El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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12. LA PRIMERA NOCHE DE VERDAD.
El clic de la pluma todavía retumbaba en las paredes cuando la solté.
No firmé.
La dejé caer sobre el contrato, manchando la cláusula del heredero con un punto negro de tinta. Como sangre.
Emiliano no se movió. No parpadeó. Solo me miró, y en sus ojos grises vi algo peor que la furia: vi decepción. Como si de verdad hubiera creído que aceptaría.
“Entonces eliges la cadena perpetua”, su voz era hielo seco. Cada palabra quemaba. “Muy bien, esposa.”
La forma en que dijo “esposa” me dio escalofríos. Ya no era un título. Era una condena.
Caminó hacia mí, lento. Rodeó el escritorio. Yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la biblioteca. Libros, conocimiento, escapismo… nada de eso me iba a salvar ahora.
“Si no vas a darme un heredero por contrato…” Se detuvo a un suspiro de mí. Su cuerpo bloqueando toda salida. “Entonces tendrás que darme uno por obligación.”
El pánico me subió por la garganta. “No… no puedes obligarme. Hay leyes…”
“¿Leyes?”, se rio. Un sonido sin humor. “Esmeralda, tú y yo nos casamos ante la ley. Eres mi esposa. Vivir en esta casa, dormir en mi cama… cumplir como esposa…” Se inclinó, su aliento en mi oído. “Todo eso es legal. Y esta noche, mi esposa, vamos a empezar a cumplir.”
Me tomó de la muñeca. No con fuerza. Con posesión. Como si ya fuera suya.
“No me toques”, siseé, tratando de zafarme. “Te juro que si me tocas te…”
“¿Qué?”, me desafió, sus labios rozando mi mandíbula. “¿Me odiarás? Ya lo haces. ¿Gritarás? Nadie te escuchará. ¿Me clavarás un cuchillo mientras duermo?” Se apartó un poco para mirarme. Y sonrió. Triste. Rota. “Adelante. Pero esta noche, eres mía.”
Me arrastró escaleras arriba. No luché. ¿Para qué? La casa entera era de él. Las cámaras, los guardias, las paredes. Gritar era inútil.
Abrió la puerta de su habitación. No la de huéspedes donde yo había estado durmiendo. La suya. La del rey. Oscura, enorme, oliendo a él. A madera, a whisky y a tormenta.
Cerró la puerta con llave. El sonido del metal fue definitivo.
Por un segundo, solo nos miramos. Yo contra la puerta, él en medio de la habitación. El depredador y la presa que ya sabía que no había escape.
Emiliano se quitó el saco. Luego el reloj. Cada movimiento, deliberado. Controlado. Como si estuviera desarmando una bomba. O armándola.
“Te di una opción, Esmeralda”, dijo, desabrochándose los gemelos. El oro cayó sobre la cómoda con un clink. “Te ofrecí libertad. Elegiste la jaula.”
“Elegí no venderme”, escupí. Las lágrimas me ardían, pero me negaba a dejarlas caer. No le daría ese gusto. “Hay una diferencia.”
Él se detuvo. Con la camisa a medio desabrochar, dejando ver la piel de su pecho, de su abdomen marcado. El mismo pecho que vi bajo la lluvia.
“¿Y esto qué es, entonces?”, su voz se quebró. Dio dos pasos y me acorraló contra la puerta. Apoyó un brazo a cada lado de mi cabeza. Encerrada. “¿No es venderse esto? Dejar que te toque porque no tienes otra opción. Porque firmaste un maldito papel hace tres semanas.”
Tenía razón. Y odié que tuviera razón.
Bajé la mirada. No podía verlo. Verlo así, roto y furioso y hermoso, dolía más que los golpes.
Su dedo índice me alzó la barbilla. Suave. Obligándome a mirarlo.
“No llores”, susurró. Y por primera vez, no sonó a orden. Sonó a súplica. “Por favor, Esmeralda. No llores. Puedo con tu odio. Puedo con tu rabia. Pero tus lágrimas…” Cerró los ojos, como si le doliera. “Tus lágrimas me matan.”
Y entonces me besó.
No como en la oficina. Con rabia, con castigo. Este beso fue… desesperado. Hambriento. Como un hombre muriéndose de sed y yo fuera el agua. Sus labios eran suaves, exigentes, sabían a whisky y a promesas rotas.
Y yo… yo no lo empujé.
Mi cuerpo traicionero, el mismo que respondió bajo la lluvia, se rindió. Mis manos, que querían golpearlo, se aferraron a su camisa. Mis labios, que querían maldecirlo, le devolvieron el beso.
Porque en ese momento, entre el odio y el miedo, entendí la verdad más cruel de todas:
Yo no le tenía miedo a él.
Le tenía miedo a lo que él me hacía sentir.
Emiliano se separó, respirando como si hubiera corrido un maratón. Su frente contra la mía. Sus ojos abiertos, sorprendidos, buscándome.
“Dime que pare”, jadeó. Su voz ronca, rota. “Dime que pare y paro, Esmeralda. Te juro por mi vida que paro. Pero tienes que decirlo. Ahora.”
El silencio. Mi corazón. Su respiración. La decisión.
Y no dije nada.
No lo empujé. No grité. No lloré.
Solo lo miré. Y en mis ojos, él leyó la misma rendición que yo sentía en la sangre.
Emiliano cerró los ojos un segundo. Como si acabara de ganar una guerra que no quería pelear.
Cuando los abrió, ya no había hielo. Solo fuego.
“Entonces que Dios nos perdone”, susurró contra mis labios. “Porque yo no lo voy a hacer.”
Y su boca volvió a encontrar la mía mientras sus manos me alzaban del suelo.
La primera noche de verdad… había empezado.