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11
Capítulo 11. El hombre que debía haber muerto
Lyra no podía apartar la mirada.
Era él.
No importaba cuánto hubiera cambiado ella.
No importaba el tiempo que hubiera pasado.
Reconocería ese rostro incluso entre miles de personas.
Simon Ardent.
Hijo del marqués Ardent.
Un joven noble admirado por su inteligencia, su educación impecable y su encanto irresistible.
Para la nobleza, Simon era un caballero ejemplar.
Para ella...
Era el hombre que la había llevado al bosque con la promesa de una sorpresa la víspera de su boda.
El hombre que, después de confesar que jamás la había amado, atravesó su corazón con una espada.
Todo para quedarse con la fortuna de su familia y el poder que su matrimonio le otorgaría.
Lyra sintió cómo la rabia recorría cada rincón de su cuerpo.
Pero esta vez no era una joven indefensa.
Esta vez...
Había regresado.
—¿Qué sucede, Lyra?
La voz de Conrad la hizo volver a la realidad.
Ella respiró profundamente antes de responder.
—Nada...
Mintió.
—Solo recordé algo.
Conrad siguió la dirección de su mirada.
Sus ojos dorados se detuvieron sobre Simon.
El aire pareció enfriarse.
Una oscura intención asesina cruzó fugazmente por sus ojos.
No necesitó preguntar.
Comprendió de inmediato que aquel hombre estaba relacionado con el dolor de Lyra.
Al mismo tiempo, Simon levantó la vista.
Su conversación se interrumpió al reconocer la imponente figura que caminaba por la avenida.
Su rostro perdió el color.
—¿El... Archiduque Conrad?
Los nobles que lo acompañaban también quedaron en silencio.
El hombre más poderoso del Imperio.
El Archiduque que gobernaba las tierras fronterizas.
El noble al que incluso el emperador trataba con respeto.
Y, según los rumores...
El verdadero Rey de la Corte Oscura.
Lo que realmente sorprendió a Simon no fue verlo allí.
Sino descubrir que caminaba al lado de una joven desconocida.
El Archiduque jamás permitía que nadie se acercara demasiado.
Mucho menos una mujer.
¿Quién era ella?
Simon frunció ligeramente el ceño.
No recordaba haber visto antes aquel rostro de ojos amatista y cabello plateado.
Sin embargo...
Algo en ella le resultaba inquietantemente familiar.
Lyra notó cómo la observaba.
Y entonces...
Sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era pequeña.
Fría.
Llena de una satisfacción que solo ella comprendía.
«Qué alivio...»
«Sigues vivo.»
«Porque un muerto no puede pagar por sus pecados.»
Conrad desvió la mirada hacia ella.
Era la primera vez que veía aquella expresión.
No era la sonrisa dulce que le había regalado al ciervo.
Era la sonrisa de alguien que había esperado demasiado tiempo para ajustar cuentas.
Y comprendió una cosa.
La venganza de Lyra acababa de comenzar.
Los Fae eran seres de los que se hablaba únicamente en voz baja.
Las antiguas leyendas los describían como criaturas nacidas de la magia primordial, mucho antes de que existieran los grandes imperios humanos.
Su belleza era tan sobrenatural que muchos los confundían con dioses.
Vivían durante siglos, dominaban una magia imposible para los humanos y poseían sentidos extraordinarios, capaces de percibir emociones, rastrear aromas a través de enormes distancias e incluso reconocer el alma de la persona destinada para ellos.
A esa persona la llamaban su vinculada.
Un vínculo que no podía romperse ni con el tiempo... ni con la muerte.
Los Fae amaban una sola vez en toda su existencia.
Pero también odiaban con la misma intensidad.
Por eso, cuando uno de ellos perdía a su vinculada...
La historia demostraba que reinos enteros podían desaparecer.
Y entre todos los Fae que existían...
Había uno cuyo nombre era suficiente para sembrar el miedo.
Conrad.
El Rey de la Corte Oscura.
Un hombre al que todos temían.
Excepto la única mujer capaz de devolverle la paz... aunque ella todavía no recordara quién era realmente para él.