Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 6
Capítulo 6
El dragón con corbata
La demostración terminó con Yael dormido sobre el pecho de León y con una decisión firme, tomada a las siete con treinta y seis de la mañana:
Iba a divorciarse de la alarma.
No de León. De la alarma.
El celular vibraba sobre la mesita con una melodía suave que, según León, era "menos agresiva para despertar". Mentira. Todo lo que sonaba antes de las ocho era una agresión.
Yael sacó una mano de debajo de la cobija y tanteó a ciegas.
La alarma se apagó antes de que la encontrara.
—Cinco minutos —murmuró.
—Ya dijiste eso dos veces.
La voz de León sonó sobre su cabeza, baja y despierta. Demasiado despierta para alguien que también había dormido poco.
Yael abrió un ojo. León estaba sentado contra la cabecera, leyendo correos en la tablet, con una camiseta negra y el cabello todavía algo desordenado. Una mano descansaba en la cintura de Yael, pesada y caliente.
—No uses mis palabras en mi contra —dijo Yael.
—Son tus palabras. Tienen que servir para algo.
Yael intentó incorporarse. Su cuerpo protestó con una honestidad ofensiva.
Se quedó quieto.
León dejó la tablet a un lado de inmediato.
—¿Te duele?
—Me duele tu ego.
—Yael.
—Estoy bien —dijo, aunque su voz salió menos convincente de lo planeado.
León apartó la cobija lo justo para revisar que no hubiera marcas visibles en el cuello o en las muñecas. No había nada que UniValle pudiera usar como chisme, pero sus dedos fueron cuidadosos de todos modos. Esa era la parte que desarmaba a Yael: León podía ponerse posesivo hasta quitarle el aire y, al minuto siguiente, tocarlo como si fuera de vidrio.
—Hoy no cargues la mochila pesada —ordenó.
—¿Y mis materiales van a flotar por amor conyugal?
—Simón puede llevarte hasta el taller.
—Eso es demasiado. La gente va a pensar que soy heredero de una monarquía rara.
León lo miró.
Yael corrigió:
—Más rara.
León le pasó una mano por el cabello plateado, acomodándole un mechón detrás de la oreja.
—Si te cansas, me llamas.
—Tengo clase, no una expedición al Everest.
—Me llamas.
Yael suspiró, pero se inclinó y le dio un beso corto en la mandíbula.
—Sí, amor.
León lo dejó ir solo después de asegurarse de que desayunara, tomara agua, cargara el celular al cien por ciento y aceptara una mochila más ligera. Yael salió de la casa con la sensación de haber sido empaquetado para envío delicado.
En UniValle, la realidad lo recibió con olor a café, pinturas y estudiantes que no sabían que él acababa de sobrevivir a un esposo celoso.
Félix lo estaba esperando en el patio de artes con una libreta contra el pecho y cara de culpable tranquila.
—Necesito tu opinión profesional —dijo.
—Si es otra criatura con contabilidad, sí.
—Peor.
Félix abrió la libreta.
En la página había un chico de cabello claro, sentado sobre una torre de libros, mirando de reojo a un dragón enorme que llevaba corbata y tenía cara de controlar imperios financieros. El dragón sostenía una lonchera entre las garras.
Yael se quedó mirando.
—No.
—Ni siquiera he preguntado.
—No.
Félix señaló el dibujo con el lápiz.
—Se llama "El dragón que no dejaba saltarse el almuerzo".
Yael le arrebató la libreta.
—Esto es difamación ilustrada.
—Es inspiración.
—Es una demanda.
Félix parpadeó despacio.
—¿El dragón tiene abogados?
—El dragón tiene demasiados abogados.
Una carcajada estalló detrás de ellos. Luca apareció con dos vasos de café y una sonrisa de persona que acababa de encontrar entretenimiento gratuito.
—Por favor dime que el dragón tiene hermano guapo, dramático y mal pagado por la vida.
Félix tomó la libreta de vuelta.
—Podría tenerlo.
—Exijo derechos de imagen.
Yael le quitó un café a Luca.
—Tú no tienes imagen, tienes deuda moral por llegar tarde a todas partes.
—Llegué temprano hoy.
—Porque traes chisme.
Luca sonrió más.
—Mi hermano preguntó si caminabas normal.
Yael se atragantó con el café.
Félix levantó la vista lentamente.
—¿Por qué no caminaría normal?
—Porque cargó muchos materiales ayer —dijo Yael demasiado rápido.
Luca asintió con solemnidad falsa.
—Materiales. Muy pesados. Terribles para la cadera.
Yael le dio una patada en el tobillo.
—¡Ay! Violencia entre artistas.
—Tú estudias sistemas.
—Pero sufro con estética.
Quique llegó justo a tiempo para ver a Yael con la cara roja, a Luca riéndose y a Félix dibujando algo con demasiado interés.
—¿Qué pasó?
—Nada —dijeron Yael y Luca al mismo tiempo.
Quique los miró a ambos.
—Odio cuando hacen eso.
—Estamos revisando el manga de Félix —dijo Yael, recuperando la única explicación segura.
Félix, que no tenía instinto de supervivencia, giró la libreta hacia Quique.
—Necesito saber si el dragón se ve demasiado posesivo.
Quique observó la página. Frunció el ceño.
—Se ve como tipo que revisa si comiste.
Yael cerró los ojos.
Luca se llevó el puño a la boca para no reírse.
—Exacto —dijo Félix, satisfecho.
—No lo subas a ningún lado —ordenó Yael.
Félix lo miró con una calma alarmante.
—El taller pidió una publicación para la cuenta de la facultad.
—Sube un paisaje.
—No dibujo paisajes. Los árboles no tienen conflicto interno.
—Dibuja un árbol con deuda fiscal.
—Ya hice eso el semestre pasado.
Quique tomó la libreta y volvió a mirar al dragón con más atención.
—Si lo subes, la gente va a preguntar de quién te burlas.
—Es ficción —dijo Félix.
Luca se inclinó hacia Yael y susurró:
—Tu ficción está sudando.
—Ese personaje me cae mal —decidió Quique.
—Ni lo conoces.
—No necesito. Tiene cara de mandar mensajes cada cinco minutos.
El celular de Yael vibró.
Los cuatro bajaron la mirada.
Mi amor ❤️: "¿Llegaste bien?"
El silencio duró demasiado.
Yael bloqueó la pantalla.
—Es spam.
—El spam te quiere mucho —dijo Félix.
—El spam pregunta si caminó normal —añadió Luca.
Quique giró hacia Luca.
—¿Cómo sabes eso?
Luca dejó de reírse.
—Intuición.
—Ajá.
Por primera vez desde que el secreto empezó a tambalearse, Quique miró a Luca no como compañero de desastre, sino como pieza del misterio.
Yael sintió el anillo frío bajo la camiseta.
Félix, ajeno o fingiendo estarlo, dibujó un corazón pequeño sobre la lonchera del dragón.
—Creo que ya tengo título para el capítulo —dijo.
—No —insistió Yael.
Félix levantó la libreta con calma.
—"El dragón casado en secreto".