Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XIII La verdad como balde de agua fría
Emma salió de la oficina de su jefe temblando y soportando un dolor que la hacía estremecerse. La secretaria de Damián, al ver el estado de la joven, se acercó rápidamente para intentar calmarla.
—Tranquila, Emma. Ten, toma un poco de agua —le dijo Francisca, entregándole el vaso—. No tienes por qué soportar esto. Vienes de una buena familia; estoy segura de que si hablas con tu padre, él te dará un puesto digno en su empresa.
A Emma le dolió aún más el corazón. Escuchar esas palabras le recordó que su propia familia la trataba con más crueldad que su jefe. Estaba atrapada en un infierno del que solo se negaba a huir por la esperanza de encontrar a su madre.
Mientras tanto, dentro del despacho, los ánimos no habían mejorado. Damián estaba furioso por el error de su pasante y por el tono con el que su mano derecha le acababa de hablar.
—¿Quién te dio el derecho de hablarme así, y menos frente a mi empleada? —cuestionó Damián con la voz llena de ira.
—Sé que no tengo derecho, pero no voy a permitir que sigan lastimando a esa muchacha —respondió Diego, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás.
—Ahora resulta que a mi asistente le gusta la hija de los De la Rivera —soltó Damián con sarcasmo.
—No se trata de eso y lo sabes. Pero no voy a discutir contigo. Lee tú mismo lo que conseguí sobre Emma. Todo está respaldado por informes médicos que la familia se encargó de silenciar.
Damián frunció el ceño, apretando los dientes. Con un gesto brusco, abrió la carpeta que Diego había dejado sobre el escritorio.
Sus ojos comenzaron a recorrer las páginas. Esperaba encontrar reportes de fiestas, caprichos de niña mimada o desfalcos financieros, pero lo que vio lo dejó helado. Los documentos mostraban historiales de ingresos a emergencias médicas bajo diagnósticos falsos, testimonios de profesores universitarios que daban fe de su excelencia académica y notas de expedientes archivados sobre la extraña desaparición de su madre.
El golpe final fue una fotografía adjunta al reporte médico más reciente: un informe donde se detallaban contusiones severas en los brazos y espalda, opacadas por el poder económico de Guillermo de la Rivera para evitar un escándalo en la prensa.
Damián sintió un nudo amargo en la garganta. Las piezas del rompecabezas encajaban de golpe: las muecas de dolor de Emma durante la mañana, su negativa absoluta a dejar que la llevara a casa y la mirada de pánico contenido con la que soportaba sus gritos.
No era una heredera malcriada. Era una mujer sobreviviendo a un infierno doméstico.
De pronto, la puerta del despacho se abrió de par en par sin previo aviso. Francisca entró corriendo, con el rostro pálido y la respiración agitada.
—¡Señor Thorne! ¡Señor Thorne, por favor venga rápido! —exclamó la secretaria con pánico en la voz.
Damián levantó la mirada de golpe, soltando el expediente.
—¿Qué pasa, Francisca? —preguntó Diego, adelantándose.
—¡Es Emma! Se... se acaba de desmayar en el pasillo. No responde y tiene mucha fiebre.
Antes de que Francisca terminara de hablar, Damián ya se había puesto de pie, rodeando el escritorio a pasos agigantados. Un sentimiento desconocido, mezcla de culpa y remordimiento punzante, le oprimió el pecho mientras salía al pasillo para socorrerla.
Damián salió al pasillo a pasos agigantados. Al llegar junto al escritorio de recepción, vio a Emma tendida en el suelo, pálida como la cera, con el rostro bañado en un sudor frío y la respiración débil.
Varios empleados comenzaban a salir de sus oficinas al escuchar los murmullos. Damián supo de inmediato que si los rumores comenzaban a circular o si la noticia llegaba a Guillermo de la Rivera, el infierno de la joven solo empeoraría.
—Francisca, regresa a tu puesto y dile a todos que la señorita De la Rivera solo sufrió una baja de tensión por el cansancio —ordenó Damián con una voz autoritaria que no admitía replicas—. Nadie habla de esto. ¿Quedó claro?
—Sí, señor Thorne —asintió la secretaria de inmediato, dispersando a los curiosos.
Sin dudarlo un segundo, Damián se inclinó y pasó con cuidado sus brazos por debajo de las piernas y la espalda de Emma para levantarla. En cuanto la tomó en regazo, se le escapó un leve gemido ahogado de ella; aun inconsciente, Emma gimió de dolor cuando la mano de Damián presionó sin querer su brazo derecho golpeado.
Damián la apretó contra su pecho con más delicadeza, sintiendo el calor abrasador de la fiebre que la consumía.
—Diego, llama al chofer y dile que prepare la camioneta en el sótano, en el ascensor privado. La llevaremos a la clínica San José —dijo Damián a paso firme, caminando rápidamente hacia el ascensor exclusivo de presidencia para evitar que los empleados los vieran.
—Voy pidiendo un área VIP y al médico de confianza de la firma para que la atiendan de inmediato sin hacer registros públicos —respondió Diego, marcando aceleradamente en su teléfono mientras caminaba a su lado.
En cuestión de minutos, la camioneta salía a toda velocidad del estacionamiento subterráneo con los cristales blindados y oscuros arriba, dejando atrás el rascacielos.
En el asiento trasero, Damián sostenía la cabeza de Emma sobre sus piernas, usando su propio pañuelo húmedo para limpiarle el sudor de la frente. Mirándola de cerca, sin la coraza de frialdad que ella siempre mostraba, se veía tan frágil e indefensa que a Damián se le oprimió el corazón. Tenía la punzada de culpa atravesada en la garganta: tan solo unos minutos antes la había gritado por un formato insignificante mientras ella estaba al borde del colapso físico.
Al llegar a la clínica privada, ingresaron por la zona de emergencias reservada para pacientes de alto perfil. El equipo médico, previamente alertado por Diego, ya los esperaba con una camilla para ingresarla a una habitación privada lejos de la vista del público.
Damián se quedó de pie junto a la puerta mientras los doctores comenzaban a examinarla. Al retirarle el saco del traje sastre negro para colocarle una vía intravenosa, la enfermera soltó un jadeo ahogado.
El brazo derecho de Emma, desde la muñeca hasta casi el hombro, estaba cubierto de hematomas morados y verdosos con la forma exacta de los dedos de un hombre que la había sujetado con saña brutal.
El médico a cargo levantó la mirada hacia Damián, serio y preocupado.
—Señor Thorne... estas marcas no son de ningún accidente. Esto es evidencia clara de una agresión física reciente.
Damián apretó los puños a los costados de su cuerpo hasta que las articulaciones de sus dedos se pusieron blancas. La rabia que sintió en ese instante no era la de un empresario calculador, sino la de un hombre que acababa de descubrir la crueldad infinita del enemigo al que planeaba destruir.
—Cúrenla y asegúrense de que no le falte nada —dijo Damián con una voz helada que hizo estremecer la habitación—. Nadie, absolutamente nadie fuera de este cuarto, se entera de que ella está aquí.