Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 1 - Una promesa nacida del dolor
El sonido de la lluvia golpeando el parabrisas era lo único que Miranda recordaría con claridad durante el resto de su vida.
Tenía apenas seis años y viajaba en el asiento trasero del viejo automóvil de sus padres, abrazando un pequeño oso de peluche al que le faltaba un ojo. Su madre volteaba de vez en cuando para sonreírle, mientras su padre luchaba por mantener el vehículo estable sobre la carretera mojada.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Un camión perdió el control al tomar una curva. El estruendo del impacto sacudió el automóvil, que dio varias vueltas antes de detenerse contra un árbol.
El mundo quedó en silencio.
Miranda abrió lentamente los ojos. Tenía algunos rasguños, pero estaba consciente.
—¿Mamá...? —susurró con la voz temblorosa.
No obtuvo respuesta.
Su madre respiraba con dificultad, atrapada entre el asiento y el tablero. Su padre apenas podía mantenerse despierto, con la sangre cubriéndole el rostro.
Las sirenas no tardaron en llegar.
Los tres fueron trasladados de urgencia al hospital más cercano.
Miranda caminaba descalza por el pasillo, sujetando la mano de una enfermera mientras observaba a los médicos correr de un lado a otro.
Fue entonces cuando escuchó aquella conversación.
—Necesitan cirugía inmediata.
—¿Tienen seguro médico?
Un hombre revisó unos documentos.
—No.
—¿Pueden hacer el depósito inicial?
Silencio.
—La familia no tiene recursos.
Los médicos intercambiaron miradas incómodas.
Uno de ellos bajó la cabeza.
—Haremos lo que esté a nuestro alcance...
Pero no fue suficiente.
Desde el otro extremo del pasillo, Miranda vio cómo dejaban de correr.
Cómo las máquinas dejaban de sonar.
Cómo cubrían primero el cuerpo de su padre.
Y después el de su madre.
Una trabajadora social se acercó lentamente.
—Lo siento mucho, pequeña...
Miranda no lloró.
No porque no le doliera.
Sino porque, sin entender del todo lo que ocurría, ya había comprendido una cosa.
Sus padres no habían muerto solo por el accidente.
Habían muerto por falta de recursos.
......................
Días después, nadie reclamó a la niña.
No había abuelos.
No había tíos.
No existía ningún familiar dispuesto a hacerse cargo de ella.
Así llegó al Orfanato Santa Esperanza.
Le entregaron una cama sencilla, un uniforme usado y una caja para guardar sus pocas pertenencias.
Aquella noche observó el techo durante horas.
No rezó.
No preguntó por qué.
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Mientras otros niños jugaban en el patio, Miranda pasaba horas en la biblioteca.
Descubrió que los libros podían abrir puertas.
Que las mejores calificaciones atraían becas.
Y que las becas eran el único camino para escapar.
Cada examen era una batalla.
Cada reconocimiento, un paso más lejos del orfanato.
Los profesores comenzaron a hablar de aquella niña excepcional.
Siempre obtenía la nota más alta.
Siempre terminaba primero.
Nunca se rendía.
A los catorce años consiguió una beca completa para ingresar en un prestigioso internado de élite.
Por primera vez conviviría con hijos de empresarios, políticos y familias millonarias.
El cambio fue brutal.
Las habitaciones parecían hoteles.
Los estudiantes llegaban en vehículos de lujo.
Las vacaciones se contaban en viajes alrededor del mundo.
Miranda solo llevaba una maleta prestada.
Los primeros meses fue objeto de burlas.
Su ropa era sencilla.
No pertenecía a ninguna familia importante.
No tenía apellido reconocido.
Pero muy pronto las burlas desaparecieron.
Su inteligencia era imposible de ignorar.
Y con el tiempo ocurrió algo más.
La niña del orfanato se convirtió en una joven extraordinariamente hermosa.
Cabello oscuro y brillante.
Ojos profundos.
Una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera.
Los chicos comenzaron a competir por invitarla a salir.
Ella aceptaba algunas invitaciones.
Un café.
Una cena.
Una tarde de estudio.
Permitía que le tomaran la mano.
En ocasiones, algún beso tímido.
Nada más.
Nunca permitía que nadie cruzara el límite que ella misma había impuesto.
Aprendió a escuchar.
A sonreír en el momento adecuado.
A decir exactamente lo que los demás querían oír.
Y, sin que ellos lo notaran, conseguía lo que necesitaba.
Libros.
Materiales.
Recomendaciones.
Contactos.
Apoyo económico disfrazado de regalos.
Todos creían que estaban conquistándola.
La realidad era otra.
Era Miranda quien llevaba el control.
Sin romper promesas.
Sin vender su dignidad.
Sin entregar aquello que consideraba el mayor valor que poseía.
Su cuerpo.
......................
Los años dieron fruto.
Al graduarse del internado, recibió la noticia que había perseguido desde niña.
Había obtenido una beca completa para estudiar Administración y Finanzas en la universidad más prestigiosa del país.
La beca incluía matrícula, alojamiento, alimentación y todos los gastos académicos.
Mientras firmaba los documentos de admisión, recordó el pasillo del hospital.
Recordó los cuerpos cubiertos por sábanas blancas.
Y se prometió.
—Al precio que sea me convertiré en una mujer poderosa cueste lo que cueste nunca volverá a faltarme recursos.
Jamás.
Sin importar el precio que tuviera que pagar para lograrlo.
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Los años pasaron exactamente como Miranda los había planeado.
Nunca desperdició una oportunidad.
Nunca bajó el ritmo.
Y jamás permitió que los sentimientos interfirieran con sus metas.
Se graduó con honores ocupando el primer lugar de su promoción. Los profesores hablaban de ella como una futura ejecutiva brillante, mientras las empresas competían por ofrecerle un puesto.
Gracias a una recomendación de la universidad, consiguió realizar sus prácticas profesionales en una importante empresa financiera perteneciente a la familia de uno de sus compañeros de clases.
Adrián Cifuentes.
Heredero de una fortuna considerable, educado, atractivo y acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
O casi todo.
Desde el primer semestre había mostrado interés por Miranda.
Al principio fueron pequeños detalles: ayudarla a sentarse, invitarla a estudiar juntos, sorprenderla con un café antes de clases.
Después llegaron las flores.
—Déjame llevarte a cenar.
—No puedo.
—Entonces acompáñame este fin de semana.
—Tengo otros planes.
—¿Por qué no me das una oportunidad?
Miranda siempre respondía con una sonrisa amable.
Nunca le daba esperanzas.
Pero tampoco rompía el vínculo por completo.
Había aprendido que cerrar puertas era un lujo que no podía permitirse.
Sin embargo, después de varias semanas trabajando juntos, la insistencia de Adrián comenzó a cansarla.
Cada mañana encontraba un nuevo motivo para invitarla a salir.
Cada almuerzo terminaba con la misma pregunta.
—¿Quieres ser mi novia?
Y cada respuesta era idéntica.
—No.
Aquella tarde, al verla salir de una reunión, volvió a interceptarla.
—Miranda, ¿qué es lo que buscas? ¿Qué tengo que hacer para que aceptes salir conmigo?
Ella respiró hondo, ocultando el fastidio.
—Nada.
—¿Nada?
—Simplemente no estoy interesada.
—¿Ni siquiera en darme una oportunidad?
—No.
Miranda siguió caminando mientras él permanecía inmóvil en el pasillo.
Últimamente evitaba incluso cruzárselo.
No porque fuera una mala persona.
Sino porque representaba una distracción.
Y las distracciones nunca habían formado parte de sus planes.
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓