Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.
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Lo que otros ven
Dagmer tenía la costumbre de entrar sin hacer ruido.
No era una habilidad que hubiera aprendido deliberadamente. Era el resultado natural de quince años trabajando para un hombre que pensaba mejor en silencio y apreciaba que no lo interrumpieran a menos que la información fuera urgente o, en su defecto, extraordinariamente interesante.
Esta mañana era las dos cosas.
Cerró la puerta del estudio con el mismo cuidado con que había abierto y depositó el sobre sobre el escritorio, a la izquierda de la taza de té que llevaba ahí suficiente tiempo como para estar fría. Lord Caelan Morth no levantó los ojos del libro que tenía abierto. Terminó el párrafo que estaba leyendo — Dagmer lo conocía lo suficiente para saber que siempre terminaba el párrafo — y solo entonces cerró el libro y tomó el sobre.
Lo abrió con el abrecartas de plata que siempre tenía al alcance.
Leyó.
Sus anteojos se resbalaron levemente hacia la punta de la nariz, como siempre. Se los acomodó con un dedo, como siempre. Y luego se detuvo en algún punto a mitad del documento y volvió a leer ese párrafo dos veces más.
Dagmer esperó.
—Esto es incorrecto —dijo Lord Caelan finalmente.
—Verifiqué la información dos veces, mi señor.
—No digo que sea falso. —Morth dejó el documento sobre el escritorio y lo miró con esa expresión de concentración tranquila que tenía cuando algo genuinamente lo sorprendía, lo cual no ocurría con frecuencia—. Digo que es incorrecto en relación con todo lo que sabíamos antes.
Dagmer asintió despacio.
—Eso es precisamente lo que lo hace interesante.
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Lord Caelan Morth tenía treinta y cuatro años y la apariencia de alguien que había aprendido a ocupar muy poco espacio de forma completamente voluntaria. No era bajo ni particularmente delgado, pero tenía esa habilidad específica de los hombres que prefieren no ser recordados: entraba a una habitación y salía de ella sin que nadie pudiera precisar con exactitud cuándo había ocurrido ninguna de las dos cosas.
Era, en todos los sentidos importantes, el hombre más peligroso que nadie habría sospechado al mirarlo.
Su estudio en la residencia de los Morth era una habitación pequeña en el ala este, con tres paredes cubiertas de libros y una ventana que daba a un jardín que nadie cuidaba demasiado. Los mapas estaban doblados en los cajones, no colgados en las paredes, porque los mapas en las paredes son el tipo de cosa que la gente recuerda haber visto. Los documentos importantes no tenían fechas en el encabezado. Los nombres de las personas a las que se referían eran siempre abreviaciones o referencias en clave que solo Dagmer y él comprendían.
Quince años de precaución producían hábitos muy específicos.
Quince años contando desde la noche en que el Emperador, entonces recién coronado y ya absolutamente despiadado, había mandado ejecutar a su padre y confiscar la mitad de las tierras de la casa Morth bajo cargos de traición que todo el mundo en la nobleza sabía que eran fabricados y nadie dijo en voz alta.
Caelan tenía diecinueve años esa noche.
Llevaba quince años construyendo algo en silencio. Piedra por piedra. Contacto por contacto. Con la paciencia de alguien que entiende que la venganza ejecutada con prisa es solo otro nombre para el suicidio.
Y ahora, finalmente, había una variable nueva en el tablero.
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—La duquesa del Ducado Prevail —dijo, mirando el documento sin tocarlo—. Cuéntame lo que no está escrito ahí.
Dagmer se acomodó frente al escritorio con los brazos a los costados, en esa postura de atención que había perfeccionado con años de práctica.
—Casada hace un mes con el Duque Kael Prevail, segundo al mando del Emperador. Cabello y ojos rojos. Familia noble en bancarrota. El matrimonio fue arreglado por orden imperial. —Hizo una pausa—. Después de la boda dejamos de monitorearla. Consideramos que era irrelevante.
—¿Y ahora?
—Ahora —dijo Dagmer con el tono neutro de quien presenta hechos que no termina de entender—, en el transcurso de dos semanas, la señora Adalyn ha salido de la mansión en dos ocasiones separadas. La primera vez visitó una tienda de armas en el sector artesanal del pueblo. La segunda—
Se detuvo un instante.
—La segunda visitó la sede del Gremio de la Mano Gris.
Silencio.
Caelan juntó las yemas de los dedos frente a su boca. Era un gesto que Dagmer asociaba con los momentos en que su señor procesaba algo que reconfiguraba un análisis previo.
—¿Sola?
—Sola, mi señor. En ambas ocasiones.
—¿Y el Duque?
—Tiene conocimiento de al menos una de las salidas. Su secretario, el joven Devan, lo reportó internamente. Hasta ahora el Duque no ha tomado medidas visibles.
—Lo cual significa que o lo aprueba —dijo Caelan— o le resulta conveniente. —Tomó el documento de nuevo—. ¿Qué más?
—Se decía que la señora Adalyn era una persona completamente retraída. Tímida hasta la parálisis, sin iniciativa, sin opiniones propias. —Dagmer eligió las palabras con su precisión habitual—. Los sirvientes de la mansión reportan que en los últimos días ha reorganizado el personal a su servicio, ha desayunado con el Duque de forma inesperada, ha negociado el acceso a sus deberes y finanzas como Duquesa, y ha intimidado al personal doméstico con una eficacia que ninguno de ellos anticipaba.
—¿Intimidado cómo?
—Amenazas creíbles. Expresadas con calma. —Una pausa—. El personal la toma en serio.
Caelan bajó el documento.
Durante un momento miró hacia la ventana del jardín descuidado, con esa expresión que Dagmer había aprendido a no interrumpir porque significaba que algo estaba siendo reordenado internamente.
—La mujer de la mala suerte —dijo Caelan en voz baja, casi para sí mismo—. Con aspecto horrible. La esposa que solo es un título.
—Así la describían todos los informes anteriores, mi señor.
—Quién diría que esa mujer saldría a investigar a su propio esposo y al Emperador. —Se quitó los anteojos, los limpió con el borde de la manga, y se los volvió a poner con ese movimiento tan habitual que ya era invisible—. ¿Qué le habrá pasado para cambiar tanto?
Dagmer no respondió. No era una pregunta que tuviera respuesta todavía.
—¿Sabe el Gremio con quién trató realmente? —preguntó Caelan.
—Dracon la recibió personalmente. Lo que discutieron no lo sabemos con certeza. Pero la duquesa salió del edificio en menos de una hora, lo cual sugiere que llegaron a un acuerdo. Dracon no suele ver a nadie en menos de una hora a menos que la reunión haya ido bien o muy mal.
—Con Dracon, bien y muy mal a veces se parecen. —Caelan volvió a mirar el documento—. ¿Embarazada?
—Aproximadamente cinco semanas, según nuestro contacto en la mansión.
—¿Y el Gremio lo sabe?
—Dracon lo notó. No podría ser de otra manera.
Caelan asintió lentamente.
Luego se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Era un movimiento poco común en él — prefería pensar sentado — y Dagmer lo interpretó correctamente como señal de que algo importante estaba siendo decidido.
—Dagmer.
—Mi señor.
—Reúneme toda la información que tenemos sobre el Duque Kael Prevail. Sus operaciones para el Emperador en los últimos dos años, sus contactos en la nobleza, sus deudas políticas. —Una pausa—. Y sobre el Emperador quiero saber qué medidas ha tomado en relación con la profecía desde que se confirmó el embarazo.
—¿Investigo también a los nobles allegados a ellos?
—A todos. Especialmente a los que parecen neutrales. Los neutrales en este imperio nunca lo son del todo. —Se giró levemente desde la ventana—. Y una cosa más.
—¿Señor?
—La duquesa. —Sus ojos detrás de los anteojos tenían esa calidad pensativa que precedía siempre a las decisiones de largo plazo—. Monitoréala. Todo. A dónde va, con quién habla, qué pide, qué lee. —Hizo una pausa breve—. Pero no la toques. No te acerques. Que no sepa que existe esta conversación.
—¿Por cuánto tiempo?
Caelan volvió a mirar el jardín.
—Hasta que entienda qué es exactamente lo que ha llegado a ese cuerpo. —Lo dijo en voz baja, con la precisión clínica de alguien que lleva años evaluando variables—. Porque esa mujer no es la misma que se casó con el Duque hace un mes. Y eso, Dagmer, es exactamente el tipo de anomalía que puede cambiarlo todo.
Dagmer asintió.
—Sí, mi señor.
—Puedes retirarte.
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Cuando la puerta se cerró, Caelan permaneció junto a la ventana durante un momento más.
En el cajón de la derecha de su escritorio había un documento que llevaba ahí tres años. Lo había leído tantas veces que podría haberlo recitado de memoria, pero nunca lo hacía porque había ciertas cosas que era mejor mantener solo en papel y no en la mente, donde los sueños podían alcanzarlas.
Era una transcripción. De una profecía pronunciada en el templo del norte.
La duquesa de ojos rojos llevará en su vientre la ruina del tirano. El hijo nacido del frío y la tormenta romperá las cadenas del imperio. Pero primero la madre deberá romperse a sí misma.
Caelan había subrayado la última línea hacía tres años.
Pero primero la madre deberá romperse a sí misma.
Había pasado todo ese tiempo preguntándose qué significaba exactamente. Si era una advertencia. Una condición. O simplemente la forma cruda y honesta en que las profecías describían el precio de las cosas.
Ahora tenía una mujer que había entrado al Gremio de la Mano Gris sola, que había pedido armas, que desayunaba con un duque que la ignoraba como si fuera ella quien estuviera haciéndole el favor.
Rota, pensó. O ya rota. O rompiéndose de una manera que no parece romperse.
No sabía cuál de las tres opciones era.
Pero tenía la intención de averiguarlo.
buenisima historia
me encanta la protagonista..
más capítulos xfavor