Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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La única regla que no debíamos romper
Cloe Conti
Me aferro a su espalda cuando me hace llegar por tercera vez esta noche.
Farina nunca decepciona.
Ni siquiera lo hizo la primera vez que nos enrollamos.
Mientras lo abrazo luchando por un poco de aire, recuerdo esa noche.
Estaba furiosa.
Muy furiosa.
El novio que tenía en ese momento era un imbécil que no sabía qué hacer con su cuerpo. Tuve la mala suerte de enamorarme de él y entregarle mi primera vez.
Fue un puto fracaso.
Lo odié.
Odié sus manos sobre mi piel.
Odié la forma en que me apretaba como si fuera un pedazo de masa.
Odié la forma en que me babeaba los pechos.
Odié su intento de hacerme llegar con su boca.
Odié cada maldita cosa.
Le di otra oportunidad, porque pensé que era mi culpa. Después de todo, la que no tenía experiencia era yo.
Esperé que quizá, una vez que no doliera, lo disfrutaría, pero eso no ocurrió.
El dolor se acabó, pero el placer nunca llegó.
Cada día estaba más frustrada… más amargada.
Fue justo así como me encontró Mattheo, hundiéndome en un pozo de autocompasión mientras me bebía una copa de vino blanco.
El momento más patético de mi vida.
No sé qué me pasó, pero le confesé cada cosa.
Cosas que nunca le dije a nadie. Mis sueños. Mis deseos.
Mattheo me miró y escuchó atentamente.
Era el cumpleaños de Nino. Podría haber estado bailando o cortejando a su próxima conquista, sin embargo, permaneció a mi lado, escuchando mi triste espectáculo.
Estuvimos hablando toda la noche.
Todos se fueron, y nosotros seguíamos hablando en la terraza.
Fabiano se había ido más temprano con una mujer que conoció en la fiesta.
Fabi, al igual que Mattheo, no tiene relaciones, solo follones, como los llama él.
Y yo… yo quería ser como ellos. Quería disfrutar mi sexualidad y juventud, pero me vi atrapada con un imbécil que no sabía nada sobre el placer femenino.
Finalmente me apiadé de Mattheo y le agradecí.
Me levanté, pero cuando pasé a su lado, tomó mi mano.
Ambos nos miramos y lo supimos en ese momento.
Sabíamos qué estábamos arriesgando.
Pero también sabíamos que eso no nos iba a detener.
Entonces, me armé de valor y le dije: —Sin besos. Sin complicaciones. Esto es solo sexo.
—Solo sexo —me aseguró antes de levantarme en sus brazos y llevarme a su habitación.
Fue así como empezó, y si saco a mi gemelo de la ecuación, no me arrepiento de nada.
Lo que Farina me ha enseñado en todos estos años no tiene precio.
Es por eso, que nunca dejaré que Fabi se entere de esto. Mi gemelo mataría a Mattheo si se enterara de lo nuestro.
No tengo ninguna duda de ello.
Beso su hombro.
Nunca se lo he dicho, pero es mi mejor amigo en todo el mundo.
—Tengo que irme.
Gruñe y toma mi mano con fuerza.
—Será para la próxima, Farina —digo y me siento en la cama. Masculla algo contra la almohada, pero no consigo entenderlo bien—. ¿Qué dijiste? —pregunto mientras busco mi vestido.
—No voy a esperar otros dos meses, princesa.
—No me tienes que esperar, ¿recuerdas? De eso se trata esto. Ve a acostarte con todas las mujeres de Italia, galán. La noche es joven —digo mientras levanto la sábana para buscar mi brasier—. ¿Viste…?
Farina se gira y ahí está mi brasier, enredado en un lugar bastante inconveniente.
—Creo que tendrás que sacarlo tú… —dice levantando su ceja.
—¿Crees que no lo haré?
—… con tu boca —
Me rio mientras gateo hasta llegar a él.
—¿Quieres mi boca, Farina?
—Siempre he querido tu boca, princesa.
Sus ojos se clavan en mis labios, y por unos segundos tengo la extraña sensación de que no estamos hablando de lo mismo.
—¿Lo quieres tú? —pregunta.
—¿A ti? —pregunto confundida—. Siempre te quiero en mi boca.
—Mi boca —declara.
Toda la habitación se vuelve mortalmente silenciosa.
Lo único que puedo escuchar es mi corazón bombeando.
—¿Qué…? —empiezo a preguntar, pero me detengo cuando Mattheo se sienta y enreda sus dedos en mi cabello—. Farina…—advierto.
Respira ruidosamente sin dejar de mirar mis labios y, finalmente, levanta la mirada hasta encontrar la mía.
Y ahí está.
Algo que nunca había visto antes.
Deseo, sí. Ese lo conozco. Llevo tres años viéndolo arder en sus ojos cada vez que estamos juntos.
Pero hay algo más.
Anhelo.
Una necesidad que no tiene nada que ver con nuestros cuerpos ni con el sexo.
Ni con ninguna de nuestras reglas.
Mattheo me mira como si quisiera algo que nunca nos hemos permitido querer.
Y un miedo atenaza mi garganta.
—¿Tienes miedo, princesa?
—Por supuesto que no —miento—. Yo no le temo a nada.
—Demuéstramelo —exige.
Mi corazón golpea contra mis costillas.
Abro la boca para responder alguna estupidez.
Una provocación.
Algo que nos devuelva al terreno que conocemos.
Sexo.
Bromas.
Mattheo Farina diciéndome princesa mientras yo le recuerdo que no significa nada. Pero no me da tiempo.
Su mano se cierra en mi cabello y me acerca.
Sus labios encuentran los míos, y todo se detiene. Absolutamente todo.
No sé qué esperaba.
Quizá que besar a Mattheo se sintiera igual que el resto.
Caliente.
Desesperado.
Sexual.
Otra parte de su cuerpo que aprender.
Otro lugar donde tocarlo.
Pero no. No se parece a nada.
Sus labios apenas se mueven sobre los míos al principio.
Es un roce.
Suave. Casi cauteloso.
Y eso es peor.
Mucho peor.
Porque Mattheo nunca es cauteloso conmigo.
Me ha tenido contra paredes.
Sobre escritorios.
En baños donde cualquiera podría habernos descubierto.
Me conoce desnuda mejor de lo que probablemente me conozco yo misma.
Pero esto... Esto parece una pregunta.
Una que lleva tres años evitando hacerme.
Mis dedos se cierran sobre sus hombros.
El corazón me duele. Literalmente duele.
Siento una presión extraña en medio del pecho mientras sus labios se deslizan lentamente sobre los míos.
Y entonces lo siento.
Todo.
Cada cosa que he decidido ignorar durante estos tres años.
La forma en que siempre me busca en una habitación.
Cómo sabe cuándo estoy mintiendo.
Cómo recuerda qué vino me gusta.
Cómo me escucha incluso cuando estoy diciendo estupideces.
Cómo jamás se ha reído de algo que realmente me importa.
Cómo puede hacerme reír cuando quiero matar a alguien.
Cómo siempre encuentra una excusa para tocarme.
Cómo llevo tres años comparando a cada hombre con él.
Cómo ninguno gana.
Mierda.
Me separo de golpe.
Mattheo también retrocede.
Nos quedamos mirándonos.
Sus dedos continúan enredados en mi cabello. Los míos siguen sobre sus hombros.
Ninguno respira.
Sus ojos verde oliva parecen más oscuros. Desconcertados. Probablemente iguales a los míos.
Acabamos de romper la única regla que jamás habíamos roto.
Podemos acostarnos.
Podemos tocarnos.
Podemos dormir juntos durante unas horas y fingir que solo fue porque estábamos demasiado cansados para movernos.
Podemos conocer cada rincón del cuerpo del otro.
Pero no podemos besarnos.
Porque besar significa algo.
No sé exactamente qué. Solo sé que significa demasiado.
—¿Qué...? —empiezo.
No termino.
Él mira mi boca. Yo miro la suya.
Y no sé quién se mueve primero.
Quizá ambos.
Nuestros labios vuelven a encontrarse.
Esta vez no hay cautela.
Lo beso.
Mattheo me besa.
Y mierda.
Mierda.
Mierda.
Sus brazos me rodean y me arrastra contra su cuerpo mientras hundo ambas manos en su cabello.
Lo beso como si llevara tres años queriendo hacerlo.
Quizá los llevo.
No quiero pensar en eso.
Ahora no.
Abre ligeramente la boca y profundiza el beso.
Un sonido extraño escapa de mi garganta.
No es uno de esos gemidos que conozco perfectamente.
Es otra cosa.
Algo pequeño. Vulnerable.
Y Mattheo lo escucha.
Por supuesto que lo escucha.
Se detiene apenas.
Su frente queda contra la mía.
—Cloe.
tu eres un poco hombre y ahora sí sabemos que no es tu hijo
cloe tiene un hijo y es de Mateo 🎉🎉🎉🎉