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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:10.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

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LAS CENIZAS DEL FANTASMA Y EL PACTO DE LA ENTREGA

​El eco de la pregunta flotó en el aire como una sentencia inapelable. Jeremías sintió que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho, no por la posibilidad de que fuera verdad, sino por la brutalidad con la que Ana Belén había tocado el nervio exacto de su tormento. Abrió la boca, pero las palabras se le atragantaron en la garganta, secas y ásperas, mientras procesaba la magnitud de lo que implicaba su propia resistencia.

​—¿Enamorado...? —logró articular Jeremías al fin, con la voz rota y un atisbo de genuina indignación mezclada con terror—. ¿Crees de verdad que después de todo lo que me hizo, después de cómo me pisoteó, de cómo se burló de mi cuerpo y de mi desgracia, todavía queda un solo átomo de amor por esa mujer en mi interior?

​El magnate soltó una risa amarga, corta y desprovista de cualquier atisbo de alegría, mientras negaba con la cabeza de lado a lado con una fuerza desesperada.

​—No, Ana Belén. Estás equivocada —prosiguió él, apretando los puños con tanta fuerza sobre sus muslos que los nudillos se le pusieron blancos de nuevo—. No es amor. Lo que siento por María no es amor desde hace años; es odio, es un rencor tan profundo y pesado que me pudre las entrañas, es el asco de haber entregado mi juventud y mis ilusiones a un monstruo disfrazado de ángel. El terror que me paraliza no es perderla a ella... es el pánico insoportable a volver a experimentar la humillación absoluta de ser descartado, de ser medido, pesado y encontrado inservible por el simple hecho de no poder ponerme de pie.

​Ana Belén lo observó fijamente, con los ojos bien abiertos, escudriñando cada microgesto en el rostro del hombre que tenía enfrente. Vio el temblor en sus labios, la humedad contenida en el verde intenso de su mirada y la forma en que sus hombros anchos parecían encogerse bajo el peso invisible de cinco años de aislamiento emocional. Comprendió, con una certeza absoluta, que Jeremías no lloraba por la mujer que se fue, sino por el hombre que creía haber dejado de ser.

​Desplazando las rodillas por el suelo alfombrado, Ana Belén acortó la distancia que los separaba. Con una delicadeza infinita, deslizó sus manos hacia arriba por los brazos de Jeremías, deteniéndose justo en sus hombros, obligándolo a sostenerle la mirada.

​—Entonces, si no es amor por ella, si lo único que carga tu corazón es ceniza y veneno, ¿por qué permites que esa maldita aparecida siga gobernando tu cama y tu presente? —le preguntó Ana Belén con un tono de voz suave, casi un susurro tierno pero cargado de una autoridad inquebrantable—. Jeremías, mírame. ¿De verdad vas a dejar que una traicionera del pasado te robe la oportunidad de ser feliz conmigo? ¿Vas a castigarme a mí y a nuestra relación por los pecados de alguien que ya no existe en tu vida?

​El magnate sintió que las murallas de granito que había tardado un lustro en construir se desmoronaban como castillos de arena ante la fuerza arrolladora de esas palabras. El calor de las manos de Ana Belén en sus hombros comenzó a derretir el hielo que llevaba incrustado en el pecho.

​—Tengo miedo, Ana —confesó Jeremías por primera vez en su vida, abandonando por completo la careta de hombre invulnerable y dejando al descubierto su alma desangrada—. Tengo miedo de no ser suficiente para ti. De que un día te canses de lidiar con este cuerpo roto, con mis arranques de furia, con la incomodidad de mi silla, y decidas que la carga es demasiado pesada. El día que mi exesposa me dijo que yo era un monstruo incapaz de satisfacer a una mujer... me arrancó la dignidad de tajo. Creí que ningún ser humano volvería a acercarse a mí sin sentir lástima o repulsión.

​Al escuchar aquello, Ana Belén sintió que una punzada de dolor le desgarraba el alma. Sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia adelante y posó sus labios con una ternura infinita sobre la comisura de los labios de Jeremías, recorriendo después su mandíbula tensa en un beso lento, consolador y profundamente sanador.

​—Eres un tonto, Jeremías Bustamante —murmuró ella contra su piel, con una sonrisa tierna dibujándose en su rostro—. Un hombre necio, testarudo, caprichoso y con un carácter de mil demonios... pero de monstruo no tienes absolutamente nada. ¿Crees que no sé quién eres? ¿Crees que no conozco la fuerza, la pasión y la intensidad con la que me amaste anoche? Ningún hombre lisiado, ningún inválido y ningún ser inútil podría haberme hecho sentir lo que tú me hiciste sentir. Me entregaste el cielo y la tierra en una sola noche, Jeremías. Tu cuerpo no está roto; tu espíritu es el que ha estado prisionero de tus propios fantasmas.

​Las palabras de Ana Belén cayeron como un bálsamo milagroso sobre las heridas abiertas del magnate. Jeremías sintió que un nudo gigantesco se deshacía en su garganta, liberando una presión que amenazaba con asfixiarlo desde la tarde. Los ojos se le llenaron de lágrimas calientes que, esta vez, no intentó contener. Dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando la frente contra el hombro de Ana Belén, mientras un sollozo largo, contenido durante años enteros, finalmente escapaba de su pecho.

​Ana Belén lo rodeó con sus brazos por el cuello, abrazándolo con todas sus fuerzas, permitiendo que el gigante indomable de la ciudad se desmoronara y llorara todas sus frustraciones, sus miedos y su dolor acumulado contra su cuerpo. Acariciaba su cabello oscuro con suavidad, meciéndolo con paciencia mientras el silencio de la madrugada arropaba la intimidad de la habitación.

​—Ya pasó, mi amor... Ya pasó —le repetía ella una y otra vez en un susurro cálido cerca de su oído—. Suelta todo ese peso. Ya no estás solo. Me tienes a mí, y te juro que no voy a ir a ninguna parte.

​Minutos después, cuando la tormenta interna pareció calmarse y el ritmo de la respiración de Jeremías se volvió más pausado, el hombre se incorporó lentamente. Sus ojos verdes brillaban con una claridad insólita, limpios de la rabia y la negrura que los habían consumido durante todo el día. Sostuvo el rostro de Ana Belén entre sus manos grandes y callosas, contemplándola como si fuera la criatura más sagrada y milagrosa del universo.

​—Perdóname... Perdóname por haber dudado de ti, por haberte tratado como si fueras igual a ella, por haberte dejado ir con gritos y celos estúpidos —le suplicó Jeremías con la voz temblorosa, mirando cada facción de su rostro con devoción absoluta—. Te juro, ante Dios y ante mi propia vida, que el pasado se acabó hoy. Voy a enterrar a esa maldita arpía y todo lo que me dejó. No volveré a dudar de tu amor, Ana Belén. Eres lo único luminoso que me ha pasado en la vida, y te prometo que haré honor a este corazón que has tenido la paciencia infinita de rescatar.

​—Más te vale, gigante testarudo —respondió Ana Belén con una sonrisa pícara, aunque con los ojos aún húmedos por la emoción—. Porque a la próxima rabieta sin coartada, no te voy a perdonar tan fácil, y de verdad te voy a dejar durmiendo solo en esta enorme casa.

​Jeremías soltó una carcajada sincera, una risa limpia que hacía meses no se escuchaba retumbar en los pasillos de la mansión. Con un movimiento decidido, utilizando la fuerza combinada de sus brazos y la asistencia de la cama, logró deslizarse con agilidad desde la silla de ruedas hasta el colchón, acomodándose al lado de Ana Belén. La envolvió entre sus brazos fuertes, pegando su cuerpo contra el de ella bajo las sábanas de seda, sellando un pacto silencioso de confianza, entrega y redención mutua.

​Afuera la madrugada seguía su curso, pero dentro de aquella habitación, el fantasma del pasado había sido finalmente sepultado bajo el peso de un amor dispuesto a vencer cualquier abismo.

1
Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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