Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 14: La primera vez que lo dijo todo
Pasaron unos meses más y Luca empezó a decir sus primeras palabras. Al principio eran sonidos suaves, mezclas de sílabas que no significaban nada más que alegría para ellos. Pero una mañana, mientras Mateo le daba el desayuno, el niño lo miró fijamente, señaló con su dedito y dijo claro: —Papá.
Mateo se quedó con la cuchara en el aire, sin poder moverse. Lucas entró en ese momento, y al escucharlo se detuvo en la puerta, conteniendo el aliento. Luca giró la cabeza hacia él, sonrió y repitió: —Papá.
Fue la primera vez que llamó a los dos así, sin dudas, sin diferencias. Ese día no hicieron nada más importante: se quedaron en casa, abrazándolo, escuchándolo decir esa palabra una y otra vez, como si fuera el regalo más grande del mundo.
Pero no todo fue tan fácil fuera de casa. Unos días después, fueron al parque y se encontraron con una maestra de la guardería y otras madres que estaban con sus hijos. Cuando Luca corrió hacia ellos gritando “papá, papá”, una mujer preguntó con curiosidad:
—¿Y cuál es el papá de verdad? ¿O cuál es el que lo adoptó?
Mateo se agachó para quedar a la altura de Luca, le acarició la cabeza y luego miró a la mujer con tranquilidad:
—Los dos somos sus papás de verdad. Yo lo llevé en mi vientre, él me acompañó en cada paso, y los dos lo amamos desde antes de que naciera. No hay uno más verdadero que el otro: somos su familia, tal cual somos.
La mujer se quedó sorprendida, pero asintió y no preguntó más. Lo que más le importó a Mateo fue que Luca lo miró como si entendiera todo, y luego abrazó sus piernas, seguro y tranquilo.
Esa tarde, cuando volvieron a casa, se sentaron los tres en el sofá. Lucas puso a Luca entre los dos y le dijo muy despacio:
—Siempre puedes decir lo que sientes, mi amor. Siempre puedes decir quiénes somos. No tienes que ocultar nada, ni explicar nada a nadie que no quiera escucharte.
Pero la prueba más grande llegó unas semanas después. Luca fue invitado a su primer cumpleaños de un compañerito, y cuando llegaron, muchos padres los miraban con desconfianza. En un momento, el niño que cumplía años le preguntó a Luca delante de todos:
—¿Por qué tienes dos papás? ¿No tienes mamá?
Todos se quedaron callados, esperando la respuesta. Mateo y Lucas se miraron, listos para intervenir si él se ponía nervioso, pero Luca no se asustó. Levantó la cabeza y dijo con su vocecita clara y firme:
—Tengo dos papás. Me quieren mucho, me cuidan mucho, y son los mejores del mundo. No necesito nada más.
Los ojos de Mateo se llenaron de lágrimas. Ese niño tan pequeño ya había aprendido lo que les había costado tanto tiempo entender: que su familia era perfecta tal como era, sin necesidad de parecerse a ninguna otra. Cuando volvieron a casa esa noche, Mateo lo abrazó tan fuerte que casi lo aplasta.
—Lo dijiste perfecto —le dijo—. Eres muy valiente.
Lucas se acercó y los besó a los dos.
—Lo aprendió de los dos —dijo—. Aprendió a quererse tal como es, y a querernos tal como somos. Eso es lo mejor que podemos dejarle.
Esa noche, mientras Luca dormía, se quedaron mirándolo en su cama. Habían pasado por tantas cosas, tantos miedos y dudas, y ahora veían el fruto de todo su amor: un niño feliz, seguro, que sabía quién era y de dónde venía.
—Lo hicimos juntos —susurró Mateo—. Todo esto, solo nosotros dos.