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ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

ARE YOU CRAZY MEN? Esta Villana No Acepta Su Destino

Status: Terminada
Genre:Villana / Mujer poderosa / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.

Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.

Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.

Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.

Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.

Esta vez, la historia terminará de otra manera.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Enemigos dentro de casa

El amanecer no trajo luz, sino un cielo de plomo y un viento que aullaba contra las murallas como un lobo herido. Elara descendió al gran salón con la cabeza alta, aunque por dentro seguía ardiendo con la furia y la crudeza de lo que había pasado la noche anterior. Las palabras de Zora resonaban en su mente: El odio te come. Pero la voz más profunda, la oscura y vengativa que había despertado, susurraba al oído: Que teman. Que sepan que no somos débiles.

Al entrar, el murmullo se cortó de golpe. Las miradas se clavaron en ella: unas con respeto, otras con recelo, y muchas con un miedo nuevo y silencioso. La noticia de lo que había ocurrido en la sala de hechicería se había extendido antes de que el sol saliera.

—Ahí está la que juega con fuego —murmuró alguien lo suficientemente alto para que todos lo oyeran—. Dicen que las paredes quedaron negras, que el fuego la obedecía como si fuera su amante. ¿Es esto lo que trae al clan? ¿Protección… o ruina?

Elara se detuvo, sin buscar al que habló. No necesitaba saber quién era. Sabía que el espía principal estaba encarcelado, pero la desconfianza era una semilla que ya había echado raíces. Y el Imperio no necesitaba a Toren para sembrarla: algunos lo harían por él, voluntariamente, movidos por el miedo.

—Hablad claro —dijo ella, con voz fría y cortante, recorriendo a todos con la mirada—. Si creéis que mi fuego es peligroso, decidlo a la cara. Pero sabed esto: el Imperio nos quiere muertos. Nos quiere callados, sumisos, sin voluntad. Si mi poder asusta, pensad qué os asusta más: ¿una hija del clan que lucha por su familia… o un enemigo que viene a destruirla sin daros opción?

—El poder sin control es peligroso —respondió Lord Brenan, uno de los ancianos del consejo, con tono severo—. Tu abuela también tenía ese fuego, Elara. Y dicen que destruyó a media aldea antes de aprender a dominarlo. ¿Qué pasa si pierdes el control en medio de la batalla? ¿Quemarás a nuestros hombres junto a los enemigos?

—Prefiero arriesgarme con el fuego de los míos que con la cuchilla de los extraños —replicó ella sin dudar—. Y si debo aprender a controlarlo, lo haré. Pero no dejaré de usarlo por miedo a lo que digáis. El destino que nos esperaba no tenía espacio para la prudencia. Tenemos que ser más fuertes, más duros… y sí, más temibles que ellos.

La tensión era casi tangible. No solo peleaban contra el Imperio. Peleaban contra el miedo de los suyos, contra la duda que carcomía desde dentro. En la historia original, esta división los destruyó antes de que el primer soldado enemigo cruzara sus puertas. Ahora, la grieta estaba abierta… y alguien la estaba ensanchando a propósito.

Esa tarde, cuando Elara pasó por el patio de entrenamiento, escuchó fragmentos de conversaciones que se cortaban al verla llegar. Vio cómo algunos se apartaban. Cómo intercambiaban miradas. Y entonces lo notó: no era solo miedo. Alguien estaba alimentando esas dudas, difundiendo rumores, exagerando lo de la sala de hechicería hasta convertirlo en una historia de brujería y maldición.

Se dirigió a las celdas, donde Toren estaba encerrado, esperando juicio. Necesitaba saber quién más estaba involucrado. Quién tomó su lugar ahora que él no podía actuar.

Al entrar, el mayordomo levantó la vista, y en lugar de culpa o arrepentimiento, sonrió. Una sonrisa fría, satisfecha, como si todo estuviera yendo exactamente como él quería.

—Vienes a preguntarme quién sigue —dijo él, con voz suave—. Pero ya deberías saberlo, Elara. El Imperio no confía en un solo hombre. Yo era el mensajero, no el corazón de todo. Y la gente… la gente cree lo que le conviene creer. Lo que le da miedo. Y tú, con tu fuego y tus advertencias… eres la excusa perfecta.

—¿Quién es? —exigió ella, acercándose a los barrotes, sintiendo cómo la ira volvía a subirle por el pecho—. ¿Quién siembra el miedo entre los nuestros?

—¿Y si te dijera que no hace falta nadie? —Toren se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes—. El miedo ya estaba aquí. Solo esperaba a alguien a quien culpar. Y tú, querida Elara… te estás encargando de darles motivos. Cada vez que gritas, cada vez que tu poder se descontrola, cada vez que hablas de destrucción en lugar de protección… les confirmas que tienen razón. El Imperio no necesita ganar la guerra si nosotros nos destruimos solos desde dentro.

Elara apretó los puños, y las llamas volvieron a brotar en sus manos, doradas y feroces, iluminando el rostro del traidor. Él no se apartó. Al contrario, se inclinó más cerca, desafiándola.

—Vamos —susurró—. Quémame. Hazlo. Entonces todos sabrán que eres un monstruo. Que tu familia te tiene encerrada. Que el Imperio tenía razón al decir que somos peligrosos. ¡Hazlo, Elara! ¡Termina lo que yo empecé!

Ella se detuvo a un centímetro de los barrotes, el fuego rugiendo entre sus dedos, el deseo de destruirlo casi más fuerte que su voluntad. Hazlo, le decía la voz oscura. Paga. Hazle sentir el dolor que causó. Pero entonces recordó las palabras de Zora, el rostro de su padre, la esperanza de los que sí creían en ella.

—No —susurró, apagando las llamas con un esfuerzo que le dolió en todo el cuerpo—. No te daré esa satisfacción. Vivirás para ver cómo nos levantamos. Cómo ganamos. Y cómo el nombre de Licano brilla más fuerte que toda tu traición.

Se giró y salió de la celda, dejándolo con la sonrisa congelada en el rostro. Pero al llegar al pasillo, se detuvo, temblando, comprendiendo la verdad más dura: Toren no estaba equivocado. Ella misma era su peor enemiga. Su ira, su deseo de venganza, su crueldad naciente… eso era lo que el Imperio quería. Eso era lo que destruiría al clan antes de que las espadas chocaran.

—¿Elara? —Zora apareció al final del pasillo, con el rostro serio—. He oído rumores. Dicen que amenazaste a Brenan. Que dijiste que quemarías la aldea si fuera necesario. No es verdad, ¿verdad?

—No lo dije —respondió ella, con voz quebrada—. Pero alguien sí. Alguien está cambiando mis palabras, exagerando mis actos, convirtiéndome en un monstruo ante los ojos de los nuestros. Y lo peor, Zora… lo peor es que no les estoy dando motivos equivocados. Siento la rabia. Siento el deseo de hacerles pagar. Y cada día me cuesta más contenerlo.

Zora se acercó y le tomó ambas manos, con firmeza.

—Entonces debes decidir quién eres. ¿Eres la que vino a salvarnos… o la que vino a destruir? El poder no te define. Lo que eliges hacer con él sí. Y ahora mismo, el enemigo dentro de casa no es solo un traidor. Es la duda que nos sembraron. Y la duda que tú misma llevas dentro.

Elara miró a su hermana, y por primera vez sintió que no solo luchaba contra el Imperio. Luchaba contra sí misma. Contra la versión oscura de ella que nacía de la rabia y el dolor. Y esa batalla… esa era la más difícil de todas.

—Entonces debemos ser más listos —dijo Elara, endureciendo el rostro, apartando la debilidad—. Si quieren un monstruo, les daré algo mejor. Les daré una líder. Y a quien difunda rumores, a quien siembre dudas… lo enfrentaré cara a cara. Que sepan que no me escondo. Que no tengo miedo de mis propios actos.

—Bien —asintió Zora—. Pero ten cuidado. Quienes susurran en la oscuridad suelen ser los que más temen la luz. Y si los obligas a salir… pueden golpear más bajo de lo que imaginas.

Elara miró hacia la puerta del salón principal, donde las sombras de la duda seguían creciendo. Sabía que alguien más estaba ahí, oculto, aprovechando cada uno de sus errores para derribarla. Pero también sabía algo más: ya no podía retroceder. El camino de la venganza era tentador, fácil… y mortal. Si quería salvar a su familia, debía ser más fuerte que su propia rabia. Y eso, pensó con una sonrisa fría y decidida, sería la venganza más dulce de todas.

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