"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
NovelToon tiene autorización de piscis 1 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El secreto de Lorena.
02:00 – Camarín del Club Eclipse.
La noche había sido particularmente agotadora. Cuatro shows en el escenario principal, dos privados con clientes afortunadamente inofensivos —uno de ellos era un señor mayor que solo quería hablar de su difunta esposa mientras Valeria bailaba— y una discusión tensa con Dante por el porcentaje de las propinas del fin de semana. Valeria estaba sentada frente al espejo de su tocador, quitándose el maquillaje de Luna con manos temblorosas y algodones empapados en desmaquillante, cuando Lorena entró al camarín llorando. No era un llanto discreto, de esos que se pueden disimular con un pañuelo y un poco de corrector. Era un llanto profundo, desgarrador, que le sacudía todo el cuerpo y le deformaba el rostro.
—¡Lore! ¿Qué pasó? ¿Por qué llorás así? —preguntó Valeria, girándose tan rápido en el taburete que estuvo a punto de caerse.
—Es Thiago. Mi nene. Está internado en el Hospital de Niños —respondió Lorena entre sollozos, apoyándose en el marco de la puerta porque las piernas no la sostenían.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué le pasó? ¿Fue un accidente?
—Un ataque de asma. Muy fuerte. El peor que tuvo en años. Estaba en casa de mi mamá, mirando dibujitos animados, y de repente empezó a toser y a ahogarse. No podía respirar, Val. Mi hijo no podía respirar y yo no estaba ahí. Mi mamá llamó a la ambulancia y ahora está solo en una cama de hospital, conectado a un nebulizador, y yo acá, bailando para tipos babosos que me tiran billetes como si yo fuera un objeto.
Valeria se levantó de un salto y abrazó a su amiga con fuerza, sintiendo las lágrimas de Lorena empaparle el hombro de la bata. Las otras chicas del camarín —Pamela, Brenda, Romina— se acercaron también, formando un círculo de contención alrededor de Lorena.
—Andate ya. ¿Qué hacés acá todavía? Andate al hospital, Lore —dijo Valeria, agarrándola de los hombros y mirándola a los ojos.
—No puedo. Dante me debe tres turnos de la semana pasada y si me voy sin cubrirlos, me despide. Ya me lo advirtió hoy cuando llegué. Dijo que si faltaba una noche más, me quedaba sin trabajo.
—¡Pero tu hijo está internado! ¿Qué clase de monstruo es Dante para no entender eso?
—Un monstruo con negocio. A él no le importan nuestros hijos, Val. Solo le importa la caja registradora. Y necesito este trabajo. Más que nunca. El tratamiento de Thiago es carísimo y no puedo quedarme sin ingresos justo ahora.
—¿Tratamiento? ¿No era solo asma lo que tenía Thiago? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño.
Lorena se secó las lágrimas con la manga del batón y se dejó caer en el taburete más cercano. Las otras chicas intercambiaron miradas de preocupación. Pamela apagó su cigarrillo contra el cenicero y se acercó con un vaso de agua.
—No es solo asma —confesó Lorena, después de beber un sorbo—. Thiago tiene una cardiopatía congénita. Nació con un soplo en el corazón, uno de esos que los médicos llaman "comunicación interventricular". Básicamente, tiene un agujerito en la pared que separa los ventrículos. Necesita controles permanentes con un cardiólogo pediátrico, medicación todos los días, estudios cada tres meses. Y la obra social de mierda que tengo no cubre ni la mitad de los gastos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes, Lore? Somos amigas. Nos contamos todo —dijo Valeria, apretándole la mano.
—Porque me da vergüenza. Porque todas tenemos nuestros secretos. Y el mío es que no puedo sola. Que soy la madre soltera que no llega a fin de mes, la que baila semidesnuda en un antro mientras su hijo lucha por respirar en una cama de hospital. ¿Sabés lo que se siente? ¿Sabés lo que es recibir un llamado de tu mamá diciendo que tu hijo se está ahogando y no poder salir corriendo porque estás en medio de un show?
Valeria sintió un nudo en la garganta. Ella sabía exactamente lo que se sentía. Cada noche, cuando se ponía los tacones de Luna, sentía que dejaba un pedazo de su corazón en casa, junto a Mateo y Sofi. Cada noche se preguntaba si sus hijos la perdonarían si supieran la verdad. Cada noche se odiaba un poco más por la mentira en la que vivía.
—Lore, no estás sola. Yo te ayudo. De alguna manera, te ayudo —dijo Valeria, con una determinación que sorprendió incluso a ella misma.
—¿Cómo? ¿Con qué plata? Vos también estás hasta el cuello con lo de tu mamá. No te sobra nada.
—No sé cómo, pero algo se me va a ocurrir. Ahora andate al hospital. Tu hijo te necesita más que este lugar de mierda.
—Val, no puedo dejar el turno sin cubrir. Dante me despidió, te lo juro.
—Entonces yo hablo con Dante. Le digo que te cubro tu turno y que mañana pago yo las horas que debés.
—¿Estás loca? Son tres horas de baile. Vas a terminar muerta de cansancio. Además, ya hiciste tus shows de esta noche.
—Prefiero estar muerta yo a que Thiago esté solo en ese hospital. Andate, Lore. Tu hijo te necesita. Yo me encargo de Dante.
Lorena la miró con los ojos llenos de lágrimas y gratitud. Luego la abrazó con tanta fuerza que a Valeria le crujieron las costillas. Fue un abrazo de esos que dicen más que mil palabras, un abrazo que sellaba una amistad forjada en las trincheras de la noche porteña.
—Sos un ángel, Val. Un ángel caído del cielo en este infierno de neón —dijo Lorena, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Los ángeles no bailan en clubes nocturnos, Lore. Somos guerreras. Sobrevivientes. Eso es lo que somos.
—Gracias. De verdad. Algún día te voy a devolver todo lo que hiciste por mí.
—No me debés nada. Las amigas no llevan cuentas.
Lorena agarró su bolso, se cambió los tacones por unas zapatillas deportivas y salió corriendo del camarín. Valeria se quedó un momento en silencio, mirando su reflejo en el espejo manchado. Había otra vida en juego. Otra familia que dependía de ese lugar oscuro y brillante. Y de repente, sus propios problemas le parecieron un poco menos enormes. Porque si Lorena podía soportar todo eso sin derrumbarse —un hijo enfermo, un trabajo humillante, una soledad aplastante—, ella también podría. Tenía que poder.
—Voy a hablar con Dante —anunció Valeria, poniéndose de pie.
—¿Querés que te acompañe? —preguntó Pamela, encendiendo otro cigarrillo.
—No, Pamela. Esto lo tengo que hacer sola. Quédense tranquila.
—Tené cuidado. Dante está de mal humor esta noche. Dicen que perdió plata en una apuesta de fútbol —advirtió Brenda desde su tocador.
—No me importa. Voy a cubrir el turno de Lorena aunque tenga que bailar hasta el amanecer.
Valeria recorrió el pasillo oscuro hasta la oficina de Dante, golpeando la puerta con los nudillos antes de entrar sin esperar respuesta. Dante estaba sentado detrás de su escritorio, revisando una pila de facturas con el ceño fruncido y un habano apestoso entre los dedos.
—Luna, qué modales. Se golpea antes de entrar —dijo Dante, sin levantar la vista de los papeles.
—Lorena tuvo que irse al hospital. Su hijo está internado. Voy a cubrir su turno.
—¿Ah, sí? ¿Y quién te dio permiso para decidir eso?
—Nadie. Lo decidí yo. Es mi amiga y su hijo está grave.
—A mí no me importa si su hijo está grave o se rompió una uña. Lorena debe tres turnos y si no los cubre, se va a la calle. Tengo una lista de veinte chicas esperando para entrar a este club.
—Entonces cubrile los turnos yo. Bailo sus tres horas además de las mías. Sin cobrar extra.
Dante levantó la vista de los papeles y la miró con una mezcla de sorpresa y diversión, como quien observa a un animal haciendo un truco inesperado.
—¿Sin cobrar extra? ¿Qué te importa Lorena? Es solo una bailarina más. En seis meses se va, como todas.
—Es mi amiga. Y sin ella, yo no estaría acá. Si querés que siga siendo tu socia, aceptás mis condiciones. Lorena recibe un aumento y un seguro médico para el hijo. Thiago está internado y ella no puede pagar el tratamiento completo.
—¿Un seguro médico? ¿Sabés cuánto cuesta eso?
—Me imagino. Pero también sabés cuánto genero yo para este club cada noche. Soy la bailarina más pedida, vos mismo lo dijiste. Si me voy, te quedás sin tu imagen principal.
—Eso es un chantaje.
—No, Dante. Es un negocio. Y los negocios se negocian.
Dante se quedó en silencio durante un minuto entero, jugueteando con su lapicera de metal. Luego soltó una carcajada breve y seca.
—Está bien, Luna. Trato hecho. Mañana mismo arreglo lo del seguro médico para el pibe de Lorena. Pero vos cubrís sus tres turnos de esta noche. Y los de la semana que viene.
—Hecho. ¿Algo más?
—Sí. No te acostumbres a hacerme este tipo de planteos. La próxima vez, no voy a ser tan generoso.
—No va a haber próxima vez, Dante. Cuando mi madre esté curada, yo me voy de este lugar. Y no vuelvo nunca más.
Valeria salió de la oficina con la cabeza en alto y el corazón latiéndole con fuerza. Acababa de enfrentarse al dueño del club y había ganado. Pero el precio era alto: tres horas más de baile, con el cuerpo agotado y los pies destrozados.
Se retocó el maquillaje, se ajustó el corpiño y salió al pasillo en busca del escenario. Todavía quedaban tres horas de turno, un escenario lleno de sombras esperándola y un amanecer lejano en el que, quizás, podría dormir un par de horas antes de que los chicos se despertaran.
Antes de salir a escena, tomó su teléfono y le escribió un mensaje a Lorena:
WhatsApp – Val a Lorena
02:35
Val: Ya hablé con Dante. Turnos cubiertos. Mañana tenés seguro médico para Thiago. Quedate con tu hijo. Todo va a estar bien. Te quiero.
La respuesta llegó casi al instante:
Lorena: No sé cómo agradecerte. Thiago está estable, dormido con el nebulizador. Sos un ángel, Val. Te debo la vida.
Valeria sonrió por primera vez en toda la noche. Guardó el teléfono en el bolsillo de la bata, respiró hondo y caminó hacia el escenario. La música empezó a sonar con un ritmo lento y sensual. Las luces de neón le dieron de lleno en la cara, cegándola por un instante. Y entonces, Valeria volvió a convertirse en Luna, la bailarina que todas las noches dejaba un pedazo de su alma en el escenario del Club Eclipse.