Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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El Duque Frío salva a la protagonista
El salón de los espejos vivía a medias entre la luz y la sombra. Grandes lunas biseladas cubrían las paredes, multiplicando cada vela, cada sombra, cada latido del silencio. Tony entró con el bastón golpeando despacio el suelo de mármol. No llevaba seda vaporosa ni velo. Llevaba un traje de terciopelo azul oscuro, sobrio, cerrado hasta el cuello, como si fuera a una audiencia, no a un encuentro con el destino.
«Regla 22 de ChicleFM: el puente, el balcón, el pasillo estrecho… siempre ceden justo cuando el héroe llega a tiempo. El rescate perfecto. Tan perfecto que da risa», pensó, acercándose al arco de piedra que conectaba el salón con la torre norte. Allí, Monteverdi la esperaba de pie, inmóvil, envuelto en una capa de terciopelo negro que parecía absorber la luz.
—Antonia —dijo él, y su voz no fue cálida ni hostil. Fue exacta, como quien recita un artículo de ley—. Sabía que vendrías. El destino siempre encuentra la forma de reunirnos.
Tony se detuvo a tres pasos, sin cruzar el arco. El suelo bajo sus pies sonó hueco. Demasiado hueco.
—El destino o la carpintería —respondió ella, mirando las juntas de la piedra—. A veces es difícil distinguirlos.
Monteverdi frunció el ceño levemente.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que este puente está suelto —dijo Tony, señalando la viga principal con el bastón—. Las bisagras de hierro fueron limadas esta misma mañana. Si lo cruzo ahora… caemos los dos al vacío antes de que pueda decir "me opongo a este matrimonio".
Él bajó la mirada hacia el suelo, y por primera vez su compostura se quebró un instante.
—¿Estás segura?
—Lo estoy —Tony dio un paso atrás, sin perderlo de vista—. Y lo que es más curioso: el sabotaje no estaba hecho para matarme. Estaba hecho para que tú me atraparas justo antes de caer. Para que me sostuvieras entre tus brazos, me miraras a los ojos, y el destino "se cumpliera" de la forma más dramática posible. Qué conveniente. Qué… cuidadosamente planeado.
Monteverdi la miró, y en sus ojos no había enfado. Había reconocimiento.
—Crees que yo lo hice —dijo, no como pregunta.
—Creo que alguien lo hizo —respondió ella con calma—. Alguien que conoce la escena de memoria. Alguien que necesita que el guion se cumpla aunque tenga que romper el suelo para lograrlo. Y tú… tú solo eras el actor que tenía que decir sus líneas en el momento justo.
Antes de que él pudiera responder, un crujido seco y estruendoso rasgó el aire. La mitad del puente se desplomó de golpe, piedra y hierro cayendo al vacío con un estruendo que hizo temblar las paredes. Tony ya estaba atrás, segura. Monteverdi, al borde, se quedó inmóvil, mirando el abismo donde segundos antes ella habría caído… y donde él habría debido atraparla.
Se giró hacia ella, pálido, con una expresión que no supo descifrar del todo.
—Te salvaste —dijo, como si no pudiera creerlo—. Sin mí.
—No necesitaba ser salvada —respondió Tony, firme—. Necesitaba no caer en una trampa. Y lo logré.
—Pero el compromiso —insistió él, dando un paso hacia ella, deteniéndose donde terminaba la tierra firme—. El pacto de sangre no se rompe porque el puente se caiga. Está vigente. Está sellado. Lo sabes.
Tony apretó el bastón con fuerza.
—Lo sé —reconoció, baja y clara—. Pero no por eso voy a dejar que me dicten cómo vivirlo. Si debo algo, lo pagaré. Pero no lo pagaré interpretando un papel que alguien más escribió para mí.
Monteverdi la observó largo rato, como si la estuviera leyendo por primera vez.
—Eres diferente a como estaba escrito —dijo, al fin—. Y eso… es más peligroso de lo que imaginas.
Se dio la vuelta y se marchó sin decir nada más. Tony se quedó sola junto al abismo, el viento subiendo desde la torre, llevándose el polvo de piedra del derrumbe. Había ganado. Había desmantelado el rescate obligatorio antes de que ocurriera. Había demostrado que no era una damisela esperando ser salvada.
Pero el precio estaba ahí, claro y cortante como el filo de un cuchillo. El pacto de sangre no era un cliché que podía esquivar con un paso atrás. Era real. Estaba vigente. Y alguien —alguien que conocía cada escena, cada movimiento, cada línea— estaba dispuesto a destruir el suelo bajo sus pies para forzarla a cumplirlo.
Desde la penumbra del pasillo, la misma figura anónima la observó un instante más. No se acercó. No habló. Solo asintió, como confirmando algo que ya sabía, y desapareció entre las sombras.
Tony apoyó la frente en el dorso de su mano, cerrando los ojos un segundo.
«Gané el tropo», pensó, con el corazón latiéndole despacio, fuerte, sin prisa—. «Pero el guion… el guion me está viendo. Y sabe que no estoy siguiendo el camino. La próxima trampa no será tan obvia. Y yo ya no podré confiar en nada. Ni en el suelo que piso, ni en la mano que me ofrecen, ni en el destino que dicen que me pertenece».
Se enderezó, respiró hondo, y salió del salón de los espejos. Detrás de ella, los cristales rotos seguían multiplicando su imagen en mil fragmentos distintos. Ninguno era la que esperaban. Todos eran ella.