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Escuchar Al Corazón

Escuchar Al Corazón

Status: Terminada
Genre:Niñero / CEO / Padre soltero / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Día 2

El sol del miércoles entró por los ventanales de la mansión bañando los pisos de mármol con una luz dorada y brillante. Eran las siete de la mañana. Me desperté temprano, me puse un pantalón cómodo, una camiseta sencilla y me colgué mis inseparables auriculares al cuello.

Cuando entré a la habitación del bebé, encontré al pequeño Jonathan despierto en su cuna, jugando alegremente con sus propios pies. Al verme cruzar la puerta, soltó un balbuceo emocionado.

Me conecté a su mente por un segundo y me llené de la linda energía matutina del niño. En la cabecita de Jonathan no había ni un solo rastro del dolor de cabeza de ayer: *«¡Humana de flores! Ya es de día. Los pájaros cantan afuera y mis pies son muy divertidos. ¡Mira cómo me atrapo el dedo gordo! Tengo ganas de jugar»*.

—Buenos días, campeón —le dije con ternura, cargándolo en mis brazos—. Veo que dormiste como un rey.

Le cambié el pañal, lo vestí con un mameluco azul y lo bajé en mis brazos hacia el gran comedor. Después de haber escuchado anoche los pensamientos tan dolorosos de Carlos en la cocina, sentía una extraña mezcla de empatía y compasión por él. Quería demostrarle que podía estar tranquilo, que no tenía que llevar todo el peso del mundo sobre sus hombros.

Al llegar a la planta baja, el olor a pan tostado y café fresco llenaba el ambiente. Ernesto, el servicial mayordomo de la casa, estaba acomodando una jarra de jugo de naranja recién exprimido sobre la enorme mesa de madera fina.

—Buenos días, señorita Montiel. Buenos días, pequeño Jonathan —saludó Ernesto con una sonrisa cálida y respetuosa.

—Buenos días, Ernesto —respondí amablemente—. ¿El señor Monterrey ya despertó?

—Lleva despierto desde las cinco de la mañana, señorita —suspiró el anciano con tono paternal—. El señor Carlos casi no duerme. Desde que la madre del niño se fue, se exige demasiado a sí mismo. Pero debo confesarle algo... hoy el ambiente en la casa se siente diferente. Hacía meses que no veía a Jonathan despertar tan tranquilo. Usted tiene un don muy especial, mi niña.

—Muchas gracias, Ernesto. Solo hago mi trabajo —sonreí un poco apenada.

—No solo es con el bebé —agregó Ernesto en un susurro sabio, guiñándome un ojo—. Ayer vi al señor Carlos bajar por café. Hacía tiempo que no lo veía escuchar a alguien sin interrumpir o gritar. Usted le hace bien a esta casa.

Antes de que pudiera responder a su comentario, el sonido firme de unos zapatos sobre el piso nos avisó que el dueño de la casa se acercaba.

Carlos entró al comedor vistiendo un traje gris oscuro perfecto, con la corbata impecablemente anudada y el cabello peinado hacia atrás. Ya no quedaba nada del hombre despeinado y vulnerable que había visto unas horas atrás en la cocina. Había vuelto a ponerse su pesada armadura de CEO inflexible y frío.

—Buenos días —dijo Carlos de forma seca, sin mirarnos directamente. Se sentó en la cabecera de la mesa y abrió inmediatamente su tableta digital.

—Buenos días, Carlos... digo, señor Monterrey —saludé con suavidad, intentando sonreírle.

Me senté en una silla cercana y acomodé a Jonathan en mi regazo. El bebé miró a su padre y estiró sus manitas hacia él, dejando escapar un tierno *"¡Baa-baa!"*.

En la mente de Jonathan apareció una imagen rápida y llena de cariño: *«¡Es papá! Papá huele a jabón limpio. Quiero que me atrape los brazos»*.

Pero Carlos no levantó la vista de la pantalla. Sus dedos se movían a toda velocidad respondiendo correos electrónicos.

En ese momento, debido a la cercanía y a que no traía los auriculares puestos sobre mis orejas, la mente de Carlos me golpeó de lleno. Fue como si de repente alguien encendiera una radio vieja con demasiada estática a un volumen insoportable.

El nivel de ruido mental que generaba Carlos era aturdidor. No eran pensamientos tristes como los de la noche anterior, sino un caos puro de trabajo y números: *«El informe de la bolsa en Tokio cayó dos puntos. Tengo que llamar al abogado antes de las nueve. La reunión con los inversionistas coreanos es un desastre si no aprueban el presupuesto. Valeria no me ha enviado el contrato revisado. Necesito más café. Jonathan está haciendo ruidos, seguro quiere algo. No me puedo distraer. Tengo mil cosas que hacer»*.

Era agotador. ¿Cómo podía vivir una persona con semejante nivel de estrés encerrado en su cabeza todo el tiempo?

Sin darme cuenta, me le quedé mirando fixamente con una mueca de dolor y lástima. Me dolía ver cómo ignoraba a su propio hijo por estar atrapado en esa cárcel de preocupaciones.

Carlos pareció sentir el peso de mi mirada. Apagó la pantalla de la tableta de golpe y la dejó sobre la mesa con un chasquido fuerte que hizo saltar a Jonathan en mis brazos. Luego, giró la cabeza y me clavó sus ojos oscuros y fríos.

—¿Se te ofrece algo, Montiel? —preguntó con un tono de voz helado que cortaba el aire.

—No... nada, señor Monterrey —respondí, tratando de disimular y ajustando a Jonathan en mi regazo.

—Entonces te voy a pedir que dejes de mirarme de esa manera —dijo Carlos, apoyando los codos sobre la mesa y cruzando los dedos—. Llevas desde anoche mirándome como si fuera un perro abandonado en la calle. No sé qué idea absurda te estás haciendo en la cabeza, pero déjame aclararte las cosas.

Apreté los labios, sintiendo cómo el ambiente en el comedor se volvía denso y tenso.

—Yo no me estoy haciendo ninguna idea... —intenté explicarme.

—Escúchame bien —me interrumpió él con voz firme y autoritaria—. Tú estás aquí por un trato de tres días. Tu único trabajo en esta casa es cuidar de Jonathan, asegurarte de que esté alimentado, sano y en silencio para que yo pueda trabajar. No estás aquí para analizarme, no estás aquí para preocuparte por mi salud y mucho menos para juzgar cómo manejo mi vida.

La frialdad de sus palabras me dio un golpe directo en el orgullo. La empatía que había sentido por él horas atrás comenzó a transformarse en un enfado punzante.

—Solo intentaba ser amable, señor Monterrey —respondí, alzando la barbilla y manteniendo la mirada sin cobardía.

—No necesito tu amabilidad, necesito resultados —sentenció él, levantándose de la silla sin haber probado ni un solo bocado del desayuno que Ernesto le había preparado—. La amabilidad no paga las cuentas de esta casa ni mantiene a flote una empresa de quinientos empleados. Limítate a cumplir tu papel de niñera.

Carlos tomó su maletín, su tableta y salió del comedor con pasos largos y pesados, dejando tras de sí un silencio incómodo.

En cuanto se fue, me puse rápidamente los auriculares sobre las orejas para apagar la estática de rabia y frustración que había dejado flotando en el aire. Respiré hondo para calmarme.

Ernesto se acercó despacio a la mesa y me sirvió un poco de té caliente.

—No se tome sus palabras como algo personal, señorita Ariana —dijo el anciano con voz comprensiva—. El señor Carlos está asustado. Cuando un hombre lleva mucho tiempo viviendo en la oscuridad, la luz de la verdad le lastima los ojos. Él no sabe cómo reaccionar cuando alguien nota su dolor.

Miré a Jonathan, quien me observaba con sus grandes ojos negros, completamente ajeno a la discusión de los adultos. El bebé estiró su manita y me tocó la mejilla con sus dedos suaves.

*«Humana no estés triste. Papá a veces habla fuerte, pero yo te quiero»*, pensó el niño, enviándome una imagen mental de un abrazo cálido.

Una pequeña sonrisa volvió a dibujarse en mi rostro. Jonathan tenía razón. No podía dejar que la arrogancia y la armadura de Carlos me afectaran. Me había contratado por tres días para demostrarle de lo que era capaz, y eso era exactamente lo que iba a hacer.

Carlos Monterrey podía poner las murallas que quisiera alrededor de su corazón, pero yo tenía muy claro que no me iba a rendir tan fácilmente.

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Sandra Vielmas
serían 6 meses no un año. porque el niño tenía 6 meses cuando ella se hizo cargo de el...
Sandra Vielmas
muy bonita historia pero muchas inconsistencias con las fechas. Y no me gustó el final
Sandra Vielmas
pues gracias a ese don te salvó de la ruina. cucaracho
Sandra Vielmas
pero autora no ha pasado ni un mes y ya están enamorados🤔
Sandra Vielmas
como le va a explicar ella, como lo supo...
Sandra Vielmas
esta muy lastimado. además apenas son 6 meses...
Sandra Vielmas
Valeria. quien la contactó la amiga de el va a ponerse celosa y será la villana del cuento🤔
Sandra Vielmas
es difícil convivir con alguien que te gusta...
Daiana Martínez
hermosa novela
Luna del Mar
Buena historia
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