Camila Hale murió sola, enferma y despreciada por la familia que jamás la reconoció como una verdadera Hale. Pero tres meses después, despierta con un cuerpo sano y una segunda oportunidad que nadie podrá arrebatarle. Lo que no esperaba era ser enterrada viva nuevamente por aquellos que creían haberla eliminado para siempre.
Ahora Camila ha regresado distinta. Ya no teme a la muerte y está decidida a descubrir quién la asesinó y por qué. Mientras enfrenta a su cruel hermano Alexander, a su padre Félix y a la manipuladora Úrsula Vance, descubre un secreto mucho más peligroso: los Hale pertenecen a una organización conocida como el Escorpión Rojo.
Cuando el comandante Mark Ruan aparece en su vida, Camila encuentra un inesperado aliado… y quizá algo más.
Entre conspiraciones, traiciones y enemigos ocultos, deberá luchar para salvarse, destruir para siempre la red y cambiar el destino de un país entero.
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zorro y la promesa
La puerta trasera se cerró tras ella con un golpe seco, dejándola en el pasillo trasero, frío y desierto. Camila no se dirigió a la habitación que le habían asignado. Sabía que su zorro estaba herido, y nada más importaba en ese momento. Siguió el rastro de sangre tenue que los guardias habían dejado en el suelo, hasta llegar a la pequeña caseta de los perros, escondida entre los árboles del jardín.
Allí estaba él, acurrucado en un rincón, temblando. Su pelaje blanco estaba manchado de barro y sangre, y su pata delantera colgaba en un ángulo antinatural. Al verla, levantó la cabeza y soltó un débil gemido, como si no pudiera creer que ella estuviera ahí.
Camila se arrodilló despacio, con cuidado de no asustarlo.
—Aquí estoy —susurró, con la voz quebrada por la ternura y la rabia contenida—. No te dejaré. Nunca más.
Lo tomó entre sus brazos. El animal pesaba poco, pero para ella era lo más valioso del mundo. Se apretó contra su pecho, y ella sintió cómo su corazón latía rápido y asustado. No podía quedarse ahí. Necesitaba ayuda, alguien que pudiera curarlo, y que pudiera decirle qué le estaba pasando a ella.
Solo había una persona en toda la mansión que no la había tratado con desprecio cuando estaba viva, y que seguramente no la temería ahora que había vuelto. La Dra. Elena Shang, médica personal de la familia, una mujer seria, de mirada afilada y palabras justas, que siempre cumplía con su deber sin importarle el estatus de quien tenía enfrente.
Camila salió de la caseta con el zorro en brazos, evitando las luces y los pasillos principales. Conocía cada rincón de la mansión mejor que nadie: había crecido escondiéndose, observando, esperando. Llegó a la entrada del consultorio privado de la doctora, en el ala este, y llamó suavemente.
La puerta se abrió al poco rato. Elena Shang apareció con una vela en la mano, vestida con su bata de trabajo. Al ver a Camila, se quedó inmóvil.
—¿Camila? —susurró, como si viera un fantasma—. Pero… te dieron por muerta. Firmé el certificado yo misma. Tu corazón se había detenido.
—Lo sé —respondió Camila con calma—. Y sin embargo, aquí estoy. Pero él no tiene tiempo para explicaciones. Por favor, ayúdanos.
Elena miró al zorro herido, luego volvió a mirar a Camila. Sus ojos recorrieron su rostro, su postura, la forma en que la sostenía.
—Entra —dijo, apartándose de la puerta—. Hablaremos después.
Colocó al zorro sobre la mesa de tratamiento. Examinó su pata con rapidez y precisión.
—Fractura expuesta —dijo mientras preparaba el material—. Lo patearon con fuerza. Si no se atiende pronto, podría infectarse y perder la pata. O la vida.
Camila apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Quién fue? —murmuró—. No importa. Lo pagarán. Todos.
Elena levantó la vista, sorprendida por la dureza de su voz.
—Siéntate, Camila. Tengo que examinarte a ti también. Estabas muerta. Tu cuerpo estaba débil, consumido por la enfermedad. Y ahora estás aquí, de pie, respirando sin dificultad, sin tos, sin dolor. Explícame eso.
Camila obedeció, dejando que la doctora le tomara el pulso, le mirara los ojos, le escuchara el pecho. Cuanto más avanzaba el examen, más se fruncía el ceño de Elena.
—Es imposible —decía para sí misma—. No hay rastro de tuberculosis. Ninguna lesión pulmonar. Tus signos vitales son perfectos. Como si hubieras renacido.
—Quizás eso hice —dijo Camila suavemente—. Renací. Y no fue por casualidad.
Elena se detuvo, dejando el estetoscopio sobre la mesa. La miró a los ojos, larga y fijamente.
—No te creo una historia de fantasmas, Camila. Pero lo que veo aquí no tiene explicación médica. Y hay algo más… —se inclinó hacia ella—. Encontré algo extraño en tu sangre. Rastros de un compuesto tóxico, lento, acumulativo. No era solo la enfermedad. Te estaban envenenando.
Camila sintió que el mundo se detenía un instante, y luego caía en su lugar con más fuerza.
—¿Estás segura?
—Completamente. Las cantidades eran pequeñas, suficientes para debilitarte poco a poco, para que pareciera que la enfermedad te consumía. Alguien quería que murieras, y quería que pareciera natural.
La rabia que sentía antes se transformó en algo más frío, más profundo. No era solo crueldad lo que había en esa casa. Era un plan. Un asesinato disfrazado de negligencia.
—¿Sabes quién pudo ser? —preguntó, aunque en el fondo ya tenía sospechas.
—No puedo probarlo —respondió Elena bajando la voz—. Pero Úrsula Vance era quien se encargaba de tu alimentación y tus medicinas. Nadie más entraba a tu habitación.
Camila asintió. No le sorprendía. Todo encajaba: las comidas escasas, las infusiones que siempre sabían amargas, las miradas frías de la administradora cada vez que entraba en su cuarto.
—Gracias, Elena —dijo con sinceridad—. Por curarlo, por decirme la verdad. No te olvidaré. Cuando todo termine, tú serás la única a la que no tocaré.
Elena terminó de vendar la pata del zorro y le colocó una férula ligera.
—Podrá caminar en unas semanas —dijo—. Pero debe descansar. Y tú también. No sé qué te pasa, ni por qué has vuelto, pero sé que algo ha cambiado en ti. Ten cuidado, Camila. Esta casa esconde secretos oscuros. Y los que la gobiernan no dudarán en matarte de nuevo si descubren que sigues viva.
—Que lo intenten —respondió Camila, tomando al zorro en brazos—. Esta vez no soy la misma chica débil que enterraron. Y ellos no saben contra quién se han enfrentado.
Salió del consultorio bajo la luz de la luna, con su compañero a salvo entre sus brazos y una promesa grabada en el pecho: descubriría la verdad, desmantelaría cada mentira, y haría pagar a cada uno de los que la habían traicionado. Nadie volvería a lastimar a quien ella protegiera.
Okey murieron juntos me imagino que de vejez de igual felicidades por tu historia gracias .🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹🌹