Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 5. LA CASA DE LOS FANTASMAS Y MIRADAS QUE ACUSAN
POV ROCÍO
Mis manos temblaban tanto que tuve que esconderlas en los bolsillos de mi abrigo mientras Mario introducía la llave en la cerradura. El sonido del metal girando dentro del pomo me pareció el veredicto de un juez. Cuando la puerta se abrió, un calor hogareño mezclado con el aroma a café y a ropa limpia nos recibió, pero el ambiente se sentía pesado, como si el luto flotara en el aire bloqueando el paso de la luz.
Dimos dos pasos hacia el recibidor. Frente a nosotros, al final del pasillo que conducía al salón, apareció una mujer de unos cincuenta años con el rostro cansado y los ojos enrojecidos. Era Marta, la vecina. Al ver a Mario, su expresión se relajó sutilmente en un gesto de profundo alivio.
—Oh, Mario, gracias a Dios que estás aquí —susurró Marta, acercándose a paso rápido para rodearlo con un abrazo apretado—. Los niños... apenas han probado bocado. Ha sido una tortura mantenerlos tranquilos.
Cuando se separó de él, sus ojos se posaron en mí. Su mirada se volvió confusa, evaluándome de arriba abajo, hasta que algo en mis facciones pareció encender una chispa en su memoria. Su rostro se endureció de golpe.
—¿Rocío? —preguntó con una voz teñida de una incredulidad casi despectiva—. ¿Eres la hermana de Elena? No puedo creerlo. Seis años esperando que llamaras... y apareces ahora, cuando ella ya no está para escucharte.
El reproche me golpeó como agua helada. Agaché la cabeza, sintiendo que las lágrimas acumuladas amenazaban con desbordarse. No tenía defensa. La vecina de mi hermana me conocía solo por el dolor que mi ausencia causaba.
—Marta, por favor —intervino Mario, colocando una mano firme sobre el hombro de la mujer. Su tono era bajo pero autoritario—. No es el momento. Rocío y yo hemos firmado la custodia compartida. Vamos a vivir aquí con los niños. ¿Dónde están?
Marta tragó saliva, visiblemente impactada por la noticia de nuestra convivencia, pero contuvo sus comentarios. Señaló con la cabeza hacia las escaleras que subían a la segunda planta.
—Lucas está en su habitación, encerrado. No quiere hablar con nadie. Mía está en el salón, no se ha despegado del peluche que le compró Víctor en su último viaje. Mario... las cosas han sido muy difíciles estos meses —Marta bajó la voz, asegurándose de que el eco no subiera las escaleras—. Elena no era la misma desde lo del bebé. A veces se pasaba días enteros en silencio, mirando a la nada. Víctor hacía lo que podía, pero él también estaba agotado. Había noches en las que Elena gritaba que se sentía sola, que su propia sangre la había abandonado... —la vecina me dedicó una última mirada cargada de reproche antes de caminar hacia la puerta—. Me voy a mi casa. Si necesitan algo, solo llamen. Buenas noches.
El portazo de la salida nos dejó de nuevo a solas con el silencio de la vivienda. Las palabras de Marta se me clavaron como astillas en el corazón: Elena gritaba que su propia sangre la había abandonado. Me tapé la boca con la mano para ahogar un sollozo. Mi orgullo no solo me había alejado a mí, sino que había dejado a mi hermana desamparada en su peor momento.
POV MARIO
Escuchar a Marta me revolvió las entrañas, pero no era el momento de pasarle factura a Rocío; sus ojos llenos de lágrimas y sus hombros caídos me demostraban que ya se estaba castigando bastante ella sola. Tenía que enfocarme en lo que de verdad importaba.
—Voy a buscar a Mía —le dije a Rocío, intentando mantener la voz fría y profesional—. Quédate aquí. Deja que me vea a mí primero para no asustarla.
Caminé hacia el salón. Sentada en mitad de un enorme sofá gris, casi camuflada por los cojines, estaba mi pequeña sobrina. Mía, de solo tres años, tenía las piernas encogidas contra el pecho y abrazaba con fuerzas desmedidas un oso de felpa marrón. Tenía las mejillas surcadas por lágrima secas y la mirada fija en la televisión apagada.
—Hola, mi princesa —murmuré, agachándome frente al sofá para quedar a su altura.
Al escuchar mi voz, Mía levantó la cabeza. Sus ojos enormes y brillantes se abrieron de par en par. Soltó el peluche y se abalanzó sobre mi cuello, llorando con un desconsuelo que me partió el alma en mil pedazos.
—¡Tío Mario! ¡Mamá no está! —sollozó la pequeña Mía, escondiendo su carita empapada en lágrimas directamente en mi hombro—. Se fue en el coche grande con papá... No vuelven, tío. Tengo miedo. ¿Mamá me quiere? ¿Dónde está?
—No, no, mi amor. Escúchame bien —le dije, estrechándola contra mi pecho mientras sentía un nudo asfixiante en mi propia garganta—. Papá y mamá te quieren muchísimo, eres su princesa. Pero ahora están en el cielo, cuidándote desde arriba como dos angelitos. Y tú no estás solita. El tío Mario se va a quedar a vivir en esta casa contigo. Siempre. No me voy a ir a ningún lado, mi vida.
Mía se separó un poco, limpiándose la nariz con la manga de su jersey rosa, y me miró con sus ojos enormes llenos de lagrimitas y confusión. Fue en ese momento cuando Rocío asomó por el marco de la puerta del salón. Se había limpiado el rostro, pero la palidez de su piel delataba su tormento interno.
Al ver a una extraña entrar, la pequeña se asustó. Se pegó todavía más a mi cuerpo, buscando protección, y me agarró de la camisa con fuerza mientras señalaba a Rocío con su dedito tembloroso.
—Tío... ¿quién es? —susurró asustada—. No quiero, tío. Que se vaya.
Rocío dio un paso al frente despacio, con las manos extendidas en un gesto pacífico, intentando forzar una sonrisa que le salió completamente rota.
—Hola, Mía... Yo soy Rocío —dijo, y la palabra "tía" se le quedó atascada en la garganta al ver el miedo de la pequeña—. Soy... tu tia la hermana de tu mama. He venido para cuidarte y darte un abrazo, ¿vale?
—¡No! ¡Vete, eres mala! —una voz pequeña, rota y cargada de un berrinche furioso interrumpió desde el pasillo.
Giré la cabeza de golpe. Lucas, con sus cinco añitos recién cumplidos, estaba de pie junto al primer escalón. Tenía los puños diminutos cerrados a ambos lados de su cuerpo y unos ojos grandes, inyectados en lágrimas de rabia, que eran el vivo reflejo de los de mi hermano Víctor cuando se enfadaba. El niño miraba a Rocío con un rechazo absoluto, un enfado puro que me partió el alma.
—Tú no eres mi tía —lloriqueó Lucas, dando un pisotón fuerte contra el suelo antes de avanzar hacia el salón—. Mi mamá lloraba mucho y miraba tus fotos. Decía que no nos querías y que te habías ido lejos. ¡No te quiero aquí! ¡Esta es la casa de mi mamá! ¡Vete, vete!
El grito agudo de Lucas retumbó en las paredes del salón. Al ver a su hermano mayor gritar, la pequeña Mía, de solo tres años, se asustó por completo y comenzó a llorar con más fuerza, escondiendo el rostro en mi cuello.
Rocío dio un paso atrás, palideciendo al instante, como si las palabras inocentes pero crueles del niño hubieran sido impactos de bala reales. El dolor de nuestro primer día en el hogar acababa de estallar de la forma más amarga posible: a través de los ojos de un niño de cinco años que repetía el dolor que había visto en su madre. Las heridas de los seis años de ausencia eran mucho más profundas de lo que jamás imaginamos.