Durante veinte años, un matrimonio arreglado unió el destino de dos de las familias más poderosas del país. La elegida siempre fue la hija menor de los Moretti. Pero cuando oscuros rumores sobre la crueldad del heredero Volkov salen a la luz, los Moretti toman una decisión despiadada: proteger a su hija favorita… sacrificando a la mayor. Ivonne nunca imaginó que sería entregada como moneda de cambio por las mismas personas que juraron amarla. Sin embargo, descubrirá que el verdadero peligro no siempre se encuentra en el hombre con el que debe casarse, sino en la familia que la abandonó. Porque algunas alianzas se firman con tinta… Y otras, con sangre.
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El último invitado
La recepción comenzaba a llegar a su fin.
La orquesta interpretaba las últimas melodías mientras los invitados se despedían uno a uno de los recién casados.
—Felicitaciones.
—Que tengan una larga vida juntos.
—Ha sido una boda magnífica.
Ivonne ya había perdido la cuenta de cuántas manos había estrechado esa noche.
Su sonrisa seguía siendo amable, aunque el cansancio empezaba a hacerse evidente.
A su lado, Ivako continuaba despidiendo a empresarios, políticos y viejos amigos de la familia con la misma serenidad de siempre.
Cuando el último invitado abandonó el salón, el silencio resultó casi extraño.
Los empleados comenzaron a retirar las mesas y recoger las copas vacías.
Ivonne soltó un largo suspiro.
—Por fin terminó…
Ivako la miró de reojo.
—¿Está muy cansada?
—Más de lo que imaginaba.
Se quitó discretamente los zapatos por unos segundos, escondiéndolos bajo el borde del vestido.
—Ahora entiendo por qué las novias terminan descalzas en las fotografías.
Él observó el gesto sin hacer ningún comentario.
Pero una leve sonrisa apareció en su rostro.
Era la tercera vez que sonreía en todo el día.
Y empezaba a resultarle natural hacerlo cerca de ella.
Mientras caminaban hacia la salida del salón, Ivonne giró la cabeza por última vez.
Sus ojos se detuvieron sobre la enorme mesa donde aún permanecía el pastel de bodas.
Una parte ya había sido repartida.
Pero todavía quedaban varios pisos intactos.
Lo observó con cierta nostalgia.
—¿Ocurre algo?
Ella volvió a mirar al frente.
—No…
Dio dos pasos.
Luego suspiró.
—Bueno… sí.
Ivako esperó.
—Espero que haya sobrado pastel.
Él parpadeó.
—¿Pastel?
Ivonne se sonrojó apenas.
—Sé que suena ridículo.
Pero casi no pude comer durante toda la recepción.
Y… estaba muy rico.
Hubo unos segundos de silencio.
Después, para sorpresa de Ivonne…
Ivako soltó una risa baja.
No una sonrisa.
Una risa auténtica.
—¿De verdad está pensando en el pastel después de todo lo que pasó hoy?
Ella se encogió de hombros con una expresión avergonzada.
—¿Qué puedo decir? El estrés me da hambre.
Él negó con la cabeza, todavía divertido.
En ese momento pasó cerca de ellos uno de los chefs.
Ivako lo llamó.
—Disculpe.
El hombre se acercó de inmediato.
—¿Señor Volkov?
—¿Quedó pastel?
El chef sonrió.
—Más de la mitad, señor.
Fue un pastel enorme.
Ivonne intentó disimular su ilusión.
No lo consiguió.
El chef la vio sonreír y añadió:
—Si la señora lo desea, puedo preparar una caja para llevar.
Ella abrió ligeramente los ojos.
—¿En serio?
—Por supuesto.
Antes de que pudiera agradecerle, Ivako respondió con total naturalidad.
—Prepárele dos.
El chef hizo una pequeña reverencia.
—Enseguida.
Cuando el hombre se alejó, Ivonne lo miró divertida.
—¿Dos?
—Dijo que el estrés le da hambre.
Es mejor prevenir.
Ella no pudo evitar reír.
Una risa clara y sincera que hizo que varios empleados levantaran la vista.
Era la primera vez que la escuchaban reír desde que comenzó la boda.
Ivako la observó unos segundos.
Aquella risa transformaba por completo su expresión.
Y descubrió algo curioso.
Prefería escuchar ese sonido…
Antes que cualquier discurso elegante pronunciado durante toda la noche.
Unos minutos después, el chef regresó con dos cajas blancas perfectamente decoradas.
Ivonne las recibió como si fueran un tesoro.
—Muchas gracias.
Mientras salían del salón rumbo al automóvil que los llevaría a la residencia Volkov, Ivako la miró cargar con cuidado las cajas.
—Señora Volkov.
Ella levantó la vista.
—Sí.
—Creo que es la primera novia que sale de su boda preocupada por el pastel.
Ivonne sonrió con total naturalidad.
—Y creo que usted es el primer novio que me ayuda a conseguir una segunda porción.
Por primera vez desde que sus familias decidieron unir sus vidas…
Los dos subieron al automóvil compartiendo una pequeña broma.
Era un detalle insignificante.
Pero, a veces, los matrimonios no comenzaban con grandes declaraciones.
A veces…
Comenzaban con dos cajas de pastel sobre el asiento trasero.