"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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La disciplina de una rosa
Aunque las lecciones de etiqueta ocupaban gran parte de sus días, Lady Seraphine no era la única encargada de la formación de Everly.
Como todos los hijos de la casa Belmonth, ella debía dominar aquello que había corrido por las venas de su familia durante generaciones.
La magia.
En las profundidades de la mansión existía una sala diferente al resto.
No tenía espejos dorados ni muebles elegantes.
Sus paredes estaban cubiertas de antiguos símbolos grabados en piedra, marcas dejadas por generaciones de Belmonth que habían entrenado en aquel mismo lugar.
Allí no importaba el apellido.
Ni la belleza.
Ni la posición.
Solo el control.
Everly permanecía en el centro de la sala, con los ojos cerrados y una mano extendida frente a ella.
Una pequeña esfera de energía oscura flotaba sobre su palma, inestable, como una llama que luchaba por mantenerse encendida.
Respiró lentamente.
Recordó las palabras que escuchaba una y otra vez:
El poder sin control es destrucción.
El poder con voluntad es una herramienta.
La esfera comenzó a estabilizarse.
Pero unos segundos después, pequeñas grietas de energía recorrieron su superficie y desapareció.
Everly abrió los ojos.
—Otra vez.
La orden vino de su instructor.
Ella no protestó.
Volvió a intentarlo.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Porque eso también era parte de ser una Belmonth.
No bastaba con tener talento.
Había que tener disciplina.
Mientras practicaba, recordó algo que Seraphine le había dicho esa misma mañana.
"Una persona que no puede dominarse a sí misma jamás podrá dominar nada más."
Y comprendió que ambas enseñanzas eran más parecidas de lo que había imaginado.
La etiqueta le enseñaba a controlar sus palabras.
La magia le enseñaba a controlar su fuerza.
Una le permitía enfrentarse a la nobleza.
La otra, a cualquier enemigo que intentara destruirla.
Finalmente, la energía volvió a aparecer en su mano.
Esta vez no era inestable.
No era salvaje.
Era tranquila.
Controlada.
Everly abrió los ojos y observó la luz oscura que descansaba sobre su palma.
Por primera vez, no intentó hacerla más poderosa.
Intentó hacerla más precisa.
Y esa diferencia era justamente lo que separaba a alguien con poder...
de alguien digno de poseerlo.
La sala de entrenamiento mágico permanecía en silencio.
Solo se escuchaba la respiración de Everly y el leve zumbido de la energía acumulándose en sus manos.
La esfera oscura volvió a aparecer frente a ella.
Esta vez era diferente.
Más estable.
Más obediente.
Everly mantuvo la concentración, pero una voz desde la entrada rompió el momento.
—Vas mejorando.
La energía desapareció al instante.
Everly abrió los ojos y giró lentamente.
—Eryan.
Su segundo hermano estaba apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión divertida en el rostro.
—Aunque debo admitir que esperaba ver otra explosión.
Everly levantó una ceja.
—Qué alentador.
Eryan sonrió y entró en la habitación.
—Vamos, sabes que es una tradición Belmonth. Si algo sale mal durante un entrenamiento, significa que al menos fue memorable.
Everly negó con la cabeza.
—No todos tenemos tu forma de aprender.
—Lo sé.
Eryan caminó hasta el centro de la sala.
—La tuya es más elegante.
Miró las marcas antiguas en las paredes.
—Incluso tu magia parece saber que alguien la está observando.
Everly no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—¿Y la tuya qué hace? ¿Romper cosas antes de preguntar?
—Eso ocurrió una sola vez.
Everly lo miró en silencio.
Eryan apartó la mirada.
—Está bien. Tal vez dos.
Por un momento, la tensión de la práctica desapareció.
Pero Eryan volvió a observarla con más seriedad.
—Hablando en serio...
Se acercó un poco.
—Has cambiado.
Everly guardó silencio.
—Antes intentabas hacerlo todo perfecto desde el primer intento.
Miró la zona donde había estado la esfera mágica.
—Ahora pareces más tranquila.
Ella bajó la vista hacia sus manos.
—Lady Seraphine dice que el control es más importante que la fuerza.
Eryan asintió lentamente.
—Tiene sentido.
Una pausa.
—Aunque me sorprende que alguien haya conseguido que tú escuches consejos.
Everly lo miró con una expresión ligeramente ofendida.
—¿Eso fue un insulto?
—Una observación.
—Fue un insulto.
—Una observación con cariño.
Por primera vez en varios días, Everly sonrió de verdad.
Eryan dio un paso atrás.
—Sigue practicando.
—¿No ibas a darme algún consejo?
Él sonrió.
—Sí.
La miró de reojo.
—No intentes controlar tu magia como si fuera un enemigo.
Everly prestó atención.
—Es parte de ti. Si la tratas como una amenaza, siempre intentará escapar.
Dicho eso, comenzó a caminar hacia la salida.
—Y por cierto...
Se detuvo.
—Seraphine estaría orgullosa de esa postura.
Everly sonrió ligeramente.
—¿Ahora también eres experto en etiqueta?
Eryan abrió la puerta.
—No.
Pausa.
—Pero sé reconocer cuando alguien empieza a convertirse en alguien peligroso.
Y se marchó.
Everly volvió a mirar sus manos.
La magia apareció otra vez.
Pero esta vez no tuvo que obligarla.
La energía respondió como si finalmente hubiera entendido quién era su dueña.