Priscila lo dio todo por Mariano Vance: diez años de amor callado, un hijo y hasta el talento que sostenía en secreto su imperio financiero. A cambio, él le entregó desprecio, una amante instalada en su propia casa y una humillación tras otra delante de todos. Para el poderoso empresario, ella nunca fue una esposa: solo una intrusa a la que castigar por existir.
Pero toda humillación tiene un límite. La noche en que Priscila decide marcharse con su bebé en brazos, algo se rompe para siempre… y algo nace. Sin dinero, sin apellido y sin más armas que su brillante mente para los números, se propone reconstruirse desde cero. Lo que ninguno de los que la pisotearon imagina es que la mujer a la que trataron como sirvienta está a punto de convertirse en su peor pesadilla.
Cuando el destino la coloca frente a Leonardo Monteverde —heredero de un imperio, tan implacable en los negocios como tierno en el amor—, Priscila descubre por primera vez lo que significa ser respetada, deseada y elegida. Sin embargo, el pasado no suelta a sus presas con facilidad: la obsesión, la envidia y la venganza acechan en las sombras, dispuestas a destruir todo lo que ella empieza a reconstruir.
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Capítulo 4: El vestido rasgado y la gala de la empresa
El jueves amaneció frío y lluvioso. Ese fin de semana, Vance Holdings celebraría sus treinta años de fundación con una gran gala en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Era el evento del año en el mundo corporativo, con cobertura de la prensa y la presencia de toda la alta sociedad.
Priscila estaba en la sala, doblando la ropa limpia de Killian, cuando Mariano pasó rumbo a la salida del departamento. Vestía un traje de corte impecable, pero se detuvo junto al sofá y arrojó una invitación negra de letras doradas sobre la mesa de centro.
—El evento de la empresa es el sábado por la noche —dijo con voz distante, mientras se ajustaba el reloj de oro en la muñeca—. Como la prensa lo va a cubrir y mi familia estará presente, vas a tener que ir. El consejo exige la fachada de la «familia tradicional».
Priscila alzó la mirada.
—Mariano, no tengo nada que ponerme para un evento de esa categoría. El único vestido de fiesta que tenía me quedó chico después del embarazo.
Él soltó un suspiro pesado, mostrando el más absoluto hastío, como si lidiar con ella fuera un martirio interminable.
—Siempre tienes que hacer un drama, ¿no? Toma la tarjeta que dejé en el cajón del clóset y compra cualquier cosa. Solo no me hagas pasar vergüenza. Si apareces vestida como una mendiga, no entras al salón.
Por la tarde, Priscila dejó a Killian con una niñera de confianza durante dos horas y fue a una boutique sencilla del centro. Con el presupuesto limitado que Mariano había autorizado en la tarjeta, encontró un vestido verde esmeralda sencillo, de mangas largas y caída elegante. No era de marca, pero cubría su cuerpo con recato y realzaba sus ojos. Por primera vez en meses, al mirarse en el espejo de la tienda, Priscila sintió un atisbo de dignidad.
La noche del evento, el departamento estaba en silencio. Priscila terminó de maquillarse en el cuarto de huéspedes. Se recogió el cabello en un moño elegante, se puso el vestido verde y caminó hasta la sala principal, donde Mariano la esperaba.
Mariano estaba en la barra, sirviéndose un whisky. Cuando oyó sus pasos y se volvió, por un milisegundo su mirada quedó clavada en ella. La luz de la sala caía sobre el vestido verde, y Priscila lucía sorprendentemente hermosa, muy lejos de la figura cansada en pijama de algodón a la que él se había acostumbrado.
Pero el destello de sorpresa en su rostro duró menos de un segundo. El timbre sonó antes de que él pudiera decir nada.
Mariano abrió la puerta. Eleonora entró como un huracán de glamur. Llevaba un modelo exclusivo de alta costura en rojo, cuajado de cristales, con un pronunciado escote en la espalda. Joyas de diamantes brillaban en su cuello y sus orejas.
—Buenas noches, mi amor —dijo Eleonora, dándole un beso en la mejilla a Mariano e ignorando por completo la presencia de Priscila en un rincón de la sala. Miró hacia la mesa, donde estaba el bolso de Priscila, y luego posó la vista en su vestido verde.
La mirada de Eleonora recorrió a Priscila de arriba abajo. Enseguida, una risa baja y venenosa escapó de sus labios pintados de rojo.
—Dios mío, Mariano... ¿no le avisaste que la fiesta era un baile de gala? —se burló Eleonora, acercándose a Priscila y tomando el bajo del vestido verde entre sus dedos de manicura perfecta—. Qué tela más horrible, Priscila. ¿Esto es poliéster? Parece un vestido que mi abuela usaría en un velorio. ¿En qué liquidación de tienda de segunda mano compraste esto?
Priscila dio un paso atrás, jalando el bajo de la tela de la mano de Eleonora.
—Es un vestido decente —respondió Priscila, tratando de mantener la cabeza en alto—. Me siento bien con él.
—¿Decente? —se mofó Eleonora, mirando a Mariano—. Mariano, la prensa va a estar en la entrada del hotel. Los fotógrafos de las columnas de sociedad van a retratar a toda la directiva. ¿De verdad vas a dejar que la madre de tu hijo salga en las fotos pareciendo una empleada que le pidió prestado el vestido a la patrona?
Mariano caminó hacia ellas. Encaró a Priscila con la mirada dura, la boca apretada en una línea recta.
—Eleonora tiene razón —dijo con voz fría y cortante—. Ese vestido es ridículo, Priscila. Es barato y de mal gusto. Vas a avergonzar mi imagen y el nombre de mi familia.
—¡Mariano, fue el único que pude comprar con el límite que liberaste! —replicó Priscila, con la voz quebrada por la humillación—. ¡Me pasé la tarde buscando algo adecuado!
—Entonces ni deberías intentar arreglarte, porque no tienes clase para eso. —Mariano dio un paso al frente. Con un gesto brusco, frío e impulsivo, agarró la manga de encaje del vestido de Priscila y jaló hacia abajo con fuerza.
El sonido de la tela rasgándose resonó por la amplia sala. La costura del hombro a la cintura se abrió, dejando al descubierto la piel y el sostén de Priscila.
Priscila soltó un grito ahogado de espanto, cubriéndose el pecho con las dos manos mientras los ojos se le llenaban de lágrimas al instante.
—Listo —dijo Mariano, ajustándose las mancuernillas del traje como si acabara de sacar la basura—. Problema resuelto. Ahora no tienes que preocuparte por pasar vergüenza en la fiesta. Te quedas en casa.
Eleonora soltó una carcajada abierta, tomando a Mariano del brazo con cariño y apoyando la cabeza en su hombro.
—Qué pena, Priscila... —se burló Eleonora, con la voz jadeante de ironía—. Por lo visto vas a tener que pasar la noche cuidando al bebé. Pero no te preocupes, tomo muchas fotos con Mariano para mostrártelas mañana.
Mariano ni siquiera volteó. Tomó la llave del auto de la mesa, le abrió la puerta a Eleonora y ambos salieron, el sonido de los tacones de ella resonando por el pasillo hasta que la puerta se cerró.
En medio de la lujosa sala, Priscila se quedó sola. Cayó de rodillas sobre la alfombra persa, apretando los jirones rasgados del vestido verde contra el pecho, llorando en silencio mientras el viento y la lluvia golpeaban con fuerza los ventanales de vidrio.