Nunca planeé enamorarme de mi profesor.
Simplemente ocurrió.
Una clase fue suficiente para que dejara de verlo como un hombre cualquiera y empezara a convertirlo en el centro de todos mis pensamientos.
Desde entonces, cada excusa era perfecta para estar cerca de él.
Cada mirada alimentaba mi esperanza. Cada rechazo solo aumentaba mis ganas de conquistarlo.
Dicen que hay amores imposibles.
Yo no creo en lo imposible y si el destino insiste en poner reglas entre nosotros...
Me encargaré de romperlas una por una.
Porque él todavía no lo sabe... Pero algún día será solo MIO.
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La primera grieta
Existe un momento en el que una mentira deja de resultar convincente incluso para quien la ha creado.
Creo que ese momento llegó para mí a la mañana siguiente, porque ya no podía seguir diciéndome que todo era simple curiosidad. La curiosidad no hace que recuerdes el olor de una oficina, ni te lleva a cerrar los ojos para imaginar a alguien leyendo en silencio detrás de un escritorio. Y, definitivamente, no te hace sonreír al recordar una taza de café a medio terminar.
Aun así...
Lo intenté.
Intenté convencerme de que lo que estaba sintiendo era completamente normal.
Fracasé antes de salir de casa.
—¿No vas a desayunar?
La voz de mi madre me obligó a regresar al comedor. Miré el pan sobre el plato y descubrí que no tenía el menor apetito.
—Más tarde.
Ella dejó la taza sobre la mesa y me observó durante unos segundos, como si quisiera hacer otra pregunta.
—Llevas varios días comiendo muy poco.
—Estoy bien.
Eso también era mentira.
Mi madre suspiró con resignación.
—No dejes que la universidad te consuma.
Asentí en silencio.
Si supiera que la universidad era el menor de mis problemas...
Cuando llegué al campus me hice una promesa.
No volvería a acercarme a la oficina del profesor Ferrer. Ni por accidente. Ni por curiosidad. Ni por ninguna de las excusas absurdas que mi cabeza pudiera inventar.
Ya había cruzado un límite.
No iba a cruzar otro.
—¡Julieta!
Levanté la vista justo cuando Emma apareció corriendo con dos cafés en las manos. Me tendió uno con una sonrisa.
—Toma.
Lo recibí agradecida y le di un sorbo. Apenas el sabor llegó a mi lengua, fruncí el ceño.
—Tiene azúcar.
Emma me miró como si hubiera dicho una barbaridad.
—Por supuesto. ¿Quién toma café amargo por gusto?
Mi sonrisa desapareció apenas un instante.
Sin querer...
Pensé en él.
En el café negro.
Sin azúcar.
Negué ligeramente con la cabeza.
¿Qué me estaba ocurriendo?
Hasta el sabor del café había empezado a recordármelo.
Aquella mañana no teníamos clase con el profesor Ferrer y, contra todo pronóstico, eso me incomodó. Intenté concentrarme en las demás materias, pero no lo logré. Intenté prestar atención al profesor de Estadística y tampoco funcionó.
Cuando bajé la vista descubrí que mi cuaderno estaba lleno de garabatos.
Emma me dio un leve codazo.
—¿Vas a decirme qué te pasa?
—Nada.
Me sostuvo la mirada unos segundos.
—Julieta... llevas cinco minutos dibujando rectángulos.
Miré la hoja.
Era cierto.
Había llenado media página con pequeños cuadros perfectamente alineados.
Ni siquiera recordaba haberlos dibujado.
Cerré el cuaderno con un suspiro.
—Solo estoy cansada.
Emma permaneció en silencio.
Un silencio demasiado largo.
No insistió y, por alguna razón, eso me preocupó todavía más.
A la hora del almuerzo decidí ir sola a la cafetería.
Necesitaba despejar la mente.
Compré un jugo, busqué una mesa libre y, apenas levanté la vista, lo vi.
El profesor Ferrer estaba al otro extremo del lugar, completamente solo. Leía un artículo mientras bebía café, ajeno al ruido que lo rodeaba. Durante unos segundos me limité a observarlo.
Nada más.
No iba a acercarme.
No iba a interrumpirlo.
Solo...
Resultaba agradable verlo.
Bajé la mirada hacia mi vaso.
No.
Debía irme.
Me levanté de la silla y, justo cuando di el primer paso, una chica se acercó a su mesa.
Era rubia, aproximadamente de mi edad. Llevaba una carpeta entre las manos y parecía bastante nerviosa.
El profesor dejó el artículo a un lado y le sonrió con la misma paciencia con la que respondía nuestras preguntas en clase. Ella comenzó a hablar y él la escuchó atentamente. Después tomó un bolígrafo y empezó a explicarle algo sobre los apuntes que llevaba.
No estaba ocurriendo absolutamente nada fuera de lo normal.
Era un profesor ayudando a una estudiante.
Entonces...
¿Por qué sentía aquella incomodidad?
¿Por qué me molestaba verla sentada frente a él?
¿Por qué deseaba que aquella conversación terminara cuanto antes?
Bajé la mirada, avergonzada.
No tenía derecho a sentir eso.
Ninguno.
Y, sin embargo...
Ahí estaba.
Clavado en mi pecho.
Como una espina.
—¿Julieta?
Levanté la cabeza sobresaltada.
Era Samuel, un compañero de otro grupo.
—¿Puedo sentarme?
Miré la silla frente a mí y asentí.
—Claro.
Samuel dejó la bandeja sobre la mesa antes de sonreír.
—Quería preguntarte algo.
—Dime.
—El profesor Ferrer dijo que tú entiendes muy bien el último tema. ¿Podrías explicármelo después de clases?
Sentí que el corazón daba un vuelco.
—¿Él dijo eso?
Samuel asintió.
—Sí. Me comentó que eres muy buena observando detalles y que quizá podrías ayudarme.
Un calor extraño me recorrió el cuerpo.
Había hablado de mí.
No sabía cuándo.
Ni por qué.
Pero lo había hecho.
Intenté esconder la sonrisa.
—Sí... claro.
Te ayudo.
Samuel siguió hablando.
Yo apenas escuchaba.
Mi atención volvió, inevitablemente, hacia la otra mesa.
La chica ya se estaba despidiendo. El profesor le estrechó la mano, ella sonrió agradecida y se marchó.
Respiré sin darme cuenta de que había estado conteniendo el aire.
Aquella tarde regresé a casa con una sensación incómoda.
Abrí el cuaderno y releí la última frase que había escrito la noche anterior.
"Solo consiguió que quisiera conocer el resto de su mundo."
Tomé el bolígrafo y escribí debajo:
"Hoy me molestó ver a otra estudiante sentada frente a él."
Me quedé observando aquellas palabras durante varios minutos.
Después añadí una segunda línea.
"No ocurrió nada entre ellos."
Volví a detenerme.
Y escribí una tercera.
"El problema nunca fue ella."
Apreté el bolígrafo con tanta fuerza que la tinta dejó una pequeña mancha sobre el papel.
Respiré hondo.
Muy hondo.
Porque, por primera vez...
Ya no podía seguir culpando a las coincidencias.
Ni a los libros.
Ni a las frases.
Ni a la mujer del coche negro.
El problema...
Empezaba a ser yo.