Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.
Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.
Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.
NovelToon tiene autorización de elaretaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Episodio 18
Después de que William se fue, Arturo miró a Kayla, que estaba de pie no muy lejos de su escritorio. —Vaya al consultorio ahora, los pacientes ya están esperando —dijo Arturo con brevedad, de vuelta a su modo profesional y rígido.
Kayla asintió y se dirigió de inmediato a la sala de consultas. Hoy la agenda del consultorio de neurología estaba muy cargada. Arturo le dio la responsabilidad de realizar la anamnesis inicial y el examen físico de varios pacientes antes de que él interviniera para dar el diagnóstico final.
Una paciente de mediana edad llamada doña Sara entró quejándose de un dolor de cabeza intenso acompañado de visión doble. Kayla comenzó a hacer su trabajo con atención, utilizando la linterna de bolsillo para examinar el reflejo pupilar de la paciente.
—Señora, por favor siga la dirección de esta luz. No mueva la cabeza —indicó Kayla con amabilidad.
Mientras estaba concentrada en el examen, Kayla notó algo anormal en el movimiento ocular de doña Sara. —Nistagmo... —murmuró Kayla en voz baja, y de inmediato pasó a examinar la fuerza motora y los demás reflejos fisiológicos.
Arturo, que acababa de terminar con el paciente anterior, se acercó y se colocó detrás de Kayla. Observó cómo las manos de su esposa se movían con mucha más estabilidad y confianza comparado con la semana pasada.
—¿Cuál es el resultado de su examen, doctora Kayla? —preguntó Arturo con su voz grave justo detrás de la oreja de Kayla, haciéndola sobresaltarse un poco.
—La paciente refiere visión doble y presenta nistagmo en el ojo izquierdo, doctor. La fuerza motora de las extremidades inferiores también está levemente disminuida. Sospecho una lesión en el área de la fosa posterior —explicó Kayla con fluidez.
Arturo se quedó en silencio un momento. Tomó el martillo de reflejos y repitió el examen con rapidez pero con precisión. La comisura de sus labios se elevó ligeramente, casi imperceptiblemente, como señal de satisfacción.
—Análisis bastante agudo. Programe una resonancia magnética con contraste para confirmar —ordenó Arturo, y Kayla asintió.
Mientras una enfermera ayudaba a doña Sara a salir de la sala, Arturo acercó su rostro hacia Kayla. —La lección de anoche parece haber entrado de verdad en tu cabeza —susurró Arturo.
—Es que el paciente de anoche fue muy cooperador, doctor —respondió Kayla.
Arturo solo carraspeó al escuchar la respuesta de Kayla, pero sus ojos siguieron vigilándola cuando llamó al siguiente paciente. Esta vez entró una señora de aspecto distinguido llamada doña Laura, que venía quejándose de rigidez frecuente en el cuello.
—Buenos días, señora. Soy Kayla, yo la examinaré hoy —la saludó Kayla con su característica sonrisa dulce.
Kayla comenzó el examen con esmero, desde tomar la presión arterial hasta palpar el área del cuello y los hombros. Doña Laura observó a Kayla de pies a cabeza con una mirada resplandeciente.
—Ay, pero qué bonita es usted, doctora. Gentil, inteligente y cuidadosa. ¿Ya tiene novio, doctora? Resulta que mi hijo acaba de volver del extranjero, es un empresario exitoso y creo que harían una pareja perfecta —dijo doña Laura mientras tomaba la mano de Kayla una vez terminado el examen.
Kayla se sorprendió y pudo sentir un aura gélida que de pronto le clavaba agujas por la espalda. Arturo, que hasta ese momento estaba escribiendo en el expediente de otro paciente, se detuvo de golpe y presionó el bolígrafo con fuerza contra el papel.
—Gracias por el ofrecimiento, señora, pero por ahora estoy enfocada en mis estudios —respondió Kayla, tratando de declinar con delicadeza.
—Ay, una doctora tan bonita, si no se casa pronto se la van a ganar. Mi hijo es muy guapo, ¿sabe? Luego le mando una foto, ¿le parece? —insistió doña Laura, sin darse por vencida.
Kayla miró a Arturo de reojo. El hombre ya estaba de pie, erguido, con los brazos cruzados frente al pecho, mirando a doña Laura con una expresión sumamente inexpresiva pero letal.
—Discúlpeme, señora, pero no puedo. En... en realidad ya tengo pareja —dijo Kayla.
Al escuchar la palabra pareja, Arturo aflojó ligeramente la mano con la que sujetaba el expediente. Miró la espalda de Kayla y esperó la continuación de la frase de su esposa.
—Qué lástima. A mí me encantaría tenerla de nuera, doctora. Ah, ¿y en qué trabaja su pareja? ¿También es médico? —preguntó doña Laura.
Kayla sonrió levemente, sintiendo un repentino arranque de valentía. —Sí, señora. También es médico. Es muy capaz, aunque es una persona bastante rígida y gruñona —dijo Kayla, lanzando una indirecta dirigida claramente al hombre que estaba detrás de ella.
Arturo casi se atragantó con su propia saliva al escuchar la palabra gruñón frente a una paciente. —Pero para mí, es la persona con la que más puedo contar —continuó Kayla.
—Vaya, qué afortunado es ese doctor de tener una pareja como usted, doctora Kayla —dijo doña Laura.
—Así es, señora —respondió Kayla.
Después de que doña Laura salió, el ambiente en la sala se volvió muy silencioso. Kayla fingió estar ocupada ordenando los instrumentos médicos, sin atreverse a voltear. De pronto, sintió unos pasos que se acercaban.
Arturo se colocó justo a su lado, y la ayudó a ordenar los expedientes. —¿Una pareja rígida y gruñona? —preguntó Arturo.
—¿Eh? Pues es verdad, ¿no, doctor? —respondió Kayla sin voltear, tratando de esconder su rostro enrojecido.
Arturo inclinó su cuerpo hacia Kayla y le susurró justo al lado del oído. —Buena elección de palabras para rechazar a la paciente, pero recuerda, Kayla: si vuelves a llamarme gruñón delante de alguien más, me aseguraré de que te toquen guardias nocturnas extra como calentamiento.
—Disculpe, doctor —dijo Kayla apresuradamente.
Acto seguido, Kayla salió rápidamente de la sala, ya que no quedaban más pacientes. Corrió hasta la sala de internos, donde ya estaban Celina y también Nadia.
—¿Qué les pasó? —preguntó Kayla.
—Jimena fue dada de baja —dijo Celina.
—¿Cómo que la dieron de baja? —preguntó Kayla.
—Porque lo que hizo fue demasiado grave; hizo trampa. Pero no la dio de baja el hospital, sino que su propia universidad la retiró de este hospital —explicó Felipe, que era de la misma universidad que Jimena.
—Qué lástima —dijo Kayla.
—No le tengas lástima, Jimena se lo merecía. Se pasó de la raya. Además, ella pudo entrar a este hospital gracias a las influencias de sus padres; sus papás son funcionarios públicos. Entrar a hacer el internado en este hospital es muy difícil, y las calificaciones de Jimena ni siquiera cumplían con los requisitos —dijo Felipe.
—Bueno, ya no me da tanta lástima entonces. Sí le tuve compasión, pero resulta que usó palancas —dijo Celina.
—Supongamos que hay un interno que entró a este hospital por méritos propios, pero al mismo tiempo tiene una relación con alguno de los doctores de aquí. ¿Ustedes qué pensarían? —preguntó Kayla.
—Pues no habría ningún problema; si entró por sus propios méritos, mientras pueda demostrarlo, todo estaría bien —respondió Felipe.
—Por cierto, ¿quién es, Kay? —preguntó Nadia.
—Eh, nadie, me lo inventé. Es que ayer leí una novela con una trama así —mintió Kayla.
—Ah, ya veo —dijo Nadia.
.
.
.
Continuará…