Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 14
Capítulo 14
El día de la gala llamé a Emiliano.
—Acepto.
—A las tres irá mi equipo. A las seis te recogen.
Colgó.
A las tres llegó una maquillista con un vestido champagne de alta costura. Cubría mis piernas lesionadas y dejaba los hombros al aire. Cuando me vi en el espejo, casi no me reconocí.
El coche que mandó Emiliano era una G63, no el Bentley. Cabía la silla de ruedas.
También pensó en eso.
La gala era en el Hotel Casa, propiedad de los Alcázar.
Emiliano me esperaba en la entrada con traje gris oscuro.
Me cargó del coche a la silla con cuidado, sin hacer espectáculo.
—No te pongas nerviosa —susurró cerca de mi oído—. Yo guío.
Entramos.
Las cámaras giraron hacia nosotros.
Alejandro estaba con sus padres.
Camila, a su lado.
Su cara se volvió negra.
En la entrevista principal, el presentador preguntó por la vida privada de Emiliano.
Él miró hacia mí.
—Tengo novia. Estamos en una relación estable y pienso casarme con ella.
El salón explotó.
—¿Podemos saber quién es?
—Valeria Salcedo. Empleada de Grupo Fuentes. La mujer a la que quiero cuidar toda mi vida.
Todos me miraron.
Yo sonreí.
Por primera vez en días, la historia dejó de pertenecerle a Camila.
El presentador quiso invitarme al escenario. Emiliano me miró primero. Negué con una sonrisa.
—Mi novia tuvo un accidente hace poco —dijo él—. Aún necesita silla de ruedas. No quiero cansarla. Cuando se recupere habrá oportunidad.
Después de la entrevista volvió a mi lado. Me sirvió agua, me acercó bocadillos y me habló en voz baja. Frente a todos, parecíamos una pareja dulce.
—Perdón por no subir contigo —dije.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
Luego tomó una servilleta y me limpió una migaja de la comisura.
—Y me gusta que me llames Emiliano.
Quise tomar la servilleta, pero Alejandro y Camila venían hacia nosotros.
Dejé que Emiliano terminara.
Brindamos los cuatro.
Me atraganté con el champán. Emiliano se agachó a darme palmadas en la espalda.
Camila se colgó del brazo de Alejandro.
—Ale, Emiliano y Valeria son tan cariñosos. Tú deberías tratarme así.
Alejandro me miró.
—Entonces también tendrías que aprender sus métodos para agradarles a los hombres.
Camila sonrió.
—Yo solo he tenido un novio. No tengo tanta experiencia.
Emiliano tocó mi brazo para que no respondiera.
—Valeria no necesita métodos. Yo la perseguí a ella. Y lo haría otra vez.
El rostro de Alejandro se tensó.
Camila intentó otro golpe.
—Antes la veía muy cerca de Santiago. No sabía que ya estaba con Emiliano. Valeria siempre sorprende.
Emiliano la miró sin cambiar de tono.
—Señorita Rivas, llámeme señor Fuentes. No somos cercanos. Y mi relación con Valeria no necesita aprobación de personas ajenas. Mejor cuide a Alejandro.
Camila perdió la sonrisa.
Al terminar la gala, salimos rodeados de reporteros. Emiliano me protegió con el cuerpo hasta subir al coche.
Cuando quedamos solos, respiré.
—Gracias por defenderme.
—Soy tu novio. Es lo que toca.
—¿De verdad servirá?
—Haremos lo que se pueda. Ahora dime qué quieres comer. Noté que casi no probaste nada.
—Me gusta la comida de calle. Tal vez no es lo tuyo.
—No me subestimes. De niño mi padre me llevaba a fábricas y pueblos para aprender el negocio. Lo que más recuerdo son los puestos de tacos después del trabajo.
Lo miré, sorprendida.
—Conozco un lugar de tacos de suadero que te puede gustar.
—Vamos.
Fuimos a un puesto pequeño. Pedí dos órdenes. La dueña nos miró como si fuéramos de televisión.
—Qué pareja tan bonita.
Emiliano no se incomodó. Limpió los cubiertos, me acercó servilletas y probó el primer taco.
—Está bueno.
—Pensé que comerías poco.
—Yo pensé que tú pedirías menos.
—Tengo buen apetito. Mi estómago es delicado, pero no engordo.
—Eso genera enemigos.
Nos reímos.
Esa noche comimos casi dos horas. Descubrí que Emiliano no era el hombre inaccesible que imaginaba. Respetaba a la gente, escuchaba, preguntaba. No hablaba de más, pero tampoco miraba a nadie por encima del hombro.
Al dejarme en el hospital, dijo:
—Gracias por esta noche. Hace mucho no me relajaba así.
—Pues cuando quieras te llevo a comer más cosas. Tengo lista.
—Hecho.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero