En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 19: Recuerdos perdidos.
El regreso a la habitación se hizo en silencio, cargado todavía por la sensación helada de lo que había ocurrido en la playa. Lyssa se sentó en el borde de la cama, abrazándose a sí misma, mientras Christhian cerraba la puerta con cuidado, como si al hacerlo pudiera mantener fuera no solo el viento y la oscuridad, sino también los ecos de la voz que casi se la había llevado.
Ella tenía la mente llena de imágenes confusas: la dulzura engañosa de ese canto, la promesa de encontrar a su madre, la paz falsa que había sentido al acercarse al agua… y luego, la fuerza de Christhian tirando de ella, la realidad volviendo de golpe. Pero entre esas imágenes, algo más empezaba a moverse. Algo antiguo, guardado muy en el fondo, cubierto por años de olvido, que ahora, al haber oído esa voz tan parecida a la de su madre, empezaba a despertar.
Lyssa se llevó una mano a la frente, apretando con fuerza, como si así pudiera ordenar lo que pasaba dentro de su cabeza.
—Christhian… —murmuró, con la voz lejana—. Hay algo más. Algo que… que siempre estuvo ahí, pero que yo no podía ver.
Él se acercó rápidamente, se arrodilló frente a ella y le tomó las manos entre las suyas, mirándola con atención y preocupación.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Oyes otra vez su voz?
Ella negó con la cabeza, frunciendo el ceño, intentando agarrar esos hilos sueltos que flotaban en su memoria.
—No… es otra cosa. Cuando ella hablaba… cuando usaba su voz… —se detuvo, tragando saliva—. Me hizo recordar cosas. Cosas de cuando era pequeña. Cosas que había olvidado por completo.
Cerró los ojos, y poco a poco, la habitación oscura y segura se desvaneció, dando paso a escenas que no veía desde hacía muchos años. Vio una casa grande, llena de libros y de silencio. Se vio a sí misma, niña, pequeña, corriendo por los pasillos. Y vio a su madre. Siempre a su madre.
—Mi madre… —empezó a contar, hablando casi en un susurro, como si estuviera soñando despierta—. Ella siempre estaba ausente. Recuerdo que pasaba horas mirando el mar, incluso cuando vivíamos lejos de aquí. A veces, por las noches, desaparecía. Yo me despertaba y no estaba. Y cuando volvía… olía a sal. Y tenía el pelo húmedo, aunque no hubiera llovido.
Abrió los ojos un instante, mirando a Christhian con una mezcla de asombro y miedo.
—Yo pensaba que salía a caminar, que le gustaba la soledad. Pero ahora… ahora recuerdo cosas que decía. Frases que no entendía. Me decía: «El mar llama, hija mía. Llama a los que llevan su sangre. Llama a los que le deben algo».
Volvió a cerrar los ojos, y los recuerdos vinieron más claros, más vívidos, como si alguien le estuviera pasando películas antiguas en la mente.
—Una vez… debía tener unos seis o siete años. La vi hablando con alguien en el jardín, cerca del acantilado. Era de noche. Yo me acerqué despacio, porque pensé que hablaba conmigo. Pero no. Hablaba con el agua. O más bien… con lo que había en ella.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al recordar la imagen exacta: la silueta de su madre de pie, erguida, hermosa, y brillando en la oscuridad, saliendo del mar, una figura pálida y larga que flotaba sobre las olas.
—Estaba ahí —susurró Lyssa—. Serena estaba ahí. La vi. Era más joven, más brillante, pero era ella. Hablaban. Y no como enemigas… hablaban como viejas amigas. O como dos personas que se conocían demasiado bien, que compartían secretos que nadie más podía entender.
Christhian apretó sus manos, escuchando con el corazón encogido, comprendiendo hacia dónde iban esos recuerdos.
—¿Qué decían? —preguntó en voz baja.
—No oí todo. Me escondí detrás de unos arbustos, tenía miedo de que me regañaran por estar despierta. Pero oí el nombre. Oí a mi madre decir: «Tarde o temprano ella vendrá, Serena. Lleva nuestra sangre. Lleva la marca escrita en sus genes. Y entonces todo volverá a empezar». Y Serena le contestó… con esa voz dulce y peligrosa: «La espero desde hace siglos. Cuando llegue, cerraremos el círculo. Y tú volverás a ser mía, igual que lo eres ahora».
Lyssa abrió los ojos de golpe, llenos de lágrimas y horror.
—Yo nunca entendí esas palabras. Nunca entendí por qué mi madre me enseñaba cosas sobre el mar, sobre criaturas antiguas, sobre magia… diciendo que eran solo cuentos, pero mirándome con tanta seriedad. Yo pensaba que ella venía aquí solo para investigar, para saber de dónde venía nuestra familia. Pero no… ella ya lo sabía. Ella ya la conocía.
Se llevó las manos a la cabeza, confundida y dolida.
—Mi madre no vino a buscar respuestas, Christhian. Ella ya sabía la verdad. Vino porque estaba citada. Vino porque la estaban llamando, igual que me han llamado a mí hoy. Y lo peor de todo… —la voz se le quebró—. Lo peor es que parece que ella no era una prisionera como tú. Parece que ella… que ella era parte de todo esto desde el principio. Que tenía un pacto. O una deuda. O algo mucho peor.
Christhian se puso de pie y la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza, dejando que ella apoyara la cabeza en su pecho, dejando que su calor la calmara mientras esas verdades dolorosas salían a la luz.
—El libro de Marina decía que la condena pasa de generación en generación —le recordó él con suavidad—. Que cada mujer de tu familia tiene un papel en esto. Marina creó el vínculo, pero también creó la forma de romperlo. Quizás tu madre… quizás ella intentó algo. Quizás ella creía que podía negociar. O quizás, como tú, quería salvar a la que vino antes que ella.
Lyssa se aferró a él, buscando consuelo en su cuerpo, en su presencia real y sólida, tan distinta a las sombras y recuerdos que la atormentaban.
—Recuerdo otra cosa —dijo ella, con la voz ahogada contra su camisa—. La última noche antes de que ella desapareciera. Me sentó en su regazo, me acarició el pelo y me dijo: «Si algún día el mar te llama con mi voz, no vayas. Si te promete todo lo que deseas, no le creas. Porque yo tuve que irme, hija mía. Tuve que pagar lo que debía. Pero tú… tú tienes que ser más fuerte que yo. Tienes que romper lo que yo no pude romper».
Levantó la cara para mirarlo, con los ojos llenos de comprensión y una determinación nueva, nacida de saber que no era solo su lucha, sino la lucha de todas las mujeres de su familia que habían venido antes.
—Ella sabía. Ella sabía que se iba a ir. Sabía que la llevarían. Y me dejó a mí como la última oportunidad. No solo para salvarla a ella, Christhian. Sino para salvar a todas las que vengan después. Para romper una cadena que ha estado unida a mi familia desde hace siglos.
Christhian le acarició la cara, limpiando las huellas de las lágrimas, mirándola con orgullo y amor, viendo cómo el dolor de esos recuerdos no la estaba rompiendo, sino haciéndola más fuerte.
—Y lo harás —le aseguró él con firmeza—. Lo harás porque ella te enseñó lo más importante: te enseñó a desconfiar de lo que parece hermoso, te enseñó a buscar la verdad, te enseñó a ser fuerte. Ella no era prisionera por miedo, Lyssa. Ella estaba allí porque tenía un deber, porque esperaba que tú llegaras para terminar lo que empezaron hace mucho tiempo.
Lyssa asintió lentamente, cerrando los recuerdos, guardándolos ya no como miedos o confusiones, sino como armas, como piezas del rompecabezas que por fin estaba completo.
—Serena pensó que al usar su voz me atraparía —dijo ella con frialdad, mirando hacia la ventana oscura—. Pensó que al recordarme a mi madre me haría débil. Pero lo que hizo fue devolverme la memoria. Me dio las piezas que me faltaban para entenderlo todo. Mi madre estuvo relacionada con ella, sí. Pero no como suya… sino como su igual. Y ahora, yo soy la siguiente. Y no voy a obedecer. No voy a irme con ella. Voy a hacer lo que ella no pudo: romper todo lo que une a mi familia con esa criatura. Y te voy a salvar a ti, y nos vamos a ir de aquí libres de verdad.
Fuera, el mar rugía, pero ya no parecía un llamado dulce. Ahora sonaba como el rugido de una bestia que ve cómo su presa, que creía tener segura, se ha convertido en la cazadora. Lyssa ya no tenía miedo de los recuerdos perdidos, porque ahora entendía: todo lo que había vivido, todo lo que había olvidado, todo lo que su madre le dijo… era solo el entrenamiento para el momento definitivo. Y ese momento estaba cada vez más cerca.