Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 8
La cena transcurrió en un silencio extrañamente reconfortante. La mansión, que desde afuera parecía una fortaleza inexpugnable, por dentro respiraba una calidez que Camila jamás había experimentado en la fría residencia de los Valenzuela. La abuela Eva llenó la mesa de conversación ligera, contando anécdotas de la infancia de Kael que lograban que el temido líder de la mafia bajara la mirada con una imperceptible mezcla de respeto y resignación.
Kira, exhausta tras insistir en mostrarle a Camila cada uno de sus juguetes, terminó quedándose dormida con la cabeza apoyada en el regazo de la cirujana.
—Déjame llevarla a su habitación —murmuró Kael con voz baja para no despertarla.
Se acercó a Camila y, al inclinarse para tomar a la niña en brazos, el roce accidental de sus hombros volvió a enviar esa chispa eléctrica por la columna de la joven. Sin embargo, esta vez no hubo rechazo en la mirada de Camila; solo una observación detenida de cómo las manos del Alfa, capaces de empuñar un arma con frialdad absoluta, cargaban a su hija con la delicadeza de quien sostiene un cristal frágil.
Una vez que Kael subió las escaleras con la pequeña y la abuela Eva se retiró a sus aposentos, Camila caminó hacia el gran ventanal del salón. Afuera, la lluvia de la montaña comenzaba a golpear con fuerza contra los cristales.
—El clima empeoró. La carretera de bajada estará peligrosa —dijo la voz profunda de Kael a sus espaldas.
Camila no se giró de inmediato. Observó el reflejo del Alfa en el vidrio: alto, imponente, con la camisa oscura abierta en el cuello revelando la firmeza de su postura a pesar de la cirugía reciente.
—No puedo quedarme a vivir aquí, Kael —dijo ella con calma, volviéndose para encararlo—. Agradezco lo que tu abuela hizo esta noche y entiendo que tu hija necesita estabilidad, pero mi vida está en la medicina. Si me encierras en una jaula de oro para "protegerme", terminarás destruyendo la única parte de mí que sigue intacta.
Kael caminó despacio hasta quedar a un par de pasos de ella. La luz tenue del fuego iluminaba los ángulos marcados de su rostro.
—No quiero encerrarte, Camila —respondió Kael, y por primera vez, el tono dominante del Alfa dio paso a una sinceridad transparente—. Si quisiera encerrarte, no habría comprado acciones para devolverte el control de tu hospital. Quiero que sigas siendo la cirujana brillante que eres. Pero no voy a permitir que tu familia te vuelva a arrastrar al borde de la muerte.
—¿Y cuál es tu plan entonces? —preguntó Camila, alzando la barbilla—. ¿Ponerme una escolta armada en cada esquina? ¿Gobernar mi vida a través de tu dinero?
—Mi plan es darte un frente unido —sentenció Kael, dando un paso más hacia ella hasta que el aroma a sándalo y lluvia la envolvió por completo—. Mañana por la mañana, la junta directiva del hospital se reunirá para ratificar los nuevos nombramientos. Guillermo y Victoria estarán ahí, intentando salvar lo poco que les queda. Quiero que entres a esa sala con la cabeza en alto, sabiendo que el hombre más peligroso de esta ciudad está a tu espalda.
Camila sintió cómo su corazón —ese órgano que según la medicina debería estar colapsando— latía con un ritmo fuerte, claro y ridículamente estable.
—Acepto la tregua, Kael —murmuró la cirujana, sosteniendo su mirada de verde felino—. Pero en el momento en que intentes tomar decisiones por mí sin mi consentimiento, este trato se acaba.
Kael dibujó una sonrisa de medio lado, fascinado por la terquedad indomable de la mujer que la diosa Luna había elegido para él.
—Trato hecho, mi doctora. Ahora, ven a descansar. Mañana le enseñaremos a tu familia lo que ocurre cuando intentan tocar lo que me pertenece.