La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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El reflejo del verdugo
El sándalo y el jazmín tienen la propiedad de camuflar el olor a miedo, pero no el sabor a sangre que a veces regresa a la boca sin previo aviso.
Ela deslizó la yema del dedo índice sobre el nacimiento de su clavícula izquierda. Allí donde antes había una piel tersa, ahora corría una cicatriz difusa, un relieve blanquecino que los cirujanos plásticos en Suiza no pudieron borrar por completo. Se miró al espejo del tocador. El rostro que le devolvía la mirada ya no era el de la muchacha de veintiún años que vio morir a su padre en un sótano infecto. La mandíbula era más afilada, los pómulos altos daban una sombra aristocrática a sus ojos y la mirada tenía una fijeza gélida, casi felina.
Aquella noche de horror seguía grabada a fuego en su mente. Recordaba los gritos ahogados de su padre, el sonido metálico de los golpes y las risas roncas de los hombres que exigían las firmas para ceder la empresa de skincare. Recordaba a su madre, paralizada por el terror antes de desvanecerse en la oscuridad del pasillo; al día siguiente, cuando la policía llegó, su madre ya no estaba. Había desaparecido sin dejar rastro, como si la tierra se la hubiera tragado.
Después vino el colapso. La mente de Ela se fragmentó. Los meses en la clínica de salud mental fueron un borrón de paredes acolchadas, camisas de fuerza y jeringas frías que adormecían sus deseos de morir y de cortarse la piel para sentir algo real. En ese infierno perdió lo último que le quedaba: el rastro de Tomás. El hijo huérfano que su padre había rescatado de la calle, el muchacho que se había criado con ella como un hermano incondicional, simplemente se esfumó mientras ella estaba recluida.
Pero del fondo del abismo la rescató Victoria.
Victoria, una mujer con una fortuna tan inmensa como su resentimiento hacia el mismo conglomerado que había destruido a la familia de Ela, vio en ella el arma perfecta. Le dio un nombre nuevo: Susana. Le dio un pasado como refinada maestra de tango en Europa, una postura impecable y una herencia ficticia. Victoria se convirtió en su madre ante el mundo, la sombra elegante que financiaba cada uno de sus movimientos.
—¿Estás lista, mi amor? —La voz masculina, cálida y cotidiana, rompió el silencio de la habitación.
Ela no se sobresaltó. Controlaba cada fibra de su cuerpo. A través del espejo, vio entrar a Julián. Llevaba un traje de sastre impecable y una sonrisa de esposo devoto.
Ela sintió la náusea subir por su garganta, pero la transformó en una sonrisa perfecta, ladeando la cabeza. Las manos de Julián se posaron en sus hombros. Esas mismas manos que ahora la acariciaban con suavidad eran las que, cinco años atrás, sostenían la barra de hierro que destrozó las piernas de su padre. Julián era un peón ambicioso del conglomerado, uno de los hombres que entró a su casa aquella noche. Él no tenía idea de que la hermosa y enigmática Susana, la mujer con la que se había casado hacía dos años tras un "encuentro casual" diseñado por Victoria, era la misma joven que lloraba sobre el cadáver de su víctima.
—Casi lista, Julián —respondió ella, con una voz modulada para sonar dulce—. ¿Dónde está Lucía?
—Esperando en el recibidor. Está ansiosa por su primer día de gala en el nuevo colegio. No quiere que lleguemos tarde.
Lucía era la hija biológica de Julián, fruto de una relación pasada. Ela la estaba criando como si fuera suya, dándole un afecto meticulosamente calculado. Amar a la hija del asesino de tu padre es la forma más retorcida de tortura silenciosa; el día que la verdad saliera a la luz, Julián entendería que incluso el corazón de su hija pertenecía a su enemiga.
—Vamos entonces. No hagamos esperar a nuestra princesa —dijo Ela, poniéndose de pie.
El jardín de la escuela privada Saint Michel parecía un catálogo de opulencia. Carpas de lino blanco protegían a los invitados del sol de la tarde, mientras camareros con guantes blancos ofrecían copas de champán a la élite financiera del país.
Al llegar, Ela divisó de inmediato a Victoria. Su "madre" vestía un traje de dos piezas de Chanel en tono crema, sosteniendo una copa con una distinción natural que atraía las miradas de respeto de las demás familias. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Ela, hubo un destello de entendimiento absoluto. La farsa estaba en marcha.
—Susana, querida —saludó Victoria, acercándose con una sonrisa ensayada—. Julián, qué gusto verlos. La pequeña Lucía se ve preciosa.
—Gracias, suegra —respondió Julián, inflando el pecho de orgullo. Para un trepador como él, tener a una mujer de la alcurnia de Victoria como suegra era el trofeo máximo.
Antes de que Ela pudiera contestar, un murmullo de respeto reverencial barrió el jardín. La multitud se apartó sutilmente para abrir paso a los verdaderos dueños de la ciudad.
Ela sintió que la sangre se le congelaba, aunque su rostro permaneció impasible. Era el clan del conglomerado.
Al frente caminaba el viejo patriarca, el hombre que dio la orden de torturar a su padre para arrebatarle las patentes de la empresa de cosméticos. A su lado, su hija: una mujer de sonrisa plástica, enjoyada hasta el exceso, de mirada altiva y cruel. Y un paso atrás, el padre de Kang, el socio intelectual que había planeado el aspecto legal de la expropiación sangrienta. Ellos eran los monstruos que habían despedazado su vida.
Y en medio de ellos, con una elegancia que rozaba la soberbia, caminaba el CEO Kang.
Kang era el esposo de la hija del patriarca, pero no tenía las manos manchadas de sangre. Él no estuvo en el sótano. No ordenó la tortura. De hecho, creía que la empresa de skincare que ahora presidía había sido adquirida mediante una absorción corporativa agresiva pero lícita. Había sido colocado en el puesto por su mente brillante y su impecable reputación para limpiar la imagen del holding. Kang era el cerebro que mantenía a flote la fortuna de los asesinos, el yerno perfecto atrapado en un matrimonio de conveniencia.
Y era, también, la pieza que Ela necesitaba seducir para destruirlos desde el corazón de su propio imperio.
—Los jefes del holding están aquí... —susurró Julián, visiblemente tenso y ansioso por hacerse notar ante sus superiores—. Susana, debería ir a saludarlos. Si me ven con ustedes, tal vez...
—Ve, mi amor —interrumpió Ela con suavidad, dándole un leve empujón en el brazo—. Ve a presentar tus respetos. Victoria y yo cuidaremos de Lucía.
Julián asintió rápidamente, acomodándose el cuello de la camisa antes de avanzar con paso sumiso hacia el grupo de directores. Ela lo vio alejarse con un desprecio insondable. Camina hacia tu propia horca, Julián, pensó.
Giró la cabeza hacia Kang. El CEO se había apartado sutilmente del grupo familiar, mostrando un claro hastío por las adulaciones de los presentes. Sostenía una copa de vino tinto mientras observaba el horizonte con una mirada distante y calculadora.
Ela le entregó la mano de Lucía a Victoria. Las dos mujeres se miraron. No hacían falta palabras.
Ela avanzó por el césped con una gracia felina, la postura erguida de quien ha dominado el arte del tango, donde cada paso es una declaración de intenciones. Se colocó cerca de la mesa de bebidas, justo en la dirección en que el viento soplaba hacia Kang, permitiendo que el aroma de sándalo y jazmín viajara directamente hacia él.
Pidió una copa de agua mineral. Al tomarla, hizo un movimiento calculado, rozando levemente el brazo de Kang al pasar a su lado, provocando que unas gotas de agua salpicaran el zapato del hombre.
—Oh, lo lamento tanto. Qué torpeza la mía —dijo Ela, bajando la voz a un tono aterciopelado y magnético.
Kang, que ya se preparaba para responder con su habitual frialdad distante, se detuvo en seco al levantar la vista. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Ela. Hubo un segundo de silencio absoluto en el que el ruido de la gala pareció desvanecerse. La mirada de Susana no era sumisa ni buscaba complacerlo; era una mirada profunda, cargada de un misterio que desafiaba su habitual control.
—No se preocupe —respondió Kang, su voz profunda resonando en el pecho de Ela—. No ha sido nada.
—Soy Susana —dijo ella, extendiendo una mano delicada, desprovista de guantes, fría y firme.
Kang aceptó el saludo. El contacto físico duró un instante más de lo estrictamente protocolar. El CEO escaneó su rostro, intrigado por la extraña y magnética familiaridad de su porte, sin sospechar que acababa de estrechar la mano de la heredera legítima sobre cuyo dolor se erigía su presidencia.
—Kang —respondió él, sin soltar de inmediato su mano—. No la había visto antes en estos eventos escolares.
—Somos nuevos en el Saint Michel —sonrió ella, con una calidez enigmática mientras, de reojo, observaba a Julián tratando de congraciarse inútilmente con el suegro de Kang—. Pero presiento, señor Kang, que nos vamos a ver muy seguido.
Ela retiró su mano con suavidad, le dedicó una última mirada cargada de promesas invisibles y dio media vuelta, dejándolo con la palabra en la boca y el aroma de su perfume suspendido en el aire. Kang la vio alejarse entre la multitud, con la curiosidad completamente encendida, ignorando por completo el llamado de su esposa.
La trampa estaba abierta, y el depredador acababa de dar el primer paso hacia su propia ruina.