Julián deja su vida humilde y su familia al reencontrarse con Valeria, su amor millonario de la infancia, que lo manipula para separarlo de Mara y sus hijos Luca y Elena. Tras mudarse a la mansión, los conflictos, los secretos y los acosos en la escuela rompen la armonía. Mara se va con los niños, y Julián queda atrapado entre dos vidas hasta que el dolor de perderlos lo obliga a elegir. Al final, se aleja de Valeria, reconstruye su familia con honestidad, y los hijos también sanan y construyen relaciones sanas y respetuosas.
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— Escuela de élite y cadenas invisibles
Mientras tanto, en la escuela, Luca empezaba a sentirse fuera de lugar. Su ropa era vieja, de telas que ya conocían el uso y el tiempo, sus zapatos gastados en las puntas y con las suelas un poco despegadas que notaba cada vez que caminaba por los pasillos de brillo pulido. Un grupo de chicos lo miraba siempre, cuchicheando entre ellos cuando pasaba, señalando con la mirada su ropa, sus zapatos, su mochila remendada. Y entre ellos, Bruno.
Alto, rubio, con una sonrisa que parecía amable pero tenía filos que cortaban antes de que uno se diera cuenta. Se le acercó un día en el pasillo, cuando Luca estaba solo, caminando con la mochila pegada al cuerpo, con prisa por llegar a la siguiente aula.
—Tú eres el nuevo, ¿no? —le dijo, recargándose en la pared justo frente a él, bloqueándole el paso con los hombros abiertos y una postura que no dejaba espacio para pasar—. Ojos bonitos tienes.
—Luca, tratando de esquivarlo, mirando hacia el suelo para no encontrarse con esa mirada que lo recorría de arriba abajo.
—No tan rápido —Bruno lo tomó del brazo, con una presión que dolía, que dejaba marca en la piel bajo la tela de la camisa—. Creo que vamos a llevarnos bien. Tú vas a hacer lo que yo diga. ¿Entendido?
—No sé de qué hablas —Luca se puso tenso, sintiendo cómo el corazón se le aceleraba golpeándole las costillas.
—Ya lo sabrás —susurró Bruno al oído, con la voz baja y cálida que le dio escalofríos, soltándolo con una sonrisa burlona que no llegó a sus ojos—. Nos vemos luego, muñeco.
Elena, por su parte, se cruzó con Junior. Estaba en la parada del autobús, esperando con los libros abrazados contra el pecho, cuando él se detuvo frente a ella, bloqueando la acera con su presencia.
—¿Tú eres la hija de los nuevos? —le preguntó, mirándola de arriba abajo con una sonrisa que no era nada inocente, que la desnudaba con la mirada sin tocarla.
—Sí —respondió ella, bajando la mirada, apretando los libros con más fuerza.
—Bonita —dijo él, acercándose demasiado, hasta que pudo sentir su respiración—. Demasiado bonita para andar sola.
—Déjame —susurró ella, dando un paso atrás, sintiendo el miedo treparle por la garganta.
—No creo —se rio él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo solo para ella—. Creo que nos vamos a divertir mucho tú y yo.
Luca y Elena empezaron en la nueva escuela estresados, sintiendo que cada paso era equivocado. Era un mundo de uniformes impecables planchados hasta el último pliegue, autos deportivos que dejaban a los estudiantes en la puerta, y miradas que juzgaban antes de hablar, antes de conocer, antes de dar la oportunidad de ser quienes eran.
A la semana, Bruno se le acercó a Luca en el baño, esperando a que saliera del cubículo, cuando no había nadie más en el recinto, solo el zumbido de las luces fluorescentes y el silencio que se sentía pesado.
—Veo que te mudaste a la zona rica —le dijo, cerrando la puerta con seguro detrás de él, dejándolos encerrados juntos—. Pero no te confundas. Serás solo mío.
—No soy de nadie —dijo Luca, tratando de salir, buscando la manija con la mano temblorosa—. Déjame pasar.