Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 16
Capítulo 16: La noche de la manada
La luna llena convirtió a Luna de Hierro en otra criatura.
Las fogatas ardían alrededor del claro principal. Familias enteras salían de las casas de piedra con canastas de pan, carne, fruta y velas blancas. Los cachorros corrían entre piernas adultas hasta que alguna madre les gruñía el nombre. Los guerreros vigilaban el bosque con los ojos brillantes. Los Omegas dejaban ofrendas junto al altar lunar y luego retrocedían hacia los bordes, donde siempre había menos luz.
Milena lo vio.
En una manada, incluso la devoción tenía jerarquía.
Llegó con un vestido negro sencillo, el cabello recogido y las cicatrices al descubierto. No parecía novia. No parecía prisionera. Parecía una mujer que había decidido no esconder la cara justo en la noche en que todos querían mirarla.
Dante caminaba a su lado.
Eso bastó para que el claro entero se callara.
Jacobo iba tres pasos detrás, no como guardia de cárcel, sino como advertencia. Isadora esperaba junto al altar con una copa de agua lunar. Lorena se colocó donde todos pudieran verla sin parecer protagonista. Patricia ocupó un lugar entre las mujeres de alto rango. Valeria llegó al último, vestida de azul claro, con la garganta cubierta por un pañuelo fino.
Milena miró allí primero.
Donde había estado el aceite del falso embarazo.
Valeria bajó la cabeza ante Dante.
—Alpha.
Dante no respondió.
La ignoró con tanta limpieza que varias mujeres murmuraron.
Milena no debería haber sentido satisfacción.
La sintió igual.
Valeria también la olió.
El olor de la manada la golpeó de lleno: miedo, curiosidad, deseo de pertenecer, rabia guardada, celos, hambre. La luna lo hacía todo más fuerte. También el vínculo. Cada vez que Dante respiraba, Milena lo sentía en la piel.
—No tiene que quedarse pegado a mí —murmuró.
—No estoy pegado.
—Está a dos dedos.
—Puedo estar a uno.
Milena lo miró.
Él no sonrió, pero su olor cambió.
Lorena levantó la copa.
—La manada se reúne bajo la Luna para reconocer fuerza, verdad y pertenencia.
Milena oyó el golpe escondido en la última palabra.
Pertenencia.
Valeria empezó a moverse entre los miembros de bajo rango con una sonrisa dulce. Sabía elegir público. Mujeres que necesitaban favor Ríos, jóvenes que querían reír sin parecer crueles, guerreros que disfrutaban ver a una extraña empujada al centro.
—No todos nacen para guiar —dijo lo bastante alto—. Algunas solo traen problemas, sangre rara y cicatrices.
Un grupo de jóvenes soltó risas nerviosas.
Dante dio un paso.
Milena le tocó la muñeca.
—No.
—Milena.
—Si gruñe cada vez que hablan de mi cara, van a seguir hablando de mi cara.
—Puedo hacer que no.
—Ese es el problema.
Dante se quedó quieto.
Valeria lo vio.
Y atacó más fuerte.
—Una Luna debe ser espejo de la manada —dijo—. ¿Qué ven cuando la miran?
El claro guardó silencio.
Milena sintió cada mirada sobre sus cicatrices.
Una niña Omega, quizá de doce años, bajó la cabeza. Tenía una quemadura vieja en el cuello. Junto a ella, una mujer de manos ásperas sostenía una canasta vacía. Ninguna de las dos estaba cerca del altar. Ninguna esperaba que alguien las invitara.
Milena entendió sin que nadie lo explicara: en Luna de Hierro, algunos comían después de que otros terminaban de sentirse importantes.
Levantó la barbilla.
No para Valeria.
Para la niña.
—Ven a alguien que sobrevivió.
Las risas se cortaron.
Valeria sonrió.
—Sobrevivir no basta para ser Luna.
—Mentir tampoco.
El murmullo subió como fuego en hojas secas.
Patricia dio un paso, pero Isadora golpeó el bastón.
Lorena levantó la mano.
—La discusión puede resolverse de manera honorable.
Dante la miró.
—No.
Lorena no bajó la vista.
—El Consejo tiene derecho a pedir Prueba de valor a cualquier candidata no nacida en la manada, especialmente bajo luna llena.
Isadora no parecía feliz.
Pero no lo negó.
Milena lo notó.
—¿Qué prueba?
Valeria contestó antes que nadie:
—Caminarás el sendero lunar hasta el altar del bosque. Sin escolta. Si la frontera te acepta, vuelves con una rama de salvia negra.
Milena olió la trampa.
—¿Y si no vuelvo?
Lorena habló:
—La manada sabrá que la Luna no la reconoce.
Dante mostró los dientes.
—No va sola.
—Entonces no cuenta —dijo Lorena.
Los murmullos crecieron. Algunos lobos miraban a Dante esperando una orden. Otros miraban a Milena esperando que se quebrara. Valeria había elegido bien: si Dante la defendía, ella quedaba débil; si Milena aceptaba, entraba sola al bosque bajo una luna que volvía cada trampa más rápida.
Milena miró a la niña Omega otra vez.
La pequeña seguía tocándose la quemadura del cuello.
Si Milena retrocedía ahora, Valeria ganaría algo más que una burla. Ganaría el derecho de decirles a todas las marcadas, a todas las pobres, a todas las mujeres traídas de afuera, que la vergüenza debía quedarse en silencio.
—Voy —dijo.
Dante giró hacia ella.
—No.
Milena sostuvo su mirada.
—No me pida que sea fuerte solo dentro de una habitación.
El golpe le llegó. No sonó a rechazo. Era una exigencia: si quería estar junto a ella, tenía que dejarla pelear donde todos miraban.
El vínculo dolió.
Dante lo sintió también.
—Si pasa cualquier cosa...
—Entonces venga a buscarme. Pero no antes.
Lorena sonrió.
Valeria también.
La luna llena subió sobre los árboles.
El sendero lunar se abrió como una boca blanca en el bosque.
Milena dio el primer paso sola.