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Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Status: Terminada
Genre:CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Amor a primera vista / Elección equivocada / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.

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Capítulo 22

Capítulo 22: Novix nace de noche

Lejos de todo eso, en el albergue de una fábrica foránea, otra mujer también hacía maletas.

Nadia Reyes doblaba su ropa en una maleta vieja, harta. Harta de Saúl Peña, el holgazán con el que vivía, que se pasaba los días jugando y le pedía prestado hasta para sus vicios, que la usaba de sostén y ni las gracias. Se había ido de Ciudad Aurora hacía años y había ido a menos; él, en cambio —lo había visto en internet, y había ido a verlo de lejos— había ido a más, muchísimo más. Rico. Poderoso. Con una novia joven y bonita colgada del brazo.

—Voy a volver —le dijo a su compañera de litera, cerrando la maleta—. A reclamar lo que es mío. Yo lo mantuve cuando no era nadie. Mi carro, mi casa, todo lo que tiene salió de mí. Me lo debe.

—¿Y si ya ni se acuerda de ti? —le dijo la otra, desde arriba de la litera—. Dices que anda con una chava.

—Una escuincla —escupió Nadia—. Una muerta de hambre cualquiera. Eso se le pasa. Lo mío con él fueron años. Le di mis ahorros enteros cuando me fui, ¿sabes cuánto era eso? Todo. Un hombre no se olvida de la mujer que lo sostuvo. —Se acomodó el pelo en el espejo rajado—. Voy por lo mío. El carro y la casa, para empezar.

Su rencor se disfrazaba de justicia, como se disfraza siempre. En su cabeza ella era la víctima, la generosa, la despojada. No la que se había ido con otro cuando él tocó fondo. La memoria es tramposa con quienes la necesitan. Y una llamada reciente, de una tal Roxana —"yo también tengo cuentas con esa gente, podemos ayudarnos"—, le había echado más leña al rencor viejo.

—————

Esa semana, Renata me invitó a cenar. Y me sorprendió.

—Te quiero de asistente —me dijo, sin rodeos, mientras nos servían—. Formal. Sueldo de veinte mil al mes.

Casi se me cae el tenedor. Veinte mil. Yo, que había entrado a Velatech con cinco mil de prueba.

—Y te lo digo con las cartas boca arriba, como siempre —siguió—. Me convienes. Eres la novia de Godoy, mi cliente más grande. Y mi empresa nueva, Novix, va a hacer justo lo que hace Velatech. Te quiero de mi lado. Pero también —bajó la voz, más humana— porque me caíste bien, Sofía. Porque no eres de las que traicionan. Eso, en mi mundo, vale más que un título.

Acepté. Entre orgullosa y mareada por un ascenso de clase que no me acababa de creer.

—————

Esa misma noche, en un bar con pista, Renata "pescó" a Damián.

Yo estaba ahí, sin entender del todo la jugada. Renata me mandó a bailar —"ve, diviértete, luce ese vestido"— y yo, con una copa encima y las ganas de soltarme, me fui a la pista. Y mientras yo bailaba, sintiendo de lejos los ojos de Damián clavados en mí y en cada tipo que se me acercaba, Renata se sentó junto a él con dos copas.

—Salud, Damián. —Brindó—. ¿Sabes que te tengo una cuenta pendiente? Tú presentaste a Fabián y a Roxana. Hace años. Tú. Y tú le hiciste segunda en aquel bar. —Le sonrió sin sonreír—. Eres, en parte, responsable de lo que pasó en mi casa. Y eso, entre gente decente, se paga.

Damián no lo negó. Era cierto y él lo sabía.

—¿Cuánto —dijo, seco—, y para qué?

—El ochenta por ciento de tu negocio, canalizado a Novix. Como reparación. Y como alianza. —Renata alzó su copa—. Es lo justo.

Damián apretó la mandíbula. Y justo entonces, en la pista, un tipo se me acercó de más, y yo me reí, y le seguí un paso el baile antes de apartarme. Vi a Damián desde lejos ponerse tenso como un cable.

Renata lo vio también. Y supo que lo tenía.

—Nadie la va a cuidar como tú, Damián —dijo bajito, mirando hacia mí—. Pero ahorita mismo, cualquiera la está mirando. ¿Firmas o sigues contando cuántos?

Damián, entre el orgullo herido y su novia luciéndose de más, y sabiendo que ella tenía razón en lo de la cuenta vieja, agarró la pluma y firmó ahí mismo el traspaso del ochenta por ciento a Novix.

—Un gusto hacer negocios contigo —cerró Renata, guardando el papel con una sonrisa.

—————

Al llegar a la casa, Damián me tenía contra la puerta antes de que yo prendiera la luz.

—Bailaste con un tipo —gruñó, arrancándome el cierre del vestido.

—Bailé sola, celoso. —Le eché los brazos al cuello, riéndome—. Estaba bailando para uno.

—¿Para cuál?

—Para el que anda gruñendo. —Lo besé—. Nada más para ese.

Se le fue el gruñido a otra cosa. Me cargó a la recámara y me hizo el amor con toda la noche encima, con el celo convertido en ganas, marcándome despacio para borrarme cualquier otra mirada de la piel, y yo me dejé marcar, y le dije en la oreja "tuya, nada más tuya", porque era verdad, porque ya lo era hacía rato. Después, sudados y enredados, él me tenía abrazada por la cintura y me repetía el nombre bajito, "mi antojo, mi antojo", como quien reza, hasta que nos quedamos dormidos.

—————

A la mañana siguiente, Fabián llegó a Velatech y encontró el desastre.

Sobre su escritorio, cientos de renuncias. Los empleados clave, migrados en bloque a una empresa nueva, Novix, que Renata había armado en secreto durante un mes entero. Y el ochenta por ciento del negocio de Grupo Godoy, desviado allá de un plumazo. Velatech se desplomó en una sola noche. La leña sacada de debajo del caldero, con precisión de cirujana.

Renata entró, tranquila, con un saco impecable y una carpeta bajo el brazo, cruzó el desastre de renuncias regadas por el piso, y le puso enfrente el convenio de divorcio ya redactado.

—¿Tú… tú hiciste esto? —balbuceó Fabián, señalando el estropicio, las sillas vacías, los cubículos desiertos—. Renata, ¿tú?

—Yo. —Ni se inmutó—. Firma aquí.

—Pero… el negocio de Godoy… los empleados… ¡me dejaste sin nada!

—Te dejé exactamente lo que le dejaste tú a nuestro matrimonio —dijo ella, poniéndole la pluma en la mano—. La cáscara.

Fabián suplicó. El hijo, los años juntos, "no vas a encontrar a otro mejor que yo, Renata, nadie te va a aguantar". Y firmó, entre lágrimas, ciego, convencido de que era un paso táctico, de que la iba a reconquistar después con flores y disculpas, sin entender que ya la había perdido del todo hacía meses, en un privado de terciopelo, sin darse cuenta. Quedaron divorciados. Acordaron no decírselo aún a Emilio, con visitas de Fabián una vez al mes, para no romperle al niño el suelo de un jalón.

Así cerró Renata la guerra. Con la cabeza. Sin un solo grito. Y esa misma tarde, en la oficina nueva de Novix que todavía olía a pintura, me llamó a su despacho, me sirvió un café, y me dijo, ya sin máscara, con un cansancio hondo pero limpio:

—Ya está, Sofía. Ya recuperé todo. La empresa, el dinero, la dignidad. —Le dio un trago al café—. Lo único que no voy a recuperar es los años que le creí. Pero esos, mija, ya no los quiero. Que se los quede él.

Yo la miré con una admiración que me llenaba los ojos. Así, pensé. Así quiero ser yo. Una mujer que, cuando la tiran, se levanta con la casa entera en las manos.

—————

El domingo, Damián y yo nos fuimos de excursión al cerro.

Para no llevar mi chamarra fea, le pedí prestada a Alondra la suya, una blanca bonita. Íbamos subiendo el sendero, entre el olor a pino y tierra, cuando me sonó la nariz y metí la mano al bolsillo buscando un pañuelo.

Saqué un condón.

Damián lo vio. Arqueó una ceja. Y se le pintó en la cara una sonrisa lenta, malvada.

—Vaya, vaya. —Me lo quitó de los dedos—. ¿Y esto, señorita Nieto? ¿Traías planes para el monte?

—¡No! ¡Yo no…! ¡Es la chamarra de Alondra! —Me puse roja como jitomate—. ¡Yo ni sabía que estaba ahí!

—Ajá. Cuéntame otra. —Me agarró de la mano, muerto de risa, y me jaló hacia un bosquecillo a un lado del sendero—. Qué atrevida saliste.

—¡Damián! ¡Que no es mío!

—Pues lo estrenamos y ya. —Y me metió al bosquecillo entre carcajadas, mientras yo me reía y protestaba y me dejaba jalar.

1
Ely Mercado
Kevin quiso otra torta ya mordida🙄
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