Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 18 – La canción de cuna
El salón quedó envuelto en un silencio absoluto.
Las lágrimas corrían lentamente por el rostro de Valeria.
No entendía por qué.
Solo sabía que aquella pregunta había despertado algo que llevaba muchos años dormido.
Adrián dio un paso hacia ella.
Sin pensarlo demasiado, tomó su mano.
Esta vez, Valeria no la retiró.
Permaneció allí, aferrándose a ella como si necesitara un punto de apoyo para no caer.
Gabriel la observó con tristeza.
—Lo recordaste... ¿verdad?
Valeria respiró profundamente.
—No fue un recuerdo completo... solo fragmentos.
Vi un jardín... muchas rosas blancas... una mujer cantándome... y el perfume del jazmín.
Gabriel cerró los ojos por un instante.
—Entonces el bloqueo está empezando a romperse.
Víctor observaba la escena sin intervenir.
Su expresión era difícil de descifrar.
Había culpa.
Pero también alivio.
Gabriel tomó la antigua caja de música y la colocó sobre la mesa.
La madera estaba desgastada por el paso de los años.
En la tapa había una delicada rosa tallada a mano.
La misma rosa que aparecía en la llave, en el medallón y en las cartas de Esperanza.
—Esta caja pertenecía a tu madre.
Valeria sintió que el corazón se detenía.
—¿Mi madre...?
Gabriel asintió.
—Ella nunca se separaba de esta caja.
Decía que la melodía tenía el poder de guiarte si algún día se perdían.
Con mucho cuidado le dio cuerda.
La habitación volvió a llenarse con aquella melodía suave.
Valeria cerró los ojos.
Esta vez los recuerdos fueron más intensos.
Una mujer joven la sostenía entre sus brazos.
Cantaba la misma canción mientras la hacía dormir.
Un hombre reía a pocos metros.
Había flores.
Luz.
Paz.
Y, de repente...
Gritos.
Cristales rompiéndose.
Una puerta que se cerraba de golpe.
Alguien corriendo con una niña en brazos.
Valeria abrió los ojos sobresaltada.
Respiraba con dificultad.
Adrián sostuvo suavemente sus hombros.
—Tranquila...
Ella lo miró.
—Alguien me sacó de esa casa.
Gabriel bajó la cabeza.
—Sí.
Todos permanecieron en silencio.
Nadie quería interrumpir aquel momento.
Valeria respiró varias veces hasta recuperar la calma.
—¿Quién me llevó?
Gabriel dudó.
Era evidente que estaba luchando consigo mismo.
—Todavía no puedo decir ese nombre.
Adrián dio un paso al frente.
—¿Otra vez lo mismo?
Gabriel levantó la vista.
—No es por falta de confianza.
Es porque si esa persona descubre que Valeria recuperó los recuerdos...
Volverá por ella.
Aquellas palabras helaron el ambiente.
Víctor habló por primera vez desde que comenzó la conversación.
—¿Creés que sigue vivo?
Gabriel respondió sin vacilar.
—Estoy completamente seguro.
Y no está actuando solo.
En ese instante, Ernesto entró apresuradamente al salón.
—Señor Adrián.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos algo detrás del antiguo reloj del despacho.
Todos se miraron.
El reloj.
Las 8:17.
Otra vez.
Subieron inmediatamente.
Al llegar al despacho, el viejo reloj había quedado separado unos centímetros de la pared.
Detrás aparecía un pequeño compartimiento oculto.
Dentro descansaba una llave dorada y un sobre sellado con cera roja.
A diferencia de los anteriores, este llevaba un nombre escrito con una elegante caligrafía.
"Para Valeria... cuando recuerde la canción."
Valeria sintió un escalofrío.
Aquella carta había estado esperándola durante años.
Y alguien sabía exactamente cuándo debía encontrarla.
Adrián tomó el sobre y lo sostuvo entre sus manos.
Después levantó la vista y sonrió levemente.
—Creo que llegó el momento de conocer una parte de la verdad.
El despacho quedó completamente en silencio.
Nadie apartaba la vista del sobre.
Las palabras escritas en el frente parecían desafiar el paso del tiempo.
"Para Valeria... cuando recuerde la canción."
Ella respiró profundamente.
Sus manos temblaban.
Durante años había buscado respuestas sin siquiera saberlo.
Y ahora una carta escrita mucho antes parecía haber esperado exactamente ese momento.
Adrián sostuvo el sobre unos segundos más.
Después se lo entregó.
—Esta vez tenés que abrirla vos.
Valeria levantó la vista.
Sus ojos se encontraron por un instante.
Ya no veía en Adrián al hombre frío que había conocido el día de su compromiso.
Veía a alguien que caminaba a su lado en medio del mismo misterio.
Con mucho cuidado rompió el antiguo sello de cera.
Dentro había varias hojas dobladas y una pequeña llave de plata.
La llave tenía grabada una luna creciente.
Era diferente a todas las que habían encontrado.
Gabriel dio un paso adelante apenas la vio.
—Esa llave...
Pensé que había desaparecido para siempre.
Valeria comenzó a leer la carta.
La letra era delicada.
La misma del diario de Esperanza.
*"Mi pequeña Valeria:
Si estas palabras llegaron a tus manos, significa que lograste recordar nuestra canción. Eso quiere decir que tu corazón encontró el camino antes que tu memoria."*
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Continuó leyendo.
"No importa lo que te hayan contado. Nunca fuiste abandonada. Cada decisión que tomamos fue para salvarte. Algún día comprenderás por qué tuvimos que alejarnos de vos."
Adrián observó cómo la emoción invadía el rostro de Valeria.
Sin decir nada, colocó una mano sobre la de ella.
Era un gesto sencillo.
Pero le dio la fuerza suficiente para seguir.
"No busques venganza. Buscá la verdad. La venganza destruyó familias enteras. La verdad puede volver a unirlas."
La carta terminaba con una frase que dejó a todos en silencio.
"Cuando encuentres la sala del reloj, comprenderás quién era realmente tu enemigo."
—La sala del reloj... —repitió Valeria.
Gabriel asintió lentamente.
—Escuché ese nombre hace muchos años.
Nunca supe dónde estaba.
Víctor permanecía inmóvil.
De pronto levantó la cabeza.
—Yo sí.
Todos giraron hacia él.
—¿La conocés? —preguntó Adrián.
Víctor respiró hondo.
—Mi abuelo hablaba de una habitación construida debajo de la mansión. Decía que allí se guardaban los documentos más importantes de las dos familias.
—¿Y por qué nadie la buscó? —preguntó Valeria.
—Porque todos creyeron que era solo una leyenda.
Gabriel negó lentamente.
—No era una leyenda.
Mientras conversaban, Ernesto entró nuevamente al despacho.
—Perdón por interrumpir.
Pero acaban de encontrar algo junto al viejo reloj.
Todos se acercaron.
Uno de los guardias sostenía un pequeño mecanismo metálico.
Parecía formar parte del reloj.
En el centro había una ranura con forma de luna creciente.
Gabriel observó inmediatamente la llave de plata.
—Es para esa cerradura.
Valeria introdujo la llave con cuidado.
Giró una vez.
Se escuchó un fuerte sonido de engranajes ocultos.
El viejo reloj comenzó a moverse por primera vez en más de veinte años.
Las agujas giraron lentamente hacia atrás.
8:30...
8:25...
8:20...
Hasta detenerse nuevamente en las 8:17.
Un estruendo recorrió toda la mansión.
El suelo vibró bajo sus pies.
La enorme biblioteca del despacho comenzó a desplazarse lentamente hacia un costado.
Detrás apareció una escalera de piedra iluminada por antiguas lámparas.
Un aire frío ascendió desde las profundidades.
Todos quedaron inmóviles.
Adrián tomó una linterna.
Miró a Valeria.
—¿Lista?
Ella respiró hondo.
Miró la carta una vez más y la guardó junto a su corazón.
—Más que nunca.
Justo cuando estaban por bajar el primer escalón, una voz desconocida resonó desde la oscuridad.
—Si realmente quieren conocer la verdad...
Será mejor que estén preparados para perder todo lo que creen saber.
La luz de una linterna se encendió al fondo del pasadizo.
Pero la persona que la sostenía seguía completamente oculta entre las sombras.