Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Su esposo
Nino
Gia levanta la mano.
Sé lo que vendrá.
Y lo acepto.
Yo solito me metí en este problema.
Si tenemos que culpar a alguien, culparé a mi polla por no saber elegir a mujeres.
—No —espeta Arianna deteniendo la mano de Gia en el aire—. Sé que estás dolida, pero eso no te da el derecho de abofetear a mi esposo.
Su esposo.
Soy algo de ella.
Suyo.
Una sonrisa tonta parte mi rostro en dos.
—Y ahora vete. No sé si no lo has notado, pero estás interrumpiendo nuestra luna de miel —dice antes de pegarse a mi cuerpo y dejar descansar su mano sobre mi culo.
¡Arianna Falcone!
Gia enrojece de ira y da una patada al suelo, como una niña de cinco años con una pataleta, antes de gritar una grosería muy florida y salir corriendo.
Si no estuviera tan impresionado por mi ahora esposa, me daría lastima Gia, pero ahora lo único en lo que puedo pensar es en Arianna.
Ary detuvo un golpe que era para mí.
Un golpe que merecía, pero aun así lo detuvo… porque soy su esposo.
Cuando estamos solos nuevamente se aleja y sonríe en mi dirección.
—Sí que sabes elegirlas.
—No estaba eligiendo, estaba sobreviviendo —le explico mientras cierro la puerta. Presiono el botón del pequeño control sobre la mesa de arrimo y el portón se cierra—. Fue una estupidez, lo reconozco, quería un poco de diversión y ella se cruzó.
Arianna mira hacia la puerta.
—Una noche, ¿en serio?
—Lo juro —digo antes de dejarme caer al sofá.
—Parecía una mujer enamorada.
Sonrío. —¿Qué puedo decir, esposa? Es un talento que todo hombre Farina tiene.
—¿Talento?
—Enamorar a las mujeres en la cama.
Arianna pone los ojos en blanco antes de lanzarme mi camisa.
—Ya quisieras —murmura antes de caminar hasta su maleta—. Guíame a mi habitación. Quiero cambiarme y cocinar algo.
Me levanto y troto delante de ella, como un perrito bien entrenado.
—Te quedas en mi habitación. Es la mejor de la casa.
Sonríe.
—Vaya, gracias.
—Lo mejor para mi esposa.
Sus ojos se estrechan cuando sonríe.
Qué preciosidad.
Lucio fue un hijo de puta, pero tenía un muy gusto en mujeres, hay que reconocérselo.
—Ve a cambiarte esa gasa —ordena.
—Sí, señora Farina —respondo.
—Sigo siendo Falcone —dice cuando entra a mi habitación.
—Déjame vivir mi fantasía —digo antes de que cierre la puerta.
Camino por el pasillo hasta la siguiente puerta y me dejo caer contra la cama.
Qué extraño día.
Me casé.
Me dispararon.
Tomé el control de una organización criminal.
Mi esposa me besó frente a una mujer que estaba convencida de que algún día nos casaríamos.
Y después puso una mano en mi culo para echarla de mi casa.
Sonrío mirando el techo.
Definitivamente no estaba preparado para Arianna Falcone.
*****
La cena estuvo increíble.
Eso es lo primero que pienso cuando abro los ojos en mitad de la noche.
Pasta.
Algo con tomates, albahaca, demasiado queso y una salsa que, según Arianna, había improvisado porque no encontró exactamente lo que necesitaba.
Me serví tres platos.
Ella fingió que no estaba impresionada.
Yo fingí que no vi cómo sonreía cada vez que repetía.
Incluso me hizo probar una galleta que preparó después porque aparentemente cocinar una cena completa el día de tu boda no era suficiente.
No sé quién convenció a esa mujer de que no cocina bien, pero necesito hablar con él. Aunque probablemente esté muerto.
Me acomodo sobre la cama. La herida tira inmediatamente.
—Mierda.
Me quedo quieto.
La habitación está oscura.
El fuego de la estufa se apagó hace horas y afuera no se escucha absolutamente nada.
Por eso construí esta casa aquí.
Silencio.
Bosque.
Montañas.
Espacio suficiente para poder pensar sin escuchar autos, personas, teléfonos, reuniones o alguno de mis hermanos opinando sobre mi vida.
Siempre me gustó.
Esta noche me irrita.
Miro el reloj.
03:17.
Perfecto.
Llevo dos horas intentando dormir.
Cierro los ojos.
Nada.
Me giro hacia el otro lado.
La herida protesta.
Vuelvo a girarme.
Nada.
Me pongo boca arriba.
—Duérmete —mascullo en la oscuridad.
Excelente consejo, pero no funciona.
Respiro profundamente.
Estoy cansado.
Muchísimo.
Mi cuerpo debería apagarse solo.
Pasé la mañana disparando, perdí sangre, corrí hasta mi propia boda, discutí con mi madre, me casé, sobreviví al baile más humillante de mi vida y después comí suficiente pasta para alimentar a Mattheo durante una semana.
Debería estar inconsciente.
No lo estoy.
¿Será la herida?
No.
He dormido con cosas peores.
¿La Sagrada Familia?
Tampoco.
Vittorio está ahí.
Los hombres que aceptaron están controlados.
Los que no... Bueno. Mañana será otro día.
Miro hacia la puerta.
Ary.
La respuesta aparece tan clara que me molesta haber tardado tanto.
Arianna está al final del pasillo.
En mi habitación.
Sola.
Y yo estoy aquí… Lejos.
No sé por qué eso me incomoda.
Me incorporo.
No está lejos.
Son tres puertas, quizás cuatro.
Mi casa tampoco es un palacio.
Hay seguridad afuera.
Cámaras.
Sensores.
El portón ahora sí está cerrado.
Después de lo de Gia revisé personalmente. Dos veces.
Nadie puede entrar.
Sé eso.
Entonces ¿por qué mierda sigo mirando la puerta?
Me paso una mano por la cara, y lo entiendo... Porque si ocurre algo no estoy con ella.
Mi cerebro finalmente decide explicármelo.
Si alguien entra en su habitación, yo estoy demasiado lejos.
Si tiene una pesadilla, no lo sabré.
Si escucha un ruido como el de esta tarde... Aprieto la mandíbula.
La imagen vuelve.
Arianna dejando caer el vestido.
Su cuerpo doblándose prácticamente sobre sí mismo.
Los brazos cubriendo su cabeza.
La respiración.
El miedo.
Y después... Su espalda.
Las cicatrices.
Cierro los ojos.
Error.
Las veo perfectamente.
Líneas claras.
Otras más oscuras.
Algunas largas.
Otras pequeñas.
Distintas edades.
Distintas heridas.
Lucio.
Su padre.
No pregunté cuántas. No quise.
No porque no quiera saber. Quiero saber demasiado.
Ese es el problema.
Quiero nombres.
Fechas.
Quiero saber quién estaba.
Quién sabía.
Quién escuchó.
Quién miró para otro lado.
Quién sostuvo una puerta mientras ella estaba encerrada detrás. Y quiero aproximadamente diez minutos a solas con cada uno.
Respiro.
No.
Ahora no.
Eso puede esperar.
Arianna está durmiendo en una habitación desconocida. En la casa de un hombre con el que se casó esta mañana. Un hombre al que conoce desde niña pero que, en realidad, apenas conoce.
Y aun así eligió venir.
Confiar.
Eso pesa más de lo que esperaba.
Aparto las mantas y me pongo de pie.
El dolor del costado me hace detenerme.
—Sí, sí —siseo—. Te recuerdo, hija de puta —mascullo mirando la herida de bala.
Busco una camiseta y me la pongo. Después salgo al pasillo.
No sé qué estoy haciendo exactamente.
Camino hasta mi habitación.
Ahora su habitación.
Me detengo frente a la puerta.
Hay solo silencio al otro lado.
Bien.
¿Y ahora?
No puedo entrar.
Ni loco.
Hay aproximadamente veintisiete páginas que explican por qué esa sería una pésima idea.
Además, no necesito hacerlo.
Solo necesito saber que está bien.
Levanto una mano.
Podría tocar.
Miro la hora.
03:26.
No.
No voy a despertar a una mujer a las tres y media de la mañana para preguntarle si sigue viva.
Eso probablemente afectaría negativamente nuestra convivencia.
Me doy vuelta. Camino tres pasos y me detengo.
Vuelvo.
Miro la puerta otra vez.
Esto es ridículo.
Regreso a mi habitación y me meto en la cama.
Cierro los ojos.
Diez segundos.
Quince.
Veinte.
Me levanto.
—A la mierda.
Tomo una almohada. Después una manta.
Camino otra vez por el pasillo.
Me siento frente a la puerta de Arianna.
Mucho mejor.
Ridículo, pero mejor.
Apoyo la espalda contra la madera.
Estiro las piernas.
Miro el pasillo vacío.
Esto no puede convertirse en una costumbre.
Definitivamente no.
Solo esta noche.
Porque es la primera.
Porque acaba de llegar.
Porque vi esas cicatrices.
Porque todavía no conozco todos los hombres que trabajaron para Lucio y alguno podría ser suficientemente estúpido para venir por ella.
Porque su padre sabe dónde está.
Porque... Dejo caer la cabeza contra la puerta.
Estoy inventando excusas.
La verdad es más sencilla. No puedo dormir sabiendo que no estoy cerca.
Eso sí es preocupante.
Llevamos casados un día.
Por contrato.
Seis meses.
Ciento ochenta días.
Después Arianna se va.
Yo vuelvo a dormir en mi cama.
Problema resuelto.
Cierro los ojos y me obligo a dormir.
*****
No sé cuánto tiempo pasa.
Debí quedarme dormido.
Lo sé porque estoy soñando algo absurdo sobre Mattheo persiguiéndome por una iglesia con una pistola mientras mi madre grita que no manche las flores con sangre.
Tiene bastante sentido considerando mi día.
Me acomodo.
Mi cabeza descansa contra algo duro.
Una puerta.
Ah.
La puerta.
Ary.
Vuelvo a dormirme.
Hasta que escucho un ruido.
Un clic.
Mis ojos se abren.
No alcanzo a reaccionar.
La superficie contra la que estaba apoyado desaparece.
—¿Qué...?
Caigo hacia atrás completamente.
La almohada sale volando.
La manta se enreda en mis piernas.
Y lo último que veo antes de golpear el suelo es el rostro absolutamente horrorizado de mi esposa mirando hacia abajo.
—¡Nino!
Quiero másssss
demasiado erotico, intenso, pasional y tan hermoso a la vez vaya es hermoso cuando cumples tus fantasias 🔥🔥😈😈