Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Incomodidad
El duque Edward Montagu estaba molesto.
No con el mayordomo.
Sino consigo mismo.
Cada vez que recordaba la escena del jardín, sentía una extraña incomodidad.
Había ignorado el saludo de Harriet delante de todos.
Y lo peor...
Era que el anciano tenía razón.
Había sido una falta de respeto.
Frunció el ceño.
[No era mi intención.]
Pero eso no cambiaba el resultado.
Después de unos minutos de silencio dijo sin levantar la vista de los documentos.
—Mayordomo.
—Sí, Su Excelencia.
—Encargue una joya.
El anciano esperó.
—Que sea apropiada para una duquesa.
—Como desee.
Edward volvió a escribir.
—Entréguesela en nombre del ducado.
El mayordomo inclinó la cabeza.
—Así lo haré.
Aunque por dentro suspiró.
[Qué hombre tan complicado.]
[Podría simplemente disculparse.]
[Pero no...]
[Compra una joya.]
Aquella misma tarde... Harriet estaba sentada junto a la cuna de los pequeños.
Eric ya dormía profundamente.
Ellie había tardado un poco más, pero finalmente también cerró sus ojitos.
Harriet acomodó cuidadosamente la manta sobre ambos.
Y permaneció unos segundos observándolos.
[Eran tan pequeños...]
Recordó otra vez el viejo guion.
Las escenas de maltrato.
Los llantos.
El miedo.
Pero ahora que convivía con ellos...
Había algo que la molestaba muchísimo.
[Pensando bien...]
[El guion hablaba mucho de la madrastra.]
[De todo lo que ella hacía.]
[Pero...]
Frunció el ceño.
[Casi nunca hablaba del abandono del padre.]
Miró nuevamente a los niños.
[Ignorarlos durante semanas...]
[No abrazarlos.]
[No jugar con ellos.]
[No verlos crecer.]
[Eso también es una forma de hacerles daño.]
Respiró profundamente.
[Qué raro estaba escrito eso.]
[Hasta parece que el guionista era hombre.]
[Como si toda la responsabilidad de criar a los niños fuera únicamente de la mujer.]
Negó lentamente con la cabeza.
[No.]
[Los niños necesitan a ambos.]
En ese momento Mary apareció con varias prendas dobladas entre los brazos.
—Mi lady.
Harriet levantó la vista.
—¿Sí?
Mary sonrió.
—Creo que necesitaremos mandar a hacer ropa nueva para los pequeños.
Harriet miró los pequeños enteritos.
—¿Tan rápido crecieron?
—Más bien...
Mary rio suavemente.
—Ahora intentan gatear todo el tiempo.. Se mueven muchísimo más. Necesitan ropa más cómoda.
Harriet asintió.
—Tiene sentido.
Volvió a mirar a Eric, que incluso dormido parecía querer moverse.
Sonrió.
—Hablaré de eso con el padre de los niños.
Mary respondió automáticamente.
—Muy bien, mi lady.
Pasaron dos segundos.
Tres.
Mary abrió lentamente los ojos.
[Espere...]
[¿Qué?]
Levantó la cabeza de golpe.
—¿Con... quién?
Pero Harriet ya caminaba decidida hacia la puerta.
—¡Mi lady!
No hubo respuesta.
Mary salió corriendo detrás de ella.
—¡Mi lady, espere!
Harriet caminaba con paso firme por los largos pasillos de la mansión.
[Pensando bien...]
[Ya me cansé.]
[Si quiere ignorarme a mí...]
[Bien.]
[Pero no voy a permitir que siga ignorando a esos dos bebés.]
Mary iba casi trotando detrás.
[¡Ay no!]
[¡Ay no, ay no, ay no!]
[¡La señorita está enfadada!]
[Y cuando se enfada...]
[Usa esa voz.]
[Los pobres sirvientes todavía hablan de ella.]
Llegaron finalmente frente al despacho.
Harriet levantó la mano.
Desde el interior se escuchó la tranquila voz del duque.
—Adelante.
Edward ni siquiera levantó la vista del documento que estaba firmando.
Pensó que sería el mayordomo.
La puerta se abrió.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces...
Edward levantó lentamente la cabeza.
Y se quedó completamente inmóvil.
Harriet estaba allí.
De pie.
Con las manos unidas delante de ella.
Su expresión era perfectamente educada.
Pero aquellos ojos azules...
No parecían precisamente felices.
Edward tardó varios segundos en reaccionar.
[Ella...]
[¿Entró a mi despacho?]
Harriet hizo una impecable reverencia.
—Buenas tardes, Su Excelencia.
Esta vez...
Edward reaccionó de inmediato.
Se puso de pie.
—Lady Harriet.
Mary, que había quedado del otro lado de la puerta, juntó ambas manos como si estuviera rezando.
[Por favor...]
[Por favor que mi señorita no empiece una guerra.]
[Por favor...]
[Por favor...]
Dentro del despacho... Harriet levantó lentamente la mirada.
Su sonrisa era tan correcta que resultaba incluso intimidante.
Edward sintió, sin saber por qué, que la temperatura de la habitación había bajado unos cuantos grados.
Ella habló con absoluta serenidad.
—Su Excelencia.
Él asintió.
—Sí.
Harriet dio un pequeño paso al frente.
—Tenemos que hablar.
Edward permaneció completamente inmóvil.
No sabía por qué.
Pero aquella simple frase... Le sonó mucho más aterradora que cualquier informe de guerra que hubiera leído en toda su vida.