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Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: La alianza de la serpiente

El invierno londinense parecía empeñado en congelar hasta los pensamientos más ardientes, pero dentro de los salones privados del club The Amber Room, en el exclusivo distrito de Mayfair, la atmósfera era cálida, perfumada con notas de tabaco de importación, coñac envejecido y perfumes de diseñador. Las paredes revestidas de madera de nogal satinada y los sofás de terciopelo verde botella ofrecían el escenario perfecto para los secretos que no debían ser escuchados por el ciudadano común.

Allí, sentada con una postura de una elegancia milimétrica, se encontraba Victoria Sterling.

Victoria era una mujer de veintiocho años que parecía haber sido diseñada por un escultor de hielo. De cabello rubio platinado perfectamente peinado en un corte bob asimétrico, ojos azules felinos y fríos, y unos labios pintados de un rojo carmín implacable, era una de las figuras más influyentes del círculo social de Mayfair. Pero detrás de su fachada de heredera refinada e inteligente socia de inversiones, se escondía una mente calculadora, sumamente interesada y carente de cualquier escrúpulo cuando se trataba de conseguir lo que quería. Y lo que Victoria quería, por encima de todas las cosas, era convertirse en la señora de la mansión Vance y en la única dueña del corazón —y la fortuna— de Adrian.

Durante años, Victoria había estudiado a Adrian como una pieza de ajedrez. Sabía que era un hombre desconfiado, frío, que valoraba el orden y que mantenía una distancia prudencial con las mujeres. Ella se había esforzado por ser la compañera perfecta: fría cuando él requería espacio, brillante en las conversaciones de negocios y siempre disponible en los eventos de alta sociedad. Estaba segura de que, tarde o temprano, la lógica imperaría y Adrian la elegiría como su esposa.

Sin embargo, la llegada de una variable imprevista había hecho saltar todas sus alarmas.

Esa variable tenía nombre y apellido: Mei Zhang.

Victoria le dio un delicado sorbo a su copa de champán, recordando la Gala de la Fundación Vance de hacía unos días. Había estado observando desde la distancia. Había visto cómo Adrian, el hombre que rara vez perdía la compostura, se había quedado paralizado al ver entrar a la joven china vestida de azul medianoche. Había notado la tensión rígida en sus hombros, el brillo inusual y posesivo en sus ojos grises, y la forma casi desesperada en la que se había interpuesto entre Mei y Julian Sterling.

No era la mirada de un tutor preocupado por la seguridad de la invitada de su hermana. Era la mirada de un hombre hambriento, devorado por una atracción salvaje que luchaba por contener.

—Estás muy pensativa esta tarde, querida hermana —una voz masculina, suave y arrastrada, interrumpió sus pensamientos.

Julian Sterling se deslizó en el sofá de terciopelo frente a ella. Vestía un traje de tres piezas de corte italiano que acentuaba su aspecto de diplomático encantador. Aunque compartían los mismos ojos azules y la misma astucia heredada de su familia, el encanto de Julian era cálido y envolvente, mientras que el de Victoria era afilado como un bisturí.

—Estaba pensando en lo fácil que es para los hombres inteligentes perder la cabeza por una cara bonita y un par de modales exóticos —respondió Victoria, dejando la copa sobre la mesa de mármol con un leve golpe seco.

Julian arqueó una ceja, esbozando una sonrisa divertida.

—¿Te refieres a Adrian? Sí, debo admitir que su reacción el otro día en la gala fue de lo más entretenida. Casi rompe su copa de whisky con la mano cuando me vio hablando con Mei. Quiere pretender que es un témpano de hielo, pero por dentro se está quemando de celos.

—No es divertido, Julian —siseó Victoria, entornando sus ojos felinos—. Adrian es mío. He invertido demasiado tiempo y esfuerzo en construir una relación con él como para dejar que una estudiante de intercambio de veinte años arruine mis planes. Mei Zhang tiene que desaparecer de su órbita. Y rápido.

Julian soltó una risa ligera, recostándose en el sofá mientras jugueteaba con su anillo de sello familiar.

—Mei es una criatura fascinante, Victoria. Su dulzura es cautivadora, pero tiene un misterio, una fijeza en la mirada que me resulta sumamente atractiva. No me importaría en absoluto tenerla a mi lado. De hecho, le envié un ramo de peonías a la mansión y Adrian casi me declara la guerra por teléfono a través de su jefe de seguridad. Es de lo más posesivo.

Victoria se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos brillaron con una intensidad fría y calculadora.

—Entonces, mi querido hermano, me parece que nuestros intereses coinciden de manera perfecta. Tú deseas a la chica, y yo necesito que ella se aleje de Adrian de una vez por todas. Si Mei se entrega a tus brazos, Adrian se verá obligado a retirarse por su propio orgullo. No soportaría la idea de disputarse a una mujer, y mucho menos con unSterling. Su orgullo europeo y su desconfianza harían que la descartara de inmediato.

Julian mantuvo la sonrisa, pero sus ojos azules se volvieron analíticos.

—Es una idea tentadora, Victoria. Pero Mei no es como las otras chicas que he conocido. No se deja deslumbrar por los títulos ni por los regalos caros. Hay una inteligencia muy afilada detrás de esa fachada ingenua. Además, Adrian ha duplicado la vigilancia sobre ella tras el... pequeño altercado que sufrieron en Soho. Mis informantes me dijeron que la seguridad alrededor de la mansión Vance es ahora impenetrable.

Victoria esbozó una sonrisa desprovista de calidez, una mueca que denotaba una malicia pura.

—Toda fortaleza tiene una debilidad, Julian. Y la debilidad de Adrian es su propia necesidad de control y su desconfianza. Si logramos presentar a Mei como una mujer interesada, alguien que está jugando a dos bandas entre tú y él, o que busca utilizar la influencia de nuestra familia para sus propios fines académicos o financieros... Adrian la desechará. Él odia la traición por encima de todo.

Julian se enderezó, visiblemente interesado en el giro que estaba tomando la conversación.

—¿Qué tienes en mente exactamente?

—Mei está buscando una pasantía o una beca de investigación dentro del sector de desarrollo internacional, ¿verdad? —preguntó Victoria, dibujando círculos invisibles en el borde de su copa—. Tu posición en el ministerio de relaciones exteriores te da acceso directo a esos programas. Ofrécele el mundo en bandeja de plata, Julian. Hazle creer que tú eres el único que puede abrirle las puertas de Europa sin necesidad de la "estricta supervisión" de Adrian. Al mismo tiempo, yo me encargaré de sembrar la duda en la mente de Adrian. Haré que parezca que Mei te está buscando activamente a espaldas de Sofia, usando su supuesta ingenuidad para trepar socialmente.

Julian asintió lentamente, asimilando la estrategia. Era un plan brillante, sutil y sumamente venenoso. No requería de violencia física, sino de la manipulación psicológica, el territorio donde los hermanos Sterling eran verdaderos maestros.

—Es un plan impecable, Victoria —admitió Julian con un brillo de complicidad en los ojos—. Pero necesitaremos una oportunidad para ponerlo en marcha. Adrian no la dejará salir sola con facilidad ahora que está tan alerta.

—La oportunidad se presentará sola —aseguró Victoria con frialdad—. Esta semana se celebra la cena privada de la Cámara de Comercio Anglo-Asiática. Adrian asistirá, y Sofia insistirá en llevar a Mei para que empiece a relacionarse con los contactos del sector. Allí es donde actuaremos. Yo me encargaré de mantener a Adrian ocupado, mientras tú aíslas a Mei y le haces una oferta que no pueda rechazar... o que, al menos, parezca que no ha rechazado ante los ojos de Adrian.

Julian levantó su copa de coñac hacia su hermana, sellando el pacto en el silencio del club privado.

—Por el éxito de la alianza, querida serpiente.

—Por nuestra victoria, Julian —respondió ella, chocando su copa de champán con un tintineo cristalino que sonó como una advertencia silenciosa en la penumbra.

Mientras tanto, en la mansión Vance, ajena a las conspiraciones que se tejían en Mayfair, Mei se encontraba en el invernadero de la propiedad. El invernadero era una imponente estructura de hierro forjado blanco y paneles de vidrio templado que albergaba una impresionante colección de plantas exóticas, orquídeas y pequeños bonsáis que el padre de Adrian había coleccionado en sus viajes por Oriente.

Mei vestía un suéter de lana fina color gris y unos pantalones cómodos. Llevaba unas tijeras de podar en la mano, recortando con sumo cuidado las hojas secas de un bonsái de arce japonés que parecía estar sufriendo por el crudo invierno europeo. La paciencia y la concentración con la que realizaba la tarea reflejaban la paz interna que la caracterizaba.

El sonido de la puerta acristalada al abrirse hizo que Mei detuviera su movimiento. No necesitó girar la cabeza para saber quién era; el eco firme de las pisadas y la sutil alteración en la corriente de aire del invernadero le indicaron de inmediato la presencia de Adrian.

Adrian entró despacio, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón sastre de color gris oscuro. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de su camisa blanca remangadas de manera informal. Su rostro mostraba el cansancio de un largo día de reuniones, pero en cuanto sus ojos grises se posaron en la silueta de Mei, la tensión en sus facciones pareció suavizarse sutilmente.

—Marcus me dijo que te encontraría aquí —dijo Adrian, acercándose con pasos pausados, deteniéndose a una distancia que respetaba su espacio pero que le permitía sentir el calor de su presencia—. No sabía que te interesaba la botánica.

Mei sonrió sin apartar la vista del pequeño árbol.

—Los bonsáis requieren mucha disciplina y observación, Adrian. Son como las personas: si los presionas demasiado para que crezcan en una dirección que no es la suya, sus ramas se quiebran. Pero si los guías con paciencia y respetas su naturaleza, pueden convertirse en obras de arte vivientes.

Adrian se colocó a su lado, observando el arce de hojas rojizas. El contraste entre la imponente estatura de él y la delicada silueta de Mei en el invernadero creaba una imagen de una armonía extraña pero innegable.

—¿Crees que yo presiono demasiado a las personas, Mei? —preguntó Adrian con una suavidad inusual en su voz profunda.

Mei dejó las tijeras sobre la mesa de madera y giró su rostro hacia él. Sus ojos oscuros, sabios y sin pizca de malicia, se encontraron con los grises de Adrian.

—Creo que estás acostumbrado a liderar un ejército, Adrian. Y en un ejército, no hay tiempo para la paciencia. Solo hay órdenes y resultados. Pero esta casa no es un cuartel, y las personas que te rodean no son tus soldados. Sofia te ama, pero necesita espacio para cometer sus propios errores. Y tú... tú necesitas aprender a confiar en que no todo el mundo busca hacerte daño.

Adrian apretó la mandíbula sutilmente, sintiendo que sus palabras le calaban hondo. La capacidad de Mei para desarmar sus defensas con un solo comentario era algo que seguía asombrándolo. Dio un paso más hacia ella, sintiendo el aroma a tierra húmeda, flores y el sutil jazmín de su piel.

—Es difícil confiar en un mundo donde la traición es la moneda de cambio habitual, Mei —confesó Adrian con honestidad—. En mi negocio, la desconfianza es lo que me mantiene con vida y protege a mi familia. Pero contigo... contigo me resulta difícil mantener mis propias reglas.

Mei sintió que su corazón daba un vuelco suave. La vulnerabilidad de Adrian, desprovista de su habitual arrogancia, era un territorio sumamente magnético. Despacio, levantó una mano y rozó sutilmente la manga de su camisa blanca, un contacto físico casi imperceptible pero cargado de una electricidad latente.

—La confianza no se impone, Adrian. Se gana despacio, como el agua que abre camino entre las rocas. No tienes que cambiar quién eres para proteger a los tuyos, pero sí debes permitirte ver que no todas las manos que se te acercan llevan un arma oculta.

Adrian sostuvo su mirada, perdiéndose en la profundidad de sus pupilas oscuras. En ese instante de silencio dentro del invernadero, rodeados por el verde de las plantas y el frío del exterior que golpeaba los cristales, la diferencia de edad y de mundos pareció no tener ninguna importancia. Había una conexión real, una fuerza invisible que los atraía el uno al otro con una intensidad incontrolable.

El idilio se rompió suavemente cuando el teléfono de Adrian comenzó a vibrar en su bolsillo. Con un suspiro de frustración contenida, sacó el dispositivo y miró la pantalla.

—Debo atender esto —dijo Adrian, con una voz que denotaba lo mucho que le costaba alejarse de ella—. Es una llamada de la oficina de seguridad de la Cámara de Comercio. La cena de gala es en dos días, y debo afinar los detalles de la seguridad del evento.

—Vaya a hacer su trabajo, señor Vance —respondió Mei con una sonrisa dulce y juguetona—. El bonsái y yo estaremos perfectamente bien aquí.

Adrian esbozó una leve sonrisa, la primera que parecía genuina en muchos días, le dedicó una última mirada cargada de una promesa silenciosa y salió del invernadero con pasos firmes.

Mei observó su silueta alejarse a través de los paneles de vidrio. Sabía que Adrian estaba empezando a abrir su corazón, pero también era consciente de que las sombras del pasado de él y la desconfianza crónica que lo caracterizaba eran barreras que aún debían ser superadas con extrema delicadeza.

La noche de la gala de la Cámara de Comercio Anglo-Asiática llegó con una elegancia sobria y deslumbrante. El evento se celebraba en el prestigioso Guildhall, una joya arquitectónica medieval en el corazón de la City de Londres. Las enormes vidrieras góticas, las banderas heráldicas y las mesas dispuestas con mantelería de lino blanco y arreglos de lirios imperiales daban al espacio un aire solemne y majestuoso.

Mei asistió vistiendo un qipao de seda negra moderno que le llegaba por debajo de las rodillas, con sutiles bordados de hilos de plata que dibujaban ramas de ciruelo en flor a lo largo del costado. El diseño, con un cuello alto tradicional y una discreta abertura lateral, acentuaba la elegancia de su figura y la rectitud de su postura. Su cabello estaba recogido en un moño alto sujeto por un pasador de plata fina, dejando al descubierto su cuello de porcelana y sus hombros esbeltos. Su apariencia era una mezcla perfecta de misterio oriental y sofisticación europea.

Sofia caminaba a su lado, deslumbrante con un vestido de satén verde esmeralda, parloteando entusiasmada sobre los diferentes empresarios y diplomáticos que asistían al evento.

Adrian, como miembro del comité de seguridad y enlace de la Cámara, vestía un esmoquin clásico negro hecho a medida que acentuaba su porte aristocrático. Se encontraba conversando con un grupo de inversores asiáticos en el centro del salón, pero su atención, como ya era costumbre, estaba fragmentada. Sus ojos grises seguían cada movimiento de Mei por el salón con una fijeza posesiva que no pasó desapercibida para nadie.

Especialmente para Victoria Sterling.

Victoria, que vestía un espectacular vestido de corte sirena color marfil que la hacía lucir como una estatua de mármol, se encontraba a pocos metros de Adrian. Al ver la fijeza de su mirada gris sobre la joven china, una chispa de furia helada cruzó sus ojos azules. Se acomodó el brazalete de diamantes en su muñeca y, con una sonrisa ensayada e impecable, se acercó al grupo de Adrian.

—Adrian, querido —saludó Victoria con su voz modulada de alta sociedad, deslizando sutilmente su mano sobre el brazo de él—. Qué evento tan maravilloso has organizado. Los detalles de seguridad son, como siempre, impecables. Debo decir que la presencia de la delegación asiática es realmente impresionante este año.

Adrian se tensó sutilmente ante el contacto físico de Victoria, pero mantuvo sus modales profesionales.

—Gracias, Victoria. Es un evento crucial para las relaciones bilaterales de la firma —respondió de manera formal, retirando sutilmente su brazo bajo el pretexto de tomar una copa de champán de la bandeja de un camarero.

Victoria ocultó su molestia con un leve parpadeo y dirigió su mirada hacia Mei, quien se encontraba conversando con Sofia cerca de la mesa de postres.

—Veo que la pequeña invitada de tu hermana ha venido también —comentó Victoria con un tono casual que destilaba un sutil veneno—. Es una jovencita encantadora, Adrian. Aunque debo admitir que me sorprende verla en un evento de este calibre. Una chica tan... ingenua y de un trasfondo tan sencillo debe sentirse un tanto abrumada entre tanta opulencia. Aunque, por lo que he oído, parece estar adaptándose muy rápido a los lujos de la vida europea.

Adrian entrecerró los ojos. Sus pupilas grises se fijaron en Victoria con una frialdad cortante.

—La señorita Zhang es sumamente inteligente y posee una educación impecable, Victoria. No hay nada en este salón que pueda abrumarla. Y te agradecería que no hicieras suposiciones sobre su carácter o su trasfondo.

La firmeza con la que Adrian defendió a Mei hizo que el odio de Victoria se encendiera aún más. Sin embargo, su sonrisa no flaqueó.

—Oh, no me malinterpretes, Adrian. Solo me preocupo por ella. De hecho, mi hermano Julian me comentó que Mei ha estado muy interesada en los programas de pasantías diplomáticas del ministerio. Julian es tan caballero que se ofreció a ayudarla personalmente a gestionar su postulación. Me parece maravilloso que sea una chica tan... ambiciosa. Sabe perfectamente a quién acercarse para conseguir lo que quiere.

La palabra "ambiciosa", pronunciada con esa sutil entonación de sospecha, golpeó el talón de Aquiles de Adrian: su desconfianza. Una pequeña duda, fría y molesta, se instaló en su mente. ¿Realmente Mei estaba buscando a Julian a sus espaldas? Recordó el ramo de peonías y la insistencia del diplomático. Adrian luchó por desechar el pensamiento, repitiéndose a sí mismo que Mei no era así, pero la semilla de la duda ya había sido plantada por la serpiente.

—Disculpame, Victoria —dijo Adrian de manera abrupta—. Debo saludar al presidente de la Cámara.

Victoria lo vio alejarse con una sonrisa de triunfo absoluto. Hizo una sutil señal con la cabeza hacia el otro extremo del salón, donde Julian esperaba la señal.

Julian, al recibir la indicación de su hermana, comenzó a avanzar hacia Mei. En ese momento, Sofia se había alejado temporalmente para saludar a unos compañeros de la universidad, dejando a Mei sola junto a un gran ventanal que daba a los jardines iluminados del Guildhall.

—Es una noche hermosa, ¿no es así, Mei? —la voz melodiosa de Julian interrumpió su contemplación.

Mei se giró despacio. Al ver al diplomático, su expresión se mantuvo educada y serena, pero sus ojos oscuros analizaron de inmediato su postura y la sutil tensión en sus hombros. Había algo en la forma en que Julian se acercaba esa noche que se sentía demasiado ensayado, demasiado oportuno.

—Buenas noches, Julian —saludó Mei con cortesía—. Sí, el edificio histórico es realmente impresionante.

—No tanto como tú esta noche —replicó Julian, inclinándose sutilmente hacia ella con una mirada cargada de una admiración que pretendía ser desarmante—. Ese qipao te queda espectacular. Es una combinación perfecta de tu cultura y la elegancia que mereces lucir en Europa.

—Es muy amable de su parte —respondió Mei, manteniendo una distancia de seguridad física de manera imperceptible.

Julian dio un paso más, colocándose entre ella y el resto del salón, bloqueando sutilmente la visual de la mayoría de los invitados, pero asegurándose de que su silueta fuera perfectamente visible para Adrian, quien los observaba desde la distancia con la mandíbula tensa. —Mei, he estado pensando mucho en nuestra conversación de la gala anterior —dijo Julian, bajando el tono de su voz a un susurro confidencial—. Sé que estás buscando una pasantía de investigación para este semestre. Mi oficina en el ministerio acaba de abrir una plaza exclusiva para estudios de desarrollo en Asia. Es una oportunidad de oro, Mei. Te daría acceso a archivos diplomáticos confidenciales, becas completas y la oportunidad de viajar por toda Europa de manera oficial.

Mei lo escuchó con atención. La oferta era, objetivamente, extraordinaria. Cualquier estudiante universitaria en su posición habría aceptado de inmediato con lágrimas de gratitud. Pero Mei no era una estudiante común. Su mente analítica comenzó a encajar las piezas del rompecabezas: la oportuna mención de la pasantía, la forma en que Julian se posicionaba físicamente para que parecieran íntimos ante el salón, y la mirada fría de Victoria que los observaba desde lejos.

Era una trampa. Una trampa diseñada para utilizar su supuesta ambición y alejarla de la protección de la familia Vance, o tal vez para hacerle creer a Adrian que ella estaba usando a Julian para su propio beneficio.

—Es una oferta sumamente generosa, Julian —respondió Mei con una dulzura impecable, pero con unos ojos oscuros que brillaban con una agudeza letal—. Sin embargo, mi enfoque académico este semestre está centrado exclusivamente en mis clases de la universidad. No creo que sea el momento adecuado para asumir una responsabilidad de ese calibre.

Julian se mostró visiblemente sorprendido por el rechazo. No estaba acostumbrado a que las mujeres dijeran que no a sus ofertas, y menos a una que representaba tanto avance profesional.

—Mei, piénsalo bien —insistió Julian, extendiendo una mano para tocar sutilmente su antebrazo, un gesto de cercanía que buscaba sellar el impacto visual ante Adrian—. No tienes que depender de la rigidez de Adrian Vance para construir tu futuro aquí. Él es un hombre de negocios, un soldado retirado que solo ve amenazas y límites. Conmigo... conmigo tendrás libertad. Puedo darte todo lo que sueñas en esta ciudad. Solo tienes que confiar en mí.

Desde el centro del salón, Adrian observaba la escena. Al ver a Julian tocar el brazo de Mei y la cercanía física entre ambos, sintió que un volcán de celos y desconfianza estallaba en su pecho. Las palabras venenosas de Victoria sobre la "ambición" de Mei y la posibilidad de que estuviera usándolo a él y a Julian de manera simultánea resonaron en sus oídos como un eco insoportable. Su mente desconfiada, herida por traiciones del pasado en su carrera de inteligencia, flaqueó ante la duda.

La primera grieta en su armadura, la que Mei había abierto con su dulzura y su fuerza, amenazaba ahora con convertirse en un abismo de malentendidos debido al veneno de la serpiente.

Mei, sintiendo la mirada intensa y cargada de dolor de Adrian sobre ella, retiró su brazo del agarre de Julian con un movimiento firme, suave pero definitivo. Su sonrisa dulce se desvaneció, dando paso a esa fijeza de acero que Adrian ya conocía pero que Julian aún no había experimentado en su totalidad.

—Agradezco mucho sus intenciones, Julian —dijo Mei con una voz que era un susurro gélido—. Pero mi futuro lo construyo yo misma, bajo mis propios términos y con mis propias capacidades. No necesito que nadie me regale el mundo en bandeja de plata, y mucho menos a cambio de... intenciones ocultas. Si me disculpa, Sofia me está esperando.

Hizo una perfecta inclinación y pasó por su lado con una elegancia ingrávida, dejando a Julian con la palabra en la boca y una expresión de profundo desconcierto en su rostro habitualmente encantador.

Al cruzar el salón, Mei buscó la mirada de Adrian. Lo encontró de pie junto a una columna de piedra, mirándola con unos ojos grises que reflejaban una dolorosa mezcla de furia, celos y una profunda desconfianza que intentaba ocultar tras su habitual máscara de arrogancia.

Mei supo, en ese instante, que la serpiente de Victoria Sterling había logrado inyectar su veneno. Pero lejos de asustarse, el espíritu de guerrera de Mei se encendió con una determinación inquebrantable. Sabía que la batalla por el corazón de Adrian no solo se libraría contra los delincuentes de las calles, sino contra las intrigas sutiles y calculadoras de la alta sociedad londinense. Y ella estaba más que lista para demostrar que el loto de su amor era capaz de florecer y purificar incluso el veneno más letal.

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