⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 6
...AITANA ...
El olor a antiséptico me revolvía el estómago mientras caminaba a pasos apresurados por los pasillos de urgencias. Sentía las piernas de trapo y las lágrimas me nublaban la vista, corriendo por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. La desesperación me estaba consumiendo viva.
«Te lo dije, Camilo... Te lo dije mil veces», me repetía una y otra vez en la mente, como un eco tortuoso.
«Tienes que irte de este barrio. Nunca vas a terminar de pagar las deudas de tu padre, esos infelices nunca te van a dejar en paz».*
La rabia y la culpa me carcomían por dentro. Si tan solo me hubiera escuchado, si tan solo hubiera salido de ese maldito espiral antes de que la violencia lo alcanzara...
Al doblar la esquina y llegar a la sala de espera de urgencias, apreté el bolso contra mi pecho, buscando desesperadamente con la mirada al médico de turno o a alguien que me diera noticias sobre el estado de Camilo. Pero el aire se me congeló en los pulmones.
En medio de la sala, parado cerca de la puerta de cirugía y caminando de un lado a otro con la cara descompuesta por la angustia, estaba él.
Henrry.
Todo a mi alrededor se paralizó de golpe. El murmullo de los monitores, las sirenas a lo lejos, el llanto de otros familiares... todo se redujo a un silencio sepulcral.
Nuestras miradas se cruzaron en el aire como dos placas tectónicas chocando. Henrry se detuvo en seco. Su postura imponente y firme se fracturó por un microsegundo al verme allí; sus ojos, llenos de una preocupación desgarradora por Mía, mostraron un chispazo de absoluto desconcierto y shock al reconocer mi rostro.
Hacía tres años que no nos teníamos así, frente a frente, sin barreras, sin la distancia de la ciudad de por medio.
El peso de nuestra historia, del control, del dolor y del pasado se materializó en el espacio que nos separaba, volviendo el ambiente insoportablemente denso y tenso.
Éramos dos fuerzas opuestas colisionando en el peor escenario posible.
La confusión amenazaba con aplastarme tanto como el miedo.
¿Qué hacía el padre de Mía en la sala de urgencias de un hospital público a medianoche?
Las piezas no me encajaban en la cabeza. Tragué saliva, intentando controlar el temblor de mis manos, y di un par de pasos hacia él.
—Buenas noches, Henrry —dije con la voz un poco quebrada, tratando de mantener la compostura.
Henrry me miró, con el rostro visiblemente demacrado por la angustia y el agotamiento. La dureza habitual de sus facciones estaba resquebrajada.
—Buenas noches, Aitana —respondió con una frialdad, casi automática, apretando los puños dentro de los bolsillos de su abrigo.
Antes de que pudiera preguntarle qué demonios hacía ahí, el sonido de unos pasos apresurados rompió la tensión. Apareció Simón junto a una chica rubia de aspecto sofisticado que traía una taza de café caliente en la mano.
La chica se acercó directamente a Henrry y le entregó el vaso con un gesto de consuelo implícito. Mis cejas se fruncieron; la escena era completamente surrealista. No entendía absolutamente nada.
—Mía también está aquí —soltó Henrry de pronto, rompiendo mi silencio atónito mientras tomaba el café—. Tuvo un accidente. Solo espero a que los médicos me confirmen que está fuera de peligro para trasladarla de inmediato al hospital privado de la familia. Aquí no la voy a dejar.
El mundo me dio una vuelta. ¿Mía? ¿Con Camilo? Mis pensamientos iban a mil por hora, tratando de armar un rompecabezas de pesadilla. Me giré hacia Simón, que tenía los ojos rojos y las manos temblorosas.
—Simón... ¿qué pasó? Por favor, dime qué fue lo que ocurrió —le supliqué, acortando la distancia con él.
Simón miró a Henrry, luego a la chica rubia y finalmente a mí, soltando un suspiro pesado y cargado de culpa.
—Fueron los maleantes del barrio, Aitana... Los mismos de siempre, los que Camilo me dijo que no dejaban de buscarlo —explicó Simón con la voz entrecortada frente a todos—. Se supone que llevaba meses tranquilo porque ha estado pagando puntualmente las cuotas de la deuda que le dejó su padre. No entiendo por qué lo atacaron hoy... no tiene sentido. Yo salí justo en el instante en que el sujeto empujó a Mía. Corrí hacia ellos para ayudar, pero el tipo se dio a la fuga en una moto.
El silencio que siguió a sus palabras duró apenas un segundo. Henrry se quedó paralizado, en absoluto shock, procesando cada palabra de Simón. De repente, la confusión en su rostro se transformó en una rabia ciega y violenta. Los venas de su cuello se marcaron y la taza de café tembló en su mano.
—¿Qué dijiste? —soltó Henrry con una voz profunda y amenazante, dando un paso intimidante hacia Simón—. ¿Entonces por culpa del imbécil de Camilo mi hija está en una camilla de urgencias? ¡¿Por un ajuste de cuentas de un muerto de hambre?!
—¡Henrry, cálmate! —intervine de inmediato, poniéndome entre él y Simón para frenar su avance—. Mía solo fue víctima de las circunstancias. No tengo idea de desde cuándo se estaban viendo o si esto fue una casualidad, pero obviamente Camilo no tiene la culpa de que unos delincuentes aparecieran a atacarlo. Él es una víctima más en todo esto.
—¡No me pidas que me calme, Aitana! —bramó Henrry, señalándome con un dedo tembloroso por la furia—. Esa es la clase de escoria con la que se junta. ¡Sabía que ese muchacho solo le traería desgracias a mi familia, lo supe desde el primer día! Si a Mía le pasa algo, te juro por Dios que ese infeliz no va a contar la historia.
Las palabras de Henrry me golpearon directo en el orgullo y en la memoria. Sentí cómo la sangre me hervía por las venas, sofocando de golpe la angustia por Camilo para darle paso a una indignación pura y lacerante.
—¿"Clase de escoria"? ¿"Muerto de hambre"? —solté con una risa amarga y la voz temblando por la rabia, dando un paso firme hacia él, encarándolo sin el menor rastro de temor—. Vaya... y yo que pensé que ya no hablabas así. Veo que tres años de regreso en tu burbuja, conviviendo otra vez con Norma, te hicieron volver a ser el mismo idiota clasista de antes.
Henrry apretó la mandíbula, pero antes de que pudiera interrumpirme, le di una estocada directa donde más le dolía.
—Te recuerdo, Henrry, que la madre de tu propia hija venía exactamente “de ese tipo de gente” —le espeté, mirándolo fijamente a los ojos con absoluto desprecio—. Y la mujer con la que estuviste hace tres años... también. ¿O es que ya se te olvidó de dónde salí yo?
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Simón y la chica rubia nos miraban paralizados, incapaces de intervenir en el fuego cruzado. El rostro de Henrry se mudó de color, pasmado por la crudeza de mi impacto.
—No metas las cosas del pasado en esto, Aitana —murmuró él con la voz tensa, tratando de recuperar el control.
—No son cosas del pasado, es tu hipocresía de siempre —lo corté sin piedad—. Ya veo que no has cambiado nada. Sigues siendo el mismo idiota de siempre, el hombre sin carácter que se deja manipular por su familia y por sus prejuicios de mierda. Camilo es un muchacho honesto que se está matando trabajando y estudiando para salir adelante, pagando culpas que ni siquiera son suyas. Así que no te atrevas a juzgarlo desde tu pedestal de cristal.
La intervención del médico en la puerta de urgencias cortó la discusión de golpe, como un balde de agua helada sobre la hoguera de tensión que acabábamos de crear.
—¿Familiares de Camilo Sánchez y Mía Montenegro...? —preguntó el doctor en bata blanca, quitándose los tapabocas y revisando una tabla con papeles.
—¡Yo! —dije dando un paso al frente al mismo tiempo que Henrry, quien apenas me miró por encima del hombro antes de fijar su atención en el médico.
—¿Cómo están? ¿Están bien? —preguntó Henrry con la voz gruesa, ocultando el temblor de sus manos.
El doctor suspiró, mostrándonos una sonrisa cansada pero tranquilizadora.
—Afortunadamente, ambos están estables —anunció, y sentí cómo el alma me regresaba al cuerpo de un solo golpe. El peso de mi pecho se alivió apenas un poco—. El muchacho, Camilo, tuvo mucha suerte. La herida fue profunda en el costado, pero la hoja no perforó ningún órgano vital. Ya perdió el efecto de la anestesia ligera y es el primero en despertar. Si gustan, un familiar ya puede pasar a verlo brevemente.
—¿Y mi hija? —interrumpió Henrry de inmediato, dando un paso intimidante hacia el médico, ignorando por completo la noticia sobre Camilo—¿Cómo está Mía?
—La señorita Mía también se encuentra estable, señor —respondió el médico con calma profesional—. Sin embargo, el golpe en la cabeza le provocó una contusión leve. Los estudios no muestran hematomas ni fracturas craneales, pero es normal que tarde un poco más en reaccionar. Solo denle unos minutos más; después de todo, el impacto que recibió al caer fue bastante fuerte. En cuanto despierte, les avisaremos.
Henrry soltó una larga exhalación por la nariz, pasándose las manos por la cara en un gesto de alivio mezclado con la preocupación que todavía le quemaba por dentro.
—Apenas despierte, exijo que la preparen para el traslado —ordenó Henrry, volviendo a su postura rígida.
No me molesté en responderle. Sin perder un solo segundo, dejé a Henrry con su arrogancia en el pasillo, ignoré la mirada inquisitiva de Simón y la chica rubia, y caminé directo hacia la puerta de observación por la que me indicó la enfermera.
Necesitaba ver a Camilo con mis propios ojos.