Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 6: Despertar en el Trono Oscuro
El dolor ya no era una tormenta de granizo sobre su piel, sino un eco lejano.
Astra parpadeó con dificultad, abriendo los ojos hacia una penumbra desconocida. Lo primero que registraron sus sentidos no fue el frío del fango ni el olor a podrido del Bosque de las Cenizas, sino una suavidad abrumadora. Estaba hundida entre sábanas de terciopelo negro y seda, tan delicadas que se sentían como una caricia sobre su piel maltratada. El aire a su alrededor era cálido y denso, impregnado con el aroma de la leña quemándose y un rastro herbal a menta y resina.
Miró hacia arriba. El techo de la habitación era altísimo, sostenido por vigas de madera oscura y arcos de piedra labrada de un impecable estilo gótico. A un costado, una gigantesca chimenea de piedra escupía llamaradas anaranjadas que danzaban contra las paredes, bañando el lugar con una luz dorada y protectora.
Con un destello de pánico, Astra se incorporó rápidamente, pero un mareo la obligó a sostenerse de la cabecera tallada. Se miró las manos. Los harapos blancos y sucios de la manada habían desaparecido; ahora vestía un camisón de seda oscura que le cubría hasta los tobillos. Sus muñecas, sus tobillos y las heridas de su rostro estaban perfectamente cubiertos con vendajes limpios, impregnados de un ungüento aromático que adormecía el dolor punzante del ritual de rechazo.
El vacío en su pecho seguía allí, la cicatriz donde Logan había arrancado su lazo de lobo. Pero ya no sangraba. Un calor ajeno y magnético palpitaba en su torrente sanguíneo, estabilizando sus latidos.
El pánico se transformó en una alarma interna. ¿Dónde estaba? ¿El Castillo de Ceniza? ¿El cubil del monstruo híbrido?
Intentó deslizar las piernas fuera de la cama, decidida a buscar una salida, cuando un crujido metálico la congeló en el sitio. Las pesadas puertas de roble de la habitación se abrieron de par en par de manera pausada, sin prisa, pero con una autoridad absoluta.
Astra encogió las piernas contra su pecho de inmediato, tirando de las sábanas de terciopelo para cubrirse hasta la barbilla, con los ojos desorbitados.
Valerius entró en la recámara.
Si la noche anterior parecía una deidad de la muerte rodeada de sangre, bajo la luz del fuego su presencia era, si cabe, más abrumadora. Ya no vestía armadura; llevaba una túnica holgada de seda oscura, entreabierta en el cuello, revelando las sutiles marcas de antiguas batallas en su piel pálida de mármol. El cabello negro le caía desordenado sobre la frente, suavizando la línea letal de su mandíbula esculpida.
En sus manos, aquellas mismas manos que unas horas antes habían decapitado a un Lobo de la Sombra como si fuera una rama seca, cargaba una bandeja de plata. Sobre ella reposaba un tazón de caldo humeante, pan recién horneado y un par de viales de cristal con pociones de un color carmesí brillante.
Su sola presencia física llenó el aire de la habitación. Era un aura de poder tan densa que Astra sintió la tentación biológica de bajar la cabeza. Sin embargo, no era la sumisión asfixiante e insultante de la Voz de Mando de Logan; era un magnetismo pesado, embriagador, que parecía invitarla a descansar en lugar de huir.
Valerius se detuvo a unos pasos de la cama. Sus ojos, que ahora brillaban con un dorado profundo, fijos y felinos, escanearon la postura rígida de Astra. Notó el temblor en sus hombros, el pánico en su respiración y cómo intentaba hacerse lo más pequeña posible contra la madera de la cabecera.
En la Manada Colmillo de Plata, cuando una Omega rota mostraba debilidad frente a un superior, el resultado inevitable era un golpe o una orden cruel. Astra apretó los dientes, cerrando los ojos y esperando los gritos, las demandas o el dolor que justificara su cautiverio.
Pero el monstruo no rugió.
Valerius soltó un suspiro profundo, un leve retumbo que vibró en su amplio pecho. Caminó con pasos lentos y deliberados hacia la mesa de noche, donde colocó la bandeja de plata sin hacer el menor ruido. Luego, con una lentitud casi quirúrgica, se giró y se sentó con cuidado en el borde del colchón. La cama se hundió ligeramente bajo su inmenso peso corporal.
Astra contuvo el aliento, pegando la espalda a la pared.
Con una delicadeza insólita que contradecía por completo su reputación legendaria de verdugo implacable, Valerius tomó el tazón de caldo. El vapor acarició el rostro pálido de Astra, despertando un rugido hambriento en su estómago herido. Él no la obligó a comer; simplemente sostuvo el tazón a una distancia segura, mirándola con una intensidad que derretía el hielo de sus defensas.
—Estás a salvo, Astra —dijo él. Su voz era un barítono profundo, un retumbar rítmico y posesivo que se filtró directamente en el vacío de su pecho, calmando la ansiedad que la atenazaba— Nadie en este castillo, ni en este mundo, volverá a ponerte una mano encima para lastimarte. Tienes mi palabra.
Astra tragó saliva, sintiendo la garganta seca como la arena del desierto. Miró el tazón de comida y luego se atrevió a clavar sus ojos en las pupilas doradas del híbrido. La devoción que emanaba de aquel coloso la confundía tanto como la reconfortaba.
—¿Quién... quién eres tú? —consiguió articular con la voz quebrada, un hilo apenas audible— ¿Por qué me salvaste en el bosque? Soy... soy una paria. Mi manada me desechó. No tengo valor para nadie.
Valerius no apartó la mirada. Al escuchar la palabra paria, una chispa de furia peligrosa cruzó sus ojos dorados, pero no era ira dirigida a ella.
Lentamente, colocó el tazón de vuelta en la bandeja de plata, liberando sus manos. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos hasta que Astra pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su piel. Quedó atrapada bajo su sombra, envuelta por su aroma a tormenta, especias oscuras y un poder místico ancestral. El magnetismo puro del lazo del eclipse vibró entre los dos, acelerando sus pulsos al unísono.
Valerius acortó la distancia de tal manera que sus labios quedaron a escasos centímetros de su oído, su respiración caliente rozando la piel sensible de su cuello vendado. Habló con una certeza oscura, posesiva y absoluta que selló el destino de ambos:
—Te salvé porque tu antigua manada cometió el error más grande de su historia: arrojar su mayor tesoro a mi territorio. —Valerius regresó el rostro al frente, aprisionando la mirada de ella con una devoción implacable— Ellos te llamaron paria, mi Luna. Pero para mí, ahora eres mía. Y yo nunca dejo ir lo que me pertenece.