Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — Los moretones
—Arriba no hay red —dijo el de vestuario, sin mirarla, mientras le apretaba el arnés que no era arnés, solo dos telas cruzadas—. Si te sueltas, te sueltas. La del año pasado se soltó.
—¿Y qué le pasó a la del año pasado? —preguntó Valentina.
El hombre por fin la miró.
—Media parálisis. De la cintura para abajo.
Valentina tragó saliva y no dijo nada. Se subió a las telas aéreas.
Había mentido para estar ahí. Le había dicho a Damián, la noche antes de que él saliera al extranjero, que ese fin de semana lo pasaría en la casita, ordenando, descansando, lavando ropa. Y Damián, que desconfiaba de medio mundo, de ella no había desconfiado. Se fue tranquilo. Le dejó un beso en la sien y la instrucción de comer.
En cuanto el coche dobló la esquina, Valentina marcó el número que llevaba tres días apretando en el puño.
—T. Belmonte.
Toño le había conseguido el trabajo en un día. Doble de una actriz que se negaba a colgarse a ocho metros. Sin protección, sin seguro, sin nombre en los créditos. Pero pagaban en efectivo, y pagaban bien.
—Es peligroso, señorita —le había advertido Toño por teléfono, medio en broma—. ¿Segura que su magnate la deja jugar a la acróbata?
—Mi magnate no manda en mi cuerpo más que lo que yo le vendo —había contestado ella.
Mentira otra vez. Pero de las que una se dice a sí misma.
* * *
Tres días colgada del techo.
La seda le mordía la piel en cada figura, en cada caída controlada que no era tan controlada. Subir con los muslos, envolver, soltar el aire, caer y frenarse un metro antes del suelo con las telas enroscadas en los tobillos. Otra vez. Y otra. El director gritaba "¡de nuevo!" y ella subía de nuevo.
Al tercer día se bajó del set apenas capaz de cerrar las manos.
Y todavía le faltaba la Academia.
Porque de tarde, cuando el rodaje la soltaba, Valentina cruzaba media ciudad para dar clases en la Academia Armonía. Niñas de siete años en tutú, señoras que querían aprender a mover las caderas. Le pagaban por hora. Cada hora, una línea más en su libreta de cuentas. Cada línea, un peso más cerca de comprarse de vuelta.
—Maestra, ¿por qué tiene morados en los brazos? —le preguntó una niña, tocándole el codo.
—Me pegué con una puerta, mija.
—Con muchas puertas —dijo la niña.
Valentina se rio, y le dolió reírse.
* * *
Damián regresó dos días antes de lo previsto.
Nadie se lo avisó a ella. Cuando Valentina entró a la Torre Imperial esa noche, arrastrando el cuerpo, pensando solo en la regadera, en el agua caliente, en dormir doce horas, se encontró la luz del estudio encendida y a Damián de pie junto al ventanal, todavía con el traje del vuelo, con un vaso en la mano que no había tocado.
—Llegaste —dijo ella, y la voz le salió con un temblor que la delató antes que cualquier cosa.
—Llegué. —Damián dejó el vaso—. Fui a la casita. No estabas. No estuviste en tres días.
—Estaba…
—No mientas. —Lo dijo bajo, casi con cansancio, y eso fue peor que si hubiera gritado—. Ya sé dónde estabas. Ven.
La llevó al baño. No la jaló; la llevó, con la mano cerrada en su muñeca, y esa manera de no soltarla le apretó el pecho más que el arnés de tres días.
Abrió la regadera. El vapor empezó a subir.
—Quítate la ropa —dijo.
—Damián…
—Quítatela tú, o te la quito yo.
Se la quitó ella.
Y entonces él vio.
Los moretones le cruzaban las costillas en franjas, morados y amarillos, el mapa entero de tres días colgada del techo. Los muslos marcados por la seda. Un raspón largo en la cadera. Damián no dijo nada durante un segundo tan largo que Valentina alcanzó a contarse el pulso.
Después la metió con él debajo del agua.
El agua caliente le abrió los moretones como si fueran flores, y Valentina soltó un quejido que no quiso soltar. Damián le pasó la mano por las costillas, despacio, tocando cada marca como quien cuenta una deuda, y ella se dejó, porque estaba demasiado cansada para no dejarse, porque el cuerpo de él contra su espalda era lo único caliente en el mundo esa noche.
—Telas aéreas —dijo él contra su cuello—. Sin red. ¿Sabías que la del año pasado quedó en silla de ruedas?
—Media parálisis —corrigió ella—. Sí sabía.
Sintió que él se ponía rígido.
Damián le tomó la muñeca izquierda y se la subió, la giró para que quedara a la vista bajo la luz: ahí, en la cara interna, el aguilucho mal tatuado, el pájaro torcido que una amiga le había tatuado a los quince con una aguja y tinta china. Damián puso el pulgar encima, apretando, como si pudiera borrarlo o quedárselo.
—Me mentiste a la cara —dijo—. Me dijiste que ibas a lavar ropa. Y te fuiste a colgarte de un techo por unos pesos.
—Son mis pesos.
—Odio que me mientan. —Le apretó más la muñeca, sin lastimarla, solo para que lo sintiera—. De todo lo que no soporto, Valentina, eso es lo primero. Que me mientan. Puedes odiarme. Puedes pelearme. Pero no me mientas.
El agua le corría por la cara y ella no supo si lloraba o no.
—Entonces no me encierres —le contestó—. Y no tendré que mentir.
Damián la volteó. La besó bajo el chorro, hondo, con esa boca que un día había jurado no usar y que ahora usaba en ella como si nunca hubiera jurado nada, y le tomó el rostro con las dos manos, y la subió contra los azulejos con cuidado de no tocarle los moretones, y ahí, entre el vapor y el agua, la deuda de tres días se le fue del cuerpo por un rato, mordida por mordida, como siempre pasaba con él: se le olvidaba por qué peleaba.
Después la envolvió en una toalla, la cargó a la cama y le puso pomada en cada morado, uno por uno, sin decir palabra.
Valentina se durmió pensando que quizá se había equivocado con él.
* * *
Se equivocó al pensar que se había equivocado.
La despertó la sed. Eran las tres de la mañana. La cama de al lado estaba vacía y por la rendija de la puerta se colaba la voz de Damián, baja, la voz de negocios, esa que no era para ella.
—…ya lo hablé con mi madre —decía—. Sí. Una boda, a más tardar el año que viene. No, a ella la tengo controlada, no es problema. Cuando llegue el momento, se cierra el contrato y punto.
Valentina se quedó quieta en la oscuridad.
Una boda. A más tardar el año que viene.
Se cierra el contrato y punto.
Así que era eso. Ella era el punto y aparte antes del punto final. La amante que se guarda mientras se arregla la boda con la que corresponde, la de apellido, la que sí se lleva al altar. Todo lo demás —la casita, los moretones curados uno por uno, la boca que se atrevió a besarla— era el préstamo. Y los préstamos se pagan y se acaban.
No lloró. Se tomó el agua. Volvió a la cama y se hizo la dormida cuando él entró.
Damián se acostó, la abrazó por atrás con la mano abierta sobre sus costillas lastimadas, y en la oscuridad, seguro de que ella dormía, sacó el teléfono y le envió a Lino un mensaje de una sola línea:
Que alguien la vigile. A todas horas. Y que no vuelva a enterarme después.
* * *
La llamada de Iker llegó al día siguiente, a mediodía, cuando Valentina salía de la Academia.
—Vale. —La voz del muchacho venía tensa, rota—. Fui al departamento. Ya no es nuestro.
—¿Cómo que ya no es nuestro?
—Rubén lo vendió. Todo. Firmó hace una semana. Los del camión de mudanza ya sacaron las cosas y las que no valían las tiraron al patio. —Iker respiró, y esa respiración fue lo más parecido a un llanto que Valentina le había oído desde niño—. Vale. Tiró las fotos. Las tuyas con la abuela. Y el trofeo. Lo que quedaba del trofeo. Está en la basura.
El único techo que la familia había tenido de verdad. La deuda del padre lo había tragado entero. Y con él, la foto de la abuela abrazándola el día que entró a la ESD, y los pedazos del trofeo que ella había guardado como quien guarda un hueso roto.
Valentina colgó sin darse cuenta de que colgaba.
Corrió.
Bajó las escaleras del estacionamiento sin ver los escalones, con el pecho hecho un nudo, y ahí abajo, junto al coche negro, estaba Damián esperándola —porque ahora siempre sabía dónde estaba, aunque ella todavía no entendiera cómo—, y Valentina no midió, no calculó, no se acordó del contrato ni de la boda ni del punto final.
Se le estrelló en el pecho y lloró como no había llorado en años. Le agarró la camisa con las dos manos y lloró por la abuela, por el trofeo, por el padre, por los tres días colgada de un techo, por la boda que no era la suya, por todo junto, y Damián la sostuvo sin preguntar nada, cerrando los brazos alrededor de ella como una jaula que por una vez ella no quiso romper.
Dos pisos más arriba, asomada al barandal del estacionamiento, Paola Meléndez los vio.
Vio a la del club llorando en el pecho del magnate.
Y levantó el celular.