Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante
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17
Corrían desde hacía varios minutos.
Los rugidos de las criaturas habían quedado atrás, pero Asterion no disminuyó la velocidad.
No hasta que el bosque volvió a quedar completamente en silencio.
Laira apoyó las manos sobre sus rodillas, respirando con dificultad.
—Ya...
No puedo más...
Tengo mucha sed.
El Archimago observó los alrededores.
El sonido de agua corriendo llegó hasta sus oídos.
—Hay un arroyo cerca.
Caminaron unos minutos más.
Entre las raíces apareció un pequeño manantial de agua tan transparente que parecía un espejo.
Laira sonrió con alivio.
—¡Agua!
Se arrodilló de inmediato.
Asterion sintió una leve perturbación mágica.
Giró la cabeza.
—Laira, espera...
Pero ya era tarde.
La joven había bebido varios sorbos con ambas manos.
—Está muy fresca...
Sonrió satisfecha.
Luego parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Frunció el ceño.
—Qué raro...
Todo empezó a darle vueltas.
Intentó ponerse de pie.
Sus piernas no respondieron.
—Archimago...
Tengo...
Mucho sueño...
Antes de terminar la frase, cayó hacia adelante.
Asterion la sostuvo antes de que golpeara el suelo.
Comprobó su pulso.
Era normal.
Su respiración también.
Observó el agua.
Entonces comprendió.
—Agua de Lethis...
Un antiguo manantial encantado.
No era venenosa.
Pero provocaba un sueño profundo durante varias horas.
Suspiró resignado.
—Otro problema más.
No podía quedarse allí.
Las criaturas seguían buscándolos.
Sin otra opción, cargó a Laira sobre su espalda y continuó el viaje.
El sol descendía lentamente.
El peso de la joven apenas representaba un esfuerzo para él.
Lo que sí resultaba extraño...
Era el silencio.
Laira, que normalmente llenaba el camino con preguntas y comentarios, dormía profundamente.
Asterion caminó durante horas.
Mientras avanzaba, de vez en cuando bajaba la mirada hacia ella.
Un mechón de cabello caía sobre su rostro.
Con el movimiento del camino, ella murmuraba algo ininteligible entre sueños.
Parecía completamente tranquila.
Como si confiara ciegamente en que nada malo ocurriría mientras él la llevara.
Aquella idea volvió a incomodarlo.
¿Por qué alguien confiaría tanto en un desconocido?
No encontraba respuesta.
Y eso empezaba a irritarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
El cielo ya estaba completamente oscuro cuando encontró un refugio.
Detrás de una enorme cascada existía una cavidad natural.
Desde el exterior era imposible verla.
El agua ocultaba por completo la entrada.
Perfecto.
Encendió un pequeño fuego.
Acomodó cuidadosamente a Laira sobre una manta.
Después se sentó junto a ella para vigilar la noche.
Laira abrió lentamente los ojos.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Escuchaba el constante sonido del agua.
Parpadeó varias veces.
La luz del fuego apenas iluminaba la cueva.
Intentó incorporarse.
Fue entonces cuando comprendió dónde estaba.
Su cabeza descansaba sobre el regazo de Asterion.
Él permanecía sentado contra la pared de piedra, con los ojos cerrados, aunque no parecía profundamente dormido.
Laira se quedó inmóvil.
—Otra vez...
Murmuró muy bajito, avergonzada.
En ese instante, el fuego terminó de consumirse.
La última llama se apagó.
La oscuridad envolvió la cueva.
Solo la luz de la luna atravesaba la cortina de agua.
Entonces lo vio.
Al otro lado de la cascada...
Una enorme silueta.
Dos ojos brillaban entre las sombras.
La criatura permanecía completamente inmóvil.
Observándolos.
Laira sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Con mucho cuidado levantó una mano.
Y señaló hacia la cascada.
—Asterion...
Él abrió los ojos de inmediato.
Siguió la dirección de su dedo.
Su expresión cambió.
Se levantó lentamente.
—Quédate aquí.
La joven tragó saliva.
—¿Qué es?
—No salgas.
Su voz era firme.
—Voy a usar magia.
Y no quiero que estés cerca cuando lo haga.
Laira asintió.
Por primera vez desde que lo conocía...
Había algo en el tono del Archimago que le hizo entender que no estaba exagerando.
Asterion atravesó la cortina de agua.
La criatura rugió.
Un rugido tan fuerte que hizo vibrar la montaña.
Un círculo mágico apareció bajo los pies del Archimago.
No era como los pequeños hechizos que Laira había visto hasta entonces.
Era inmenso.
Antiguas runas doradas comenzaron a girar alrededor de él.
El aire se volvió pesado.
La tierra tembló.
Y, por primera vez...
Laira comprendió por qué todos temían al Archimago.
Porque aquello...
No era la magia de un hombre.
Parecía el poder de una fuerza de la naturaleza.
Un destello dorado iluminó el bosque.
El estruendo de la batalla resonó más allá de la cascada.
Y Laira solo pudo hacer una cosa.
Esperar.
Mientras, afuera, el mago sin corazón luchaba solo contra la oscuridad.