Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 13
Valeria
La primera semana pasó como un tren de carga, lenta, ruidosa, y con la certeza de que si te apartabas del camino, te arrollaba.
Para el quinto día, Leonardo ya no dormía en el suelo. Había comprado dos cunas de esas que se convierten en camas cuando los niños crecen y las había colocado en su habitación principal, junto a su cama de diseño italiano. La primera vez que entré a limpiar y vi las cunas al lado de su cama, con las mantitas de colores contrastando con la elegancia minimalista de la habitación, tuve que morderme el labio para no sonreír.
—No podía tenerlos en la sala para siempre
dijo, como si adivinara mi pensamiento.
— Además, así los escucho si se despiertan.
—Es buena idea.
—¿De verdad, O me lo dices para no herir mis sentimientos?
—De verdad. Aunque las cortinas de seda negra no son muy infantiles.
Me miró con una expresión que era mitad ofendido, mitad divertido.
—La decoradora las puso. Yo no tenía nada que ver.
—Claro que no.
Me reí mientras sacaba los productos de limpieza. En estos cinco días, había aprendido algo sobre Leonardo, no sabía nada de bebés, no sabía nada de decoración, y su mayor logro en la vida antes del domingo pasado había sido graduarse con honores sin haber estudiado ni la mitad de lo que debía.
Pero también había aprendido que se levantaba cada vez que los mellizos lloraban por la noche, que les hablaba en voz baja mientras les cambiaba el pañal, que había pasado horas buscando en internet, cómo hacer dormir a los bebés gemelos, y que ahora tarareaba canciones de cuna con la misma naturalidad con la que antes pedía champán al lobi.
No lo había visto salir de noche ni una sola vez. Sus amigos, Marco y Luca, habían venido a visitarlo dos veces, pero él los había recibido con un bebé en cada brazo y una expresión de, no me toquen que exploto, que los había hecho reír y quedarse solo media hora.
—¿Has pensado en lo que vas a hacer con tus padres?
pregunté, mientras limpiaba la encimera de la cocina.
Leonardo estaba en la sala con Tomas en brazos, dándole el biberón de las once de la mañana. Lucía dormía en su cuna, con ese sueño profundo que solo los bebés tienen después de una noche de llanto.
—He estado evitando el tema
admitió.
— Mi madre me ha llamado cinco veces esta semana. Mi padre me ha mandado tres mensajes preguntando cuándo voy a ir a la oficina.
—¿Y qué les has dicho?
—Que estoy ocupado. Que necesito unos días para descansar después de la graduación. Mentiras, básicamente.
—No les vas a poder mentir siempre.
—Lo sé.
Tomas terminó el biberón y Leonardo lo puso contra su hombro para hacerlo eructar. El pequeño soltó un eructo sonoro que hizo reír a los dos.
—Eso es mérito mio
dijo Leonardo, con orgullo en la voz.
—Todo el mérito es de Tomas. Él solito se hizo el eructo.
—Pero yo lo puse en la posición correcta.
—Señor Fontana, ¿quiere un premio por hacer eructar a su hijo?
Me miró con esos ojos azules que cada vez me costaba más ignorar.
—Si el premio es que te quedes a comer, acepto.
—Tengo que terminar de limpiar.
—Ya limpiaste todo. El penthouse está más limpio que cuando me lo entregaron.
—Es mi trabajo.
—Vale
dijo, con un tono que ya empezaba a reconocer, el tono de, no voy a discutir esto contigo porque sé que vas a ganar, pero voy a intentarlo de todas formas.
—Son las once y media. No has desayunado. Lo sé porque te he visto llegar y no traías nada. Quédate a comer. Hago yo la pasta.
Me quedé en la puerta de la cocina, con el trapo de limpieza en la mano, y por un momento me odié por lo fácil que era para decir que sí.
—Está bien
dije.
—Pero después me voy. Tengo que estudiar.
—Trato hecho.
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