno. Yo me enteraba tarde de todo y le creía cuando decía que estaba bien.
—Cuando se le estén acabando, dígame. No espere a que ya no tenga.
—¿Y qué vas a hacer tú, criatura?
No tenía ni para el pasaje de regreso. Miré el frasco, avergonzada de lo fácil que había sonado pedirle que me avisara.
—Aunque sea quiero saber.
Mi abuela me miró un momento. Después cerró el morral.
—Bueno. Pero tú estudia. De mis cosas me encargo yo.
Seguí sentada cerca de ella el resto del camino. Cuando se quedó dormida, mantuve el brazo junto al suyo. Necesitaba sentir que seguía ahí cada vez que el camión daba un salto.
Llegamos a la central de Puebla al mediodía. Mi papá esperaba cerca de la salida, con las manos en los bolsillos. Lo vi antes de que él nos viera y sentí el impulso de arreglarme la falda.
Todavía. Hasta después de todo, todavía quería que le diera gusto verme.
—Papá.
Genaro miró mi cara y luego la bolsa que llevaba mi abuela.
—Ya era hora. ¿Eso es todo?
—Y sus papeles —dijo ella, sacando el sobre—. Aquí está lo de la primaria. No vaya a dejar pasar las inscripciones.
Él lo dobló para metérselo en la bolsa de la camisa. Mi abuela estuvo a punto de decir algo, pero se limitó a alisarme la trenza.
—Salió bien, la niña. Le gusta estudiar.
—Sí, ya veremos. Vámonos, que dejé mal el carro.
Me quitó la bolsa de la mano y echó a andar.
—Genaro —lo llamó mi abuela—. ¿No comemos algo antes? Todavía tengo que esperar el de regreso.
—Tengo prisa, doña. Ahí adentro venden.
Señaló la central sin detenerse. Miré a mi abuela, esperando que se enojara. Solo volvió a acomodarse el morral.
—Anda, mija. Que se le hace tarde.
La primera vez le había hecho caso. Me fui detrás de él, impaciente por ver mi nueva casa. Fue la última vez que vi a mi abuela con salud; después, cada visita me la devolvía más cansada.
—Espérame, papá.
Corrí los dos pasos que me separaban de ella y volví a abrazarla.
—Venga a verme pronto.
—Si apenas te estoy dejando.
—De todos modos.
Se le escapó una risa corta. Me sostuvo por los hombros para mirarme a la cara.
—Voy a venir. Y tú me mandas razón con quien vaya al rancho. Si te hace falta algo, me dices.
Asentí, pero ella no me soltó enseguida.
—Si te tratan mal, también. ¿Me oíste? Yo por ti me vengo aunque sea a pie.
Quise contarle todo. Decirle que precisamente por eso tenía miedo, porque sabía que vendría aunque no pudiera, que daría lo que le pidieran con tal de ayudarme.
—Sí, abue. Esta vez sí le voy a decir.
No me preguntó qué quería decir con "esta vez". Mi papá volvió a llamarme y ella me dio un último beso antes de empujarme suavemente hacia él.
Caminé mirando atrás hasta que la gente se interpuso. Luego dejé de verla.
—A tu madrastra le dices mamá —iba diciendo Genaro—. Nada de hacerle caras. Bastante hace con recibirte.
Yo seguía buscando el rebozo café entre las cabezas.
—¿Me estás oyendo?
—Sí.
—Y a Bianca no la molestes. Está más chica. Con Ulises tampoco te vayas a poner respondona, ya sabes cómo se pone.
Bianca. En un rato iba a verla otra vez.
Pensé en decirle a mi papá que me llevara de vuelta a la central. Él ya había abierto el carro y estaba esperando, irritado porque tenía que repetirme las cosas. Si lloraba o gritaba, solo iba a entregarme a Herminia con una queja más.
—Sí, papá —dije, y me subí.
Durante años le había ocultado a mi abuela lo que pasaba en aquella casa para que no se preocupara. Esta vez, lo primero que necesitaba encontrar era cómo hacerle llegar noticias sin pedirle permiso a nadie.