Luego de morir, reencarna en el cuerpo de la villana de un juego. Decidida a no morir, se va de vacaciones con su fortuna. Pero su paz es interrumpida con la llegada de un huevo de dragón.
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Capitulo 19
El silencio que se apoderó del pasillo de los aposentos imperiales era tan denso que casi podía cortarse. Un segundo antes, el aire vibraba con el calor residual de un beso apasionado; ahora, se había congelado por completo.
Gariel se separó lentamente de Vivienne. La calidez que había suavizado sus facciones de dragón se esfumó en un parpadeo, siendo reemplazada por la máscara rígida e implacable del emperador. Sus ojos dorados, que aún conservaban un destello de fuego, se clavaron directamente en la rendija de la puerta de madera tallada.
La silueta detrás de la puerta intentó retroceder, pero la magia oscura de Vivienne la mantenía firmemente sujeta al suelo, como si sus pies hubieran echado raíces de piedra en las baldosas.
Gariel avanzó. Cada uno de sus pasos resonaba en el pasillo como un golpe de tambor de guerra.
Abrió la puerta de par en par con un movimiento seco, revelando por completo a la mujer que se hacía llamar "Elene".
—¿Pensaste que tu burdo disfraz funcionaría en mi propio palacio? —la voz de Gariel no era un grito; era un susurro.
Elene «o mejor dicho, Seras» intentó forzar una expresión de inocencia, pero el pánico ya se había instalado en sus ojos.
—M-mi señor... no entiendo a qué se refiere... —balbuceó, esforzándose por modular su voz para mantener su papel de diplomática humana—. Solo soy una enviada del sur... Yo...
—Silencio —siseó el emperador.
Sin previo aviso, Gariel levantó la mano. Sus dedos, adornados con garras de dragón que comenzaban a emerger debido a la ira, se cerraron alrededor del broche de plata que la mujer llevaba prendido en el pecho de su vestido azul. Con un tirón violento, arrancó el artefacto de cuajo, desgarrando la costosa seda.
El efecto fue inmediato y devastador.
El suave y artificial olor a lavanda y rosas que emanaba de ella desapareció en el aire, disipándose como el humo. En su lugar, un torrente de energía rancia y el inconfundible olor a humano corrupta inundó el pasillo.
Al mismo tiempo, debido al brusco movimiento del forcejeo, la elaborada peluca castaña que cubría su cabeza se soltó y cayó al suelo de piedra. Una cascada de cabello plateado, brillante y desordenado, se derramó sobre sus hombros.
Los guardias imperiales soltaron exclamaciones de asombro y horror. Dieron un paso al frente al unísono, desenvainando sus espadas con un eco metálico que llenó el pasillo.
—¡La exemperatriz! —murmuró uno de los capitanes, incrédulo.
Seras, desprovista de su camuflaje y expuesta ante la corte que alguna vez gobernó, dejó caer su fachada de sumisión. Sus labios se curvaron en una mueca de puro odio y sus ojos azules, se fijaron en Gariel.
—Hola. Cariño. He vuelto a mi hogar.
Gariel la miró desde su imponente altura. No había odio en sus ojos, tampoco compasión. Solo una frialdad absoluta, la mirada de un juez que ya ha dictado sentencia.
—Ya no eres nada en este imperio, Seras. Tu existencia aquí es una ofensa para mi pueblo y una amenaza para mi hijo.
Seras intentó liberarse de las ataduras invisibles de Vivienne, pero el veneno de las sombras seguía bloqueando sus canales de energía. Se retorció, desesperada, buscando el apoyo de los guardias, pero solo encontró miradas de desprecio y asco.
—Gariel, por favor... —rogó, intentando cambiar de estrategia al ver que la fuerza no funcionaría—. Fui tu esposa. Tuvimos un lazo. No puedes encerrarme en una torre como a una criminal común...
—Tienes razón —la interrumpió el emperador, con una sonrisa helada que heló la sangre de la traidora—. No irás a una torre. Las torres son para los prisioneros políticos que merecen un ápice de respeto. Tú no eres más que una traidora que intentó dañar al heredero de la corona.
Gariel levantó la mano y señaló el suelo.
—Llévensela. Arrójenla directamente a la fosa común de las mazmorras de alta seguridad. Sin comida, sin luz y sin derecho a visitas. Que se pudra entre los huesos de los traidores.
Las órdenes del emperador eran innegables. En el imperio de los dragones, su palabra era la ley máxima, y nadie se atrevería a cuestionarla.
Dos robustos guardias de la élite imperial dieron un paso al frente. Agarraron a Seras fuertemente por los brazos, levantándola del suelo sin el menor cuidado. La mujer comenzó a patalear y a gritar, maldiciendo, perdiendo toda la elegancia que alguna vez la caracterizó.
Mientras era arrastrada por el largo pasillo de piedra, dejando tras de sí un rastro de gritos histéricos, Vivienne dio un paso adelante desde el balcón.
Se apoyó perezosamente contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho. Su cabello morado caía con perfecta elegancia sobre sus hombros, y una sonrisa de absoluta y maliciosa satisfacción se dibujó en sus labios.
No la conocía como tal. Pero si sabía que fue la mujer que abandonó a su propio hijo. Del pequeño que se ha robado el corazón de la ex villana.
Por eso y por más, Vivienne la odia.
Vivienne no intentó ocultar su regocijo. Miró directamente a los ojos desorbitados de Seras mientras los guardias la arrastraban escaleras abajo. Con un gesto lento y burlón, Vivienne levantó una mano y movió los dedos a modo de despedida.
Sabía que este era solo el primer asalto, y lo había ganado de manera magistral. Había expuesto a su enemiga, la había humillado frente al hombre que Seras una vez concidero su esposo y ahora la vería hundirse en la miseria más profunda del palacio.
Gracias por compartir tan maravillosa historia💕