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Que Dolor Me Da Quererte

Que Dolor Me Da Quererte

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.

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Capítulo 1: La flor del campo

El sol apenas asomaba sus primeros rayos dorados tras los cerros, tiñendo el cielo de un naranja tenue que parecía pintado a mano. El rocío aún brillaba sobre las hojas de maíz y el canto de los gallos se alzaba como un despertador natural para todo el valle. En una pequeña casa de adobe, con techo de teja y un corral de madera que delataba años de uso, Lucía abrió los ojos lentamente, como si cada mañana tuviera que recordar quién era y dónde estaba.

Su habitación era modesta, apenas un cuarto con una cama de tabla, un ropero viejo que había pertenecido a su madre y un pequeño espejo empañado por la humedad del amanecer. Lucía se sentó en la orilla de la cama y se miró en ese espejo. Su rostro era, sin duda, el más hermoso de todo el valle. Sus ojos color miel brillaban con una luz propia, su cabello largo y oscuro caía en ondas naturales hasta la cintura, y sus labios carnosos dibujaban una sonrisa tímida que desarmaba a cualquiera. Pero ella no era consciente de su belleza. Para ella, era solo una campesina más, hija de un hombre estricto que le había enseñado que el trabajo y la humildad eran las únicas virtudes que valían la pena.

—¡Lucía! —gritó la voz ronca y autoritaria de su padre desde la cocina, acompañada del golpe seco de un cucharón contra la olla—. ¡Ya es tarde para ordeñar las vacas! ¿Acaso piensas que la leche se ordeña sola?

Lucía suspiró y se ató el cabello con una cinta de tela desgastada. Su padre, don Justo, era un hombre de manos callosas y carácter duro. Viudo desde hacía más de diez años, había criado a su hija con mano firme, convencido de que el mundo exterior estaba lleno de peligros para una mujer joven y hermosa. Para él, el campo era el único lugar seguro, un refugio donde las tentaciones de la ciudad no podían alcanzar a su niña. No permitía que Lucía se alejara mucho de la casa, y cada vez que algún forastero se acercaba al pueblo, don Justo ponía especial atención a que su hija no cruzara palabra con ellos.

—Ya voy, papá —respondió Lucía, poniéndose un vestido sencillo de algodón y sus botas de cuero gastadas. Salió de su habitación y cruzó el pequeño patio donde las gallinas picoteaban el suelo. El olor a tierra mojada y a leña quemada llenaba sus pulmones, un aroma que conocía desde que tenía memoria.

El camino hacia el corral era breve, pero Lucía aprovechaba esos minutos para soñar. Se preguntaba cómo sería la vida más allá de las montañas. Había escuchado historias de otros campesinos sobre la ciudad, con sus calles de piedra, sus luces que nunca se apagaban y sus gentes vestidas con telas finas. Pero también había oído que la ciudad era un lugar de engaños y maldades, un sitio donde los sueños se rompían. Su padre le había repetido tantas veces esa advertencia que Lucía ya no sabía si era verdad o solo miedo.

Mientras ordeñaba la vaca, sintió una brisa distinta. El viento traía un olor que no reconocía: algo como perfume y humo de motor. Algo en el aire le dijo que ese día no sería como los demás. Lucía levantó la vista y, por un instante, creyó ver una nube de polvo en el camino vecinal. No le dio importancia. Siguió ordeñando, canturreando una canción que su madre le había enseñado antes de morir.

Pero el destino, caprichoso y cruel, ya había tejido su hilo.

Al mediodía, cuando Lucía regresaba a casa con el balde de leche humeante entre las manos, sus ojos se encontraron con una estampa que la dejó sin aliento. Estacionado frente a la puerta de su casa, brillando bajo el sol como un espejo negro, había un automóvil reluciente, de esos que solo había visto en los libros que su padre le prohibía leer. El coche era grande, imponente, completamente fuera de lugar en ese paisaje de tierra, maíz y árboles frutales.

Y junto al coche, apoyado contra la puerta del conductor, había un hombre.

Lucía se detuvo en seco. El hombre era alto, de hombros anchos y postura erguida. Vestía un traje oscuro, impecable, que contrastaba con el polvo del camino. Sus zapatos de cuero brillaban como si acabaran de ser lustrados. Pero lo que más llamó la atención de Lucía fue su rostro: mandíbula firme, cejas pobladas, una nariz recta y, sobre todo, unos ojos de un gris profundo que parecían ver más allá de las apariencias. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado hacia atrás, y una sonrisa leve, casi burlona, se dibujaba en sus labios.

Lucía sintió que el balde de leche se le resbalaba de las manos. Logró sostenerlo a duras penas, pero su corazón ya se había escapado de su pecho.

El hombre la miró y, al verla, su sonrisa se amplió. Dio unos pasos hacia ella con una elegancia que Lucía no había visto nunca.

—Buenas tardes —dijo, y su voz era como un río profundo, grave y aterciopelado—. Busco al dueño de estas tierras. ¿Es usted su hija?

Lucía abrió la boca para responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Nunca había hablado con un hombre tan apuesto. Nunca había sentido que su nombre, dicho por labios ajenos, pudiera sonar tan dulce.

—S-sí —logró decir al fin, con un hilo de voz—. Soy Lucía. Mi padre está en el huerto. ¿Quiere que lo llame?

El hombre la observó con una intensidad que la hizo sentir desnuda. No era una mirada lasciva, sino curiosa, como si estuviera descifrando un enigma.

—No se moleste —dijo él, inclinando la cabeza—. Esperaré. Me llamo Sebastián, y he venido a negociar la compra de una parte de estas tierras. Su padre y yo tenemos asuntos que tratar.

Lucía asintió, pero no se movió. Sus pies parecían clavados al suelo. Sebastián sonrió de nuevo, y esa sonrisa encendió algo en el pecho de ella que jamás había sentido.

—¿Siempre eres tan silenciosa, Lucía? —preguntó él, y su nombre en sus labios sonó como una canción.

Ella bajó la mirada, ruborizada.

—Es que... no estoy acostumbrada a hablar con forasteros —respondió.

—Entonces tendré que venir más seguido para que te acostumbres —dijo Sebastián, y la mirada que le lanzó fue tan directa que Lucía supo, en ese instante, que su vida nunca volvería a ser la misma.

Desde la puerta de la casa, don Justo apareció con el ceño fruncido. Al ver al forastero, su rostro se endureció todavía más.

—¿Quién es usted y qué hace en mi propiedad? —preguntó con voz de trueno.

Sebastián se giró lentamente y extendió la mano.

—Soy Sebastián Montenegro, señor. Vengo de la ciudad para hablar de negocios. ¿Me permite pasar?

Don Justo miró a su hija, luego al coche y finalmente al hombre apuesto que tenía delante. Algo en sus ojos grises le dijo que aquel joven no traía solo dinero, sino también problemas.

—Pase —gruñó don Justo, sin estrechar la mano—. Pero deje claro que aquí no hay nada que negociar con los de su calaña.

Lucía, desde el corral, observó cómo su padre y el forastero entraban a la casa. Su corazón latía tan fuerte que temía que se le saliera del pecho. Sabía que su padre lo rechazaría todo, que no permitiría que ningún hombre de ciudad se acercara a ella. Pero también sabía, con una certeza que la aterraba, que acababa de conocer al amor de su vida.

Y que ese amor, como todas las cosas bellas, vendría acompañado de dolor.

Esa noche, Lucía no pudo dormir. En su mente solo existían los ojos grises de Sebastián y la promesa tácita de su mirada. El campo, su refugio de toda la vida, de repente le pareció una prisión. Y ella, la flor más hermosa del valle, estaba a punto de ser arrancada de raíz.

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Monica Liliana Broudiscou
estuvo muy buena, me gustó mucho, muchas felicitaciones🥰👏👏👏👏👏
Lis
🐍
valeska garay campos
bella historia
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