Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 4
Irina contuvo el aliento, plantando firmemente los pies sobre el mármol oscuro de la oficina. La mención directa de lo ocurrido en el hotel fue como una bofetada que terminó de encender la indignación que había reprimido durante todo el día. Dio un paso atrás, negándose a dejarse intimidar por la imponente estatura del Alfa que ahora se detenía a escasos metros de ella, desprendiendo ese magnetismo animal que amenazaba con nublarle el juicio por segunda vez.
—Anoche yo no sabía quién era usted, señor Galo —replicó Irina, sosteniéndole la mirada con una firmeza que ocultaba el temblor de sus manos—. Tampoco sabía que el hombre con el que pasé la noche era el dueño de la empresa donde obtuve mi pasantía... y mucho menos que era un hombre casado.
La palabra flotó en el aire de la inmensa oficina, pesada y cortante. Damian no parpadeó; su expresión, antes divertida por la osadía de la joven, se volvió de una seriedad implacable. Dejó el vaso de whisky sobre el borde del escritorio de cristal negro con un golpe seco que resonó en el silencio del lugar. Sus ojos oscuros se entrecerraron, fijos en el rostro encendido de la diseñadora, analizando la mezcla de rabia y orgullo que emanaba de ella.
—Mi vida personal no es un asunto que te incumba, Irina —sentenció él, con una voz que recuperó parte de ese tono gélido y corporativo con el que la había tratado por la mañana—. En este edificio, soy tu jefe supremo y tú eres una pasante que debe cumplir con los estándares de la marca. Nada más.
—Si solo soy una pasante, entonces aquí están las correcciones que exigió —dijo ella, dando un paso al frente para dejar el dispositivo digital sobre el escritorio, justo al lado de su vaso, evitando cualquier contacto físico—. El concepto ha sido rediseñado por completo. Si tampoco es de su agrado, puede pedirle al supervisor que me asigne a otro departamento. Con su permiso.
Irina se dio la vuelta de inmediato, dispuesta a marchar hacia el ascensor antes de que la compostura profesional que tanto le había costado reunir terminara de desmoronarse. Sin embargo, no alcanzó a dar tres pasos cuando una mano grande y firme le atrapó el antebrazo. El agarre del Alfa no fue violento, pero sí lo suficientemente posesivo e inquebrantable como para obligarla a detenerse en el sitio. El calor de su piel atravesó la tela de la blusa de oficina, enviando una descarga eléctrica directo a su columna.
—No recuerdo haberte dado permiso para retirarte —murmuró Damian, acortando el espacio entre ambos hasta quedar justo a su espalda.
El aroma a madera de sándalo y tormenta inminente la envolvió por completo, haciéndola flaquear. Damian ejerció una suave presión para obligarla a girarse, acorralándola sutilmente entre su imponente cuerpo y la estructura del escritorio. Irina apoyó las manos contra el pecho de él de manera instintiva, sintiendo los latidos acelerados del Alfa bajo la fina camisa blanca.
—Suélteme, señor Galo. Alguien podría entrar —susurró ella, aunque sus ojos fijos en los labios de él contradecían por completo sus palabras.
—La planta está vacía, Irina. Y ambos sabemos que tu cuerpo no quiere que te suelte —respondió él, con un barítono rasposo que le erizó la piel de la nuca. Damian bajó la mirada hacia la pantalla digital que ella había dejado, donde la nueva propuesta de diseño mostraba trazos limpios, modernos y oscuros—. El rediseño es impecable. Tienes talento. Pero no creas que por lo que pasó anoche vas a tener un trato especial aquí.
—No busco un trato especial, busco respeto —desafió ella, clavando sus dedos con un poco más de fuerza en el pecho de él—. Si tan mediocre le parezco en los pasillos frente a sus empleados, no me busque cuando estemos a solas. Mantenga su distancia, juegue a ser el Alfa intocable y regrese con su esposa.
El rostro de Damian se tensó al escuchar la mención de su matrimonio una vez más, y una chispa de posesividad salvaje cruzó por sus pupilas oscuras. El autocontrol que el Alfa había mantenido durante todo el día pareció agrietarse ante el desafío directo de la humana. Su mano libre subió con rapidez hacia la nuca de Irina, enredando los dedos en su cabello oscuro para obligarla a inclinar el rostro hacia atrás.
—Estás jugando un juego muy peligroso, preciosa —advirtió él, acercando sus labios a los de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. No tienes idea de las reglas de este mundo, ni de lo que soy capaz de hacer cuando algo me pertenece.
—Yo no le pertenezco a nadie —declaró Irina en un jadeo, justo antes de que la distancia entre ambos se borrara por completo.