Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 6 — La esposa, la otra y la perra
A las nueve de la mañana del sábado, Sofía entró al cuarto de Lían sin tocar la puerta y le puso el teléfono en la cara.
—Vale, despierta.
—Mmh.
—Vale, despiértate. Tienes que ver esto.
Lían abrió un ojo. La pantalla brillaba demasiado.
—¿Qué hora es?
—Las nueve.
—Sofía, anoche bailé. Déjame en paz.
—Quinientos mil dólares.
Lían se sentó de golpe.
—¿Qué?
—Quinientos mil dólares. Mensaje de hace una hora. Un viejo. Quiere a la Fénix una noche. Una sola. Pago en efectivo.
—¿Quién?
—No lo dice. Cuenta nueva, número privado.
Lían se restregó la cara. Le faltaban tres horas de sueño y le sobraba media ciudad de hijos de puta ricos.
—Dile lo mismo que a los otros.
—Vale, son quinientos mil.
—Sofía. Si la Fénix se vende una vez, deja de ser la Fénix. Pasa a ser otra puta cara.
Sofía se quedó mirándola.
—Bien.
—Bien.
—¿Y si llega al millón?
—Si llega al millón le pedimos foto y la usamos para hacer humor.
Sofía soltó la carcajada. Lían se cayó de espaldas en la cama, los brazos abiertos.
—Despiértame al mediodía. Y trae café. Del horrible.
—Solo tenemos del horrible.
—Por eso.
Al mediodía no la dejaron dormir. Sofía volvió con el café y otra novedad.
—Hay una boutique en el centro que cerró hace tres días esperando que vayas.
—¿Que vaya yo?
—Tú, Valentina. Eres clienta vieja. Ya pasó el luto, del hijo de puta.
—¿Tengo que ir?
—Tienes que volver a la calle, Vale. Llevas un mes encerrada. La gente está empezando a hablar. Si Valentina Saggese no vuelve a aparecer en sociedad, alguien va a empezar a preguntarse.
Lían se quedó mirando el café.
Sofía tenía razón, claro. Sofía siempre tenía razón. Era una costumbre suya que Lían empezaba a encontrar irritante y útil al mismo tiempo.
—Bien. Pero solo media hora.
—Una hora.
—Cuarenta minutos.
—Hecho.
La boutique era una de esas tiendas pequeñas donde todo estaba colgado como si fuera obra de arte y nada tenía precio visible. Lían entró del brazo de Sofía y la dueña casi se puso a llorar.
—¡Señora Saggese! ¡Bendita sea Dios, qué alegría! Le tenía unas piezas guardadas, mire, mire, esto es de París, esto es de Milán…
Lían dejó que le pasaran ropa por delante mientras los recuerdos de Valentina le susurraban opiniones. Ese rojo no, querida, te pone amarilla. Ese verde sí. Aquel vestido negro lo usaste hace dos años, no se compra otro igual. La seda buena no se arruga así, esa es falsa.
Para alguien que durante once años había usado una sola túnica imperial al año, todo aquello era ridículo. Pero también era información. Lían estaba aprendiendo cómo era el cuerpo social de este siglo, y este siglo se medía en telas, en marcas, en quién entraba a comprar y dónde.
Estaba probándose un abrigo de cachemira frente al espejo cuando se abrió la puerta de cristal.
Lían no necesitó girarse para saber quién era.
El perfume entró antes que la dueña.
Era un perfume frío, caro, deliberado. El perfume de una mujer que quiere que sepas que está en la habitación antes de que la veas.
Renata.
La dueña de la boutique se puso pálida.
—Señora Alarcón… qué… qué sorpresa, no tenía cita…
—No la necesito, querida. Pasaba.
La voz era exactamente como Lían se la había imaginado leyendo los recuerdos de Valentina. Suave, modulada, con una sonrisa pegada que no llegaba a los ojos. Una voz educada por institutrices y afilada por años de manejar a hombres y empleadas con la misma facilidad.
Lían terminó de acomodarse el abrigo. Después se giró.
Renata estaba parada en el centro de la boutique, con un vestido beige impecable, un bolso pequeño en la mano y los ojos clavados en Lían.
Las dos se miraron un segundo entero.
La dueña de la tienda tragó saliva. Sofía dio un paso atrás. Una empleada que estaba doblando una bufanda se quedó quieta con la bufanda a la mitad.
Renata sonrió.
—Valentina. Qué bueno verte. Pensé que seguías… delicada.
—Estoy mejor, gracias.
—Se nota. Te ves… distinta.
—Será la convalecencia.
—Será.
Renata caminó hacia ella despacio, como camina la gente que sabe que todos la están mirando. Se paró a dos pasos. Le tocó la solapa del abrigo con un dedo.
—Bonito. Aunque demasiado serio para ti, ¿no? Tú siempre fuiste de colores más llamativos. Más… de noche.
Lo dijo con la inflexión exacta. La inflexión que decía de puta sin decirlo.
Lían no se movió.
—Renata.
—¿Sí, mi vida?
—¿Querías algo?
Renata sonrió más amplio. Bajó la voz como si fueran a confiarse un secreto entre amigas.
—Quería verte. Decirte una cosa. Cara a cara. Por respeto, Valentina. Llevamos años así, tú y yo, y nunca habíamos podido hablar como mujeres adultas.
—Habla, entonces.
—Marcelo es mío.
Silencio.
—Lo fue cuando lo conocí. Lo es ahora. Lo va a ser cuando se muera. Yo soy la esposa. Tú no eres nada. Nunca lo fuiste. Sé que esto te duele, pero alguien tiene que decírtelo con cariño.
Hizo una pausa pequeña.
—Y para que no haya malentendidos: si te veo cerca otra vez, querida, el próximo veneno no falla.
La sonrisa seguía intacta.
La dueña se llevó la mano al pecho. Sofía se puso tensa. Lían lo notó por el rabillo del ojo y registró la información para después: dos testigos, un escenario público, una amenaza explícita. Bien.
Después miró a Renata.
Y por dentro pensó algo que no tenía nada que ver con Valentina.
Mil años atrás, una mujer como tú, en mi corte, me servía té con almendras y lloraba en el funeral del bebé que ella misma había matado. Hoy estás aquí, con un vestido beige y un perfume caro, amenazándome en una boutique como si fueras nueva en esto. No eres nueva en esto. Solo eres más torpe que la que me tocó a mí.
Y entonces Lían levantó la mano.
PLAF.
La bofetada fue limpia, sin aviso, sin teatro. Renata giró la cara con la fuerza del golpe y se quedó así, sin mover el cuello, durante dos segundos enteros. La marca roja le subió a la mejilla despacio.
La boutique entera contuvo la respiración.
—Esto es por mi hijo —dijo Lían, tranquila.
Renata giró la cara despacio. No se tocó la mejilla. Los ojos le brillaban de furia, pero no dijo nada todavía. Estaba calculando.
Lían no le dio tiempo de calcular.
—Y ahora escúchame tú a mí, querida, porque yo sí soy educada. Tranquila, no quiero ver a ese hijo de puta. Yo me morí por última vez intentando que un hombre como él me mirara. No me voy a morir otra vez por lo mismo. Es tuyo, te lo regalo.
—Tú no estás en posición de…
—Calla. No terminé.
Lían dio un paso hacia ella. Renata, por primera vez en su vida adulta, dio un paso atrás sin querer.
—Pero no me culpes a mí, mi vida, cuando eres tú la que no puede retenerlo. Si tu marido pasó doce años en mi cama, no fue por mí. Fue por ti. Un poco de amor propio, querida. Es lo único elegante que te falta.
Silencio.
La dueña de la boutique tenía la mano todavía en el pecho. Sofía tenía la boca abierta. La empleada de la bufanda se había olvidado de respirar.
—Y otra cosa —añadió Lían, ya con un pie afuera, agarrando del brazo a Sofía—. La próxima vez que me amenaces en público, hazlo bien. Trae un veneno mejor.
Salió.
Sofía la siguió a trompicones. La dueña de la boutique se quedó adentro paralizada. La empleada se sentó en el suelo con la bufanda.
Renata se quedó parada en el centro de la tienda, sola, con la mejilla todavía marcada, mirando la puerta de cristal por donde Lían acababa de desaparecer.
Y por primera vez en su vida, no supo qué decir.
Sofía no habló durante todo el camino al auto.
Tampoco habló durante el primer semáforo.
Cuando arrancaron en el segundo, finalmente abrió la boca.
—Vale.
—Dime.
—¿Tú estás… cómo decirlo… en tu sano juicio?
—Más que nunca.
—Le diste una bofetada a Renata Alarcón.
—Sí.
—Frente a tres testigos.
—Sí.
—Después de que te amenazara de muerte.
—Sí.
—Vale, esa mujer va a mandar a alguien a matarte hoy mismo.
—Probablemente.
—¿Y eso te parece bien?
Lían miró por la ventana. La ciudad iba pasando despacio, gris, llena de hijos de puta a los que ella no conocía todavía, pero a los que iba a conocer pronto.
—Sofía. Esa mujer me mató antes porque tenía miedo. Porque me sentía culpable por ser la otra y me dejaba humillar para no parecer arpía. Yo no soy esa Valentina.
—Lo sé.
—Esa mujer no va a entender lo que pasó. Y cuando lo entienda, va a hacer una de dos cosas: o me ataca con todo lo que tiene, o me empieza a respetar. En cualquiera de los dos casos, gano yo.
Sofía manejó dos cuadras en silencio.
—Vale.
—Dime.
—Estás loca.
—Eso ya lo sabías.
—Sí. Pero antes no estaba tan segura.
Lían sonrió, mirando por la ventana.
—Sofía.
—¿Qué?
—Pasa por una pastelería. Quiero algo dulce. Las bofetadas me dan hambre.
Sofía soltó una carcajada que duró dos cuadras enteras.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺