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El Karma del Marido Desleal

El Karma del Marido Desleal

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Completas
Popularitas:92
Nilai: 5
nombre de autor: Miss Ra

Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.

Mientras tanto, el karma no descansaba.

Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.

Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.

NovelToon tiene autorización de Miss Ra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episodio 15

Una tormenta azotaba la capital, reflejando la tempestad que reinaba dentro del apartamento de lujo de Sebastián. Clarissa estaba de pie en medio de la sala, rodeada de cajas de cartón que había sacado a la fuerza del cuarto de almacenamiento.

Respiraba agitada, y sus ojos afilados recorrían cada objeto que alguna vez perteneció a Valentina.

Desde que Sebastián volvió de su viaje de negocios al pueblo, Clarissa había notado un cambio en él. Se quedaba absorto con más frecuencia, mostraba menos entusiasmo al planear la boda y, lo que más la enfurecía, a menudo clavaba la mirada vacía en el cajón de su escritorio.

—No voy a dejar que ese fantasma siga viviendo aquí —siseó Clarissa.

Empezó a vaciar las cajas con violencia. Ropa vieja de Valentina que no alcanzó a llevarse, cuadernos de recetas, una bufanda tejida que aún conservaba el rastro de su perfume suave.

Clarissa arrojó todo al suelo como si fuera basura repugnante.

En el fondo de una de las cajas, encontró un sobre blanco algo gastado. Con una mezcla de curiosidad y odio, lo abrió.

Dentro había una foto pequeña en blanco y negro, con pixeles borrosos que apenas insinuaban una forma.

Era la imagen del primer ultrasonido del hijo de Sebastián y Valentina. En la esquina superior se leía el nombre: Valentina Reyes.

Las manos de Clarissa temblaron. Esa foto era la prueba tangible de que Valentina poseyó algo de Sebastián que ella nunca tendría: un vínculo de sangre.

Para Clarissa, esa imagen no era un simple retrato de un feto, sino la burla de que ella no era más que la segunda en entrar cuando todo ya estaba en ruinas.

—¡Cómo se atreve a dejar esto aquí! —gritó Clarissa a la habitación vacía.

Estuvo a punto de romper la foto, pero una idea más retorcida le cruzó la mente. Si la destruía ahora, Sebastián podría enfurecerse. Tenía que hacerla desaparecer de tal forma que pareciera un accidente o una limpieza rutinaria.

Clarissa llamó a la empleada doméstica que llevaba años trabajando ahí y conocía bien la historia de la casa.

—Lleva toda esta basura al contenedor de abajo. ¡Ahora! No quiero que quede ni una sola caja en el almacén. Necesito ese espacio para mi colección de bolsos nuevos —ordenó Clarissa con tono categórico.

—Pero señora, ¿esas no son las cosas de la señora Valentina? —preguntó la empleada con cautela.

—¡No vuelvas a decir ese nombre delante de mí! —bramó Clarissa—. Llévate todo ahora, o te despido hoy mismo.

Una hora después, Sebastián llegó empapado por la lluvia. Lucía agotado, pero sus ojos se fueron directo al almacén, cuya puerta estaba abierta de par en par y completamente vacío.

—¿Clar? ¿Por qué vaciaron el almacén? —preguntó Sebastián mientras dejaba el portafolio.

Clarissa se le acercó con la sonrisa más dulce de su repertorio, esa que solía derretir cualquier enojo de Sebastián. Lo abrazó del brazo, envolviéndolo en una calidez falsa.

—Cariño, estuve haciendo limpieza. Ese almacén estaba lleno de cosas viejas empolvadas. No es bueno para tu salud, siempre estornudas con el polvo. Así que le pedí a la muchacha que tirara todo para que empecemos a organizar la casa para nuestra boda. Necesitamos espacio para nuestro futuro, ¿no crees?

Sebastián se quedó helado.

—¿Lo tiraron? ¿Todo?

—Sí, al fin y al cabo eran puros trastos inservibles, Seb. ¿Para qué guardar recuerdos de alguien que te traicionó desapareciendo así? —Clarissa le acarició la mejilla con suavidad.

Sebastián enmudeció. El corazón se le vació de golpe. Su mente voló al sobre blanco en el cajón del almacén que mantuvo escondido todo este tiempo. La foto del ultrasonido. La única prueba visual de que estuvo a punto de ser padre.

Sebastián se soltó de Clarissa y corrió al contenedor grande del pasillo del edificio. Pero el personal de limpieza acababa de llevarse toda la basura de esa planta a la trituradora del sótano.

—¡Espere! —gritó Sebastián, pero la puerta del elevador ya se había cerrado.

Sebastián se quedó inmóvil frente al ascensor. Sentía como si le hubieran arrancado la mitad del alma a la fuerza. Él odiaba a Valentina, quería verla sufrir, pero nunca quiso borrar la existencia de su propia sangre de su historia.

Sebastián volvió al apartamento con la cara lívida. Clarissa lo esperaba en el sofá, bebiendo vino.

—¿Qué pasa, Seb? ¿Estás enojado porque tiré esa basura? —preguntó Clarissa, ahora con un tono desafiante.

—¡Ahí estaba la foto del ultrasonido, Clarissa! ¡Era la única foto de mi hijo! —la voz de Sebastián retumbó por toda la estancia.

Clarissa se puso de pie y dejó la copa con un golpe seco.

—¿Tu hijo? ¿Cuál hijo, Sebastián? ¿El hijo de una mujer que ni siquiera te dijo dónde está? ¿Un hijo que a lo mejor ni es tuyo porque se largó así nada más? ¿Te importa más un pedazo de papel que mis sentimientos, que tengo que ver las cosas de tu exesposa todos los días?

—¡No es lo mismo, Clarissa! ¡Es mi sangre!

—¿Cuál sangre? ¡Ella está muerta para nosotros, Sebastián! ¡Tú mismo dijiste que Valentina era basura! ¿Por qué ahora te pones sentimental? —Clarissa se le acercó, con los ojos brillando de manipulación—. ¿O será que quieres volver con ella? ¿Quieres ir a buscarla a ese pueblito? ¡Dime de una vez si no me quieres!

Clarissa empezó a llorar. Un llanto de cocodrilo que tenía bien ensayado. Conocía la debilidad de Sebastián: la culpa.

—Hice esto por nosotros, Seb. Quiero que estemos limpios del pasado. No aguanto vivir a la sombra de Valentina. Si guardas sus fotos, significa que todavía le das un lugar entre nosotros.

Sebastián la miró. Se sentía confundido. Por un lado, la pérdida le perforaba el pecho. Por el otro, la lógica retorcida de Clarissa empezaba a envenenarle la cabeza otra vez. Se sentía acorralado.

—Perdóname, cariño... solo quiero que seamos felices —sollozó Clarissa mientras lo abrazaba con fuerza.

Sebastián no devolvió el abrazo con calidez. Se quedó de pie, rígido. Pero dentro de su cabeza, imaginaba a la mujer del mercado días atrás. La mujer que sonreía con autenticidad sin necesidad de manipular a nadie.

Esa noche, mientras Sebastián intentaba dormir, no podía dejar de pensar en la foto destruida. Su mundo en la capital se sentía cada día más falso.

Mientras tanto, en Villa Esperanza, Valentina encendía una vela porque la luz del pueblo se había ido. Mecía a Santiago, que se reía bajito.

Sobre la mesa de madera, enmarcada en un sencillo marco de madera, descansaba la misma foto del ultrasonido que Clarissa acababa de destruir en la capital. Valentina había guardado su copia con cariño.

—Mira, Santi. Tu padre quizás ya nos borró de su mundo, pero mamá va a cuidar cada recuerdo de que existes —le susurró Valentina.

No sabía que en la capital, Sebastián acababa de perder el único puente emocional que lo conectaba con su hijo.

Y Clarissa, con su sonrisa de triunfo en la oscuridad de la recámara, no se daba cuenta de que al destruir esa foto, había encendido en Sebastián una curiosidad y un arrepentimiento mucho más grandes.

Su manipulación ganó esta noche, pero acababa de plantar una espina en el corazón de Sebastián que tarde o temprano se la devolvería clavada.

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