Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
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CAPÍTULO 13: La oferta
Llegué quince minutos tarde. No fue a propósito. El autobús se retrasó, y luego me equivoqué de calle, y cuando por fin entré al edificio del Grupo Montenegro, la secretaria me miró como si yo fuera un bicho. Le dije mi nombre. Ella llamó por teléfono interno. Me dijo que subiera.
El ascensor me dejó en el piso cuarenta y cinco, pero esta vez no entré por la puerta de servicio. Entré por la principal. La recepción era de mármol, con una fuente que no servía para nada más que para hacer ruido. Ricardo me esperaba ahí, el hombre de los anteojos que había visto pasar una vez en el sótano.
—Señorita Fernández —dijo, extendiéndome la mano—. Pase, por favor. Lo estamos esperando.
"Lo". O sea, Alejandro.
Entré a la oficina. Él estaba de pie, frente a la ventana. Se volvió cuando me oyó entrar. Llevaba traje azul, corbata oscura. Me miró de pies a cabeza. Esta vez no llevaba uniforme de limpieza. Llevaba un vestido gris que me había comprado con lo de la feria, sencillo, pero que me quedaba bien. La panza ya no se ocultaba.
—Siéntese —dijo, señalando la silla. Ricardo se sentó a su lado, con una carpeta.
Yo me senté. Puse mi bolso en las rodillas. No pedí agua. No pedí café. Quería irme de ahí lo antes posible.
—Vamos al grano —dijo Alejandro, apoyando los codos en el escritorio—. Sé quién es usted. Sé que escribió la nota anónima. Sé que trabaja de noche limpiando este piso. Y sé que está embarazada. No voy a preguntarle de quién es. Todavía.
Me quedé quieta. No dije nada. Él siguió.
—Lo que le voy a proponer es esto. La división orgánica necesita proveedores serios. Usted produce huevos de la mejor calidad que he probado. Quiero comprarle toda su producción. Por un precio un quince por ciento superior al mercado. Contrato por tres años. Compra asegurada, sin importar lo que pase.
Ricardo abrió la carpeta y me pasó un contrato. Lo hojeé. Las condiciones eran buenas. Mejor que buenas. Con ese contrato, pagaba la deuda con Verónica en seis meses. Me libraba de Vega. Me libraba de todos.
—¿Y qué pide usted a cambio? —pregunté.
—Nada —dijo Alejandro—. Solo que me venda a mí, y no a otros. Exclusividad.
—Exclusividad por tres años, a precio fijo —dije, leyendo—. Si el precio del mercado sube, yo me pierdo la subida. Eso no me gusta.
—Si sube más de un diez por ciento, renegociamos —dijo él, sin pestañear.
Miré a Ricardo. Él asintió, como diciendo que era aceptable.
—Y el puesto —dijo Alejandro de repente—. También le ofrezco un puesto. Jefa de proveedores de la división orgánica. Sueldo fijo, más comisiones. Usted conoce el rubro mejor que nadie.
—No —dije, rápido.
—No lo ha pensado.
—No lo necesito pensar. No quiero trabajar aquí. No quiero estar cerca de usted. Vendo los huevos, punto. Nada más.
Se hizo un silencio. Ricardo miró a Alejandro, como si no supiera qué decir. Alejandro me miró fijamente. Sus ojos eran oscuros, serios. No se enojó. No se molestó. Solo dijo:
—Está bien. Solo el contrato de proveeduría. Pero quiero que sepa que la oferta del puesto sigue. Cuando quiera.
Firmé. Dos copias. Una para mí, una para ellos. Cuando terminé, me levanté para irme.
—Lucía —dijo Alejandro, y fue la primera vez que me decía el nombre, no "señorita Fernández" ni "usted". Me detuve—. Una cosa más.
No me giré.
—El bebé —dijo, y su voz era más baja—. Si es mío, quiero saber. No voy a obligarte a nada. Pero quiero saber.
Me quedé de espaldas a él, con la mano en el picaporte. Sentí que el corazón me subía a la garganta.
—No es suyo —dije, y abrí la puerta.
No me creyó. Lo supe. Pero no se lo dije. Salí. Caminé por el pasillo lo más derecho que pude. Entré al ascensor. Cuando las puertas se cerraron, me apoyé en la pared y respiré hondo.
Había firmado. Me había salvado de Vega. Pero a qué precio. Ahora Alejandro tenía mi nombre, mi firma, mi contrato. Tenía una razón legal para buscarme cuando quisiera. Y sabía que estaba embarazada.
Bajé a la calle. El sol me pegó en la cara. Saqué el celular. Llamé a Sofía.
—Firmé —le dije—. Nos salvamos.
—¡¿En serio?! —gritó ella—. ¡Lucía, eso es una noticia buena! ¿Por qué hablas así?
—Porque —dije, mirando el edificio de cristal allá arriba, donde él estaba—. Porque ahora me conoce. De verdad. Y eso es más peligroso que cualquier contrato.
Colgué. Caminé hacia la parada del autobús. En el bolsillo, el contrato doblado me pesaba como una piedra.
Esa noche, cuando fui a limpiar, su oficina estaba vacía. Sobre el escritorio, había una caja chica, de esas de regalo. Tenía una nota: "Para el bebé. A. M."
La abrí. Era una sonaja de plata, pequeña, con un lazo rosa.
La dejé ahí. No la toqué. Cerré la puerta y seguí limpiando.
Pero cuando terminé mi turno y salí al amanecer, me encontré que la caja estaba en mi bolso. No sabía cómo había llegado. No recordaba haberla metido.
La miré un rato, sentada en el bordillo de la acera, esperando el autobús. Luego la guardé en el fondo del bolso, donde no la viera nadie.
No la devolví.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨