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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: El Crisol de Cristal y Rosas

El sol de la tarde caía con una inclinación dorada y perezosa sobre los sectores más apartados de la propiedad Blackwood, allí donde los límites de los jardines geométricos se difuminaban para entregarse por completo a la soberanía del bosque. En ese rincón olvidado, devorado por el tiempo y la desidia de los años oscuros, se alzaba el viejo invernadero victoriano. Era una estructura colosal de hierro fundido y placas de cristal arqueadas que, en los días de gloria del viejo señor Blackwood, había albergado las especies botánicas más exóticas traídas de los confines del mundo. Ahora, tras casi una década de absoluto abandono, el lugar se había transformado en un palacio silvestre, un ecosistema secreto donde la naturaleza había roto sus cadenas para crear una belleza caótica, salvaje y profundamente sensual.

Muchas de las placas de vidrio superiores se habían quebrado con las granizadas de inviernos pasados, permitiendo que las enredaderas de pasionarias y las hiedras oscuras se filtraran desde el exterior, trepando por las columnas de hierro oxidado y tejiendo un techo flotante de hojas verdes y zarcillos caprichosos. En el suelo, los senderos de piedra laja estaban colonizados por alfombras de musgo espeso y húmedo, y los antiguos macetones de terracota desbordaban helechos gigantescos cuyas frondas se mecían con el menor suspiro del aire. En el centro de la estructura, una enorme colonia de rosas antiguas, de un tono rosa pálido y carnal, había crecido sin control, trepando por los soportes centrales y abriendo sus capullos en una explosión de pétalos aterciopelados que inundaba el ambiente cerrado con un perfume denso, almizclado y sumamente dulce.

El ambiente en el interior del invernadero era un crisol sensorial. El calor acumulado del verano se concentraba bajo el domo de cristal, creando una atmósfera húmeda, densa y cargada de una pesadez tropical que adormecía los sentidos. La luz del sol se filtraba a través de las hojas y los vidrios sucios, fragmentándose en haces de polvo resplandeciente, destellos esmeraldas y sombras alargadas que dibujaban un laberinto de penumbra viva. Era un refugio prohibido, un rincón del mundo que parecía no pertenecer a las leyes rígidas de la mansión ni al protocolo de la provincia.

Caitlyn caminaba despacio por el sendero central, apartando con sus manos largas las frondas de los helechos que intentaban cerrarle el paso. Había escapado de la casa principal buscando un momento de quietud tras la tormentosa mañana que se había vivido en el vestíbulo. El incidente con el joven abogado Julián Vance y la brutal demostración de posesividad salvaje de Alexander habían dejado en su interior una vibración sorda, un fuego latente que no lograba apagar.

Vestía esa tarde un traje de linón finísimo en un tono blanco roto, una prenda de diario que, debido al calor sofocante del invernadero, se adhería sutilmente a su piel húmeda por el sudor. Al no llevar las armaduras de ballena que la sociedad imponía, su silueta curvy y generosa se manifestaba en toda su esplendorosa y carnal madurez. Su busto pleno y firme subía y bajaba con una respiración profunda, acentuando el nacimiento de una cintura flexible que daba paso, con una armonía rotunda, a unas caderas anchas, seguras y rotundas. Al caminar, el rozar de la tela ligera contra sus muslos fuertes creaba un compás rítmico en medio del silencio del invernadero. Llevaba el cabello oscuro completamente suelto, esparcido sobre sus hombros redondeados en una cascada de rizos abundantes y rebeldes que desbordaban esa vitalidad indomable que la caracterizaba.

Se detuvo frente a la gran colonia de rosas rosas, inclinando su rostro lleno de vida para inhalar la fragancia de un capullo entreabierto. Sus labios carnosos rozaron los pétalos húmedos, y una pequeña sonrisa dibujó hoyuelos en sus mejillas tostadas y pecosas.

Un crujido seco en la entrada del invernadero la hizo enderezar la espalda.

Alexander Blackwood avanzaba por el sendero de piedra. Sus botas pesadas aplastaban el musgo con un paso lento, nítido y deliberado. Ya no quedaba rastro de la fisonomía encorvada y descuidada de la Bestia que se escondía en el ala oeste; el hombre que caminaba entre la vegetación salvaje era un aristócrata de una masculinidad imponente, colosal y desbordante de un vigor renovado. Vestía únicamente una camisa de seda blanca con los puños desabrochados y enrollados de manera tosca hasta los antebrazos antebrazos, revelando la musculatura fuerte y velluda de sus brazos, y unos pantalones oscuros que acentuaban su envergadura física. La barba castaña, perfectamente recortada, marcaba con dureza la línea de su mandíbula, y su cabello rebelde estaba peinado hacia atrás con los dedos.

Pero eran sus ojos azul grisáceo los que contenían el verdadero cambio. Limpios de las ojeras de la culpa, brillaban ahora con una fijeza nítida, magnética y ardiente. Era la mirada de un cazador que ha localizado su único norte, el fuego del hombre que ha vuelto a la vida y no está dispuesto a perder el milagro que lo salvó.

Caitlyn no se movió. Mantuvo su postura firme sobre las lajas de piedra, sosteniendo la mirada clara de Alexander con una valentía inquebrantable que hizo subir la marea de sus pechos bajo el linón blanco. La distancia entre ambos comenzó a acortarse con una lentitud agónica, devorada por la marcha rítmica del heredero.

Sin pronunciar una sola palabra, Alexander llegó frente a ella. Su contextura física, masiva y ancha, la cercó por completo, bloqueando la luz dorada que entraba por los cristales y envolviéndola en su propia presencia. El calor que emanaba de su pecho firme era palpable en el aire húmedo, y el aroma a tabaco rubio, leña y a la fuerza limpia de su piel se mezcló de inmediato con el perfume dulce a manzanas y vainilla de Caitlyn.

Con un movimiento de una delicadeza abrumadora, impropia de su tamaño, Alexander acorrala suavemente a Caitlyn contra una antigua columna de hierro forjado que servía de soporte a las rosas. No hubo brusquedad en el gesto; fue un cercamiento fluido, una invasión consentida del espacio donde la espalda de ella encontró el apoyo del metal frío mientras sus formas voluptuosas quedaban a milímetros del pecho de él.

Alexander levantó sus manos grandes. Eran las manos de un hombre que conocía la fuerza, de dedos largos, palmas anchas y nudillos firmes, de una textura curtida que delataba un vigor netamente masculino. Con una parsimonia reverente, casi mística, deslizó ambas manos directamente sobre la cintura definida de Caitlyn.

El contraste físico de sus pieles a través de las telas fue un impacto que les hizo contener la respiración. Las manos grandes y toscas de Alexander abarcaron los costados de ella, hundiéndose con una suavidad posesiva en la carne blanda, generosa y tibia de sus caderas anchas y seguras. El pulgar de él, de una yema áspera, se deslizó sobre el linón blanco, delineando con una nitidez absoluta la curva rotunda que nacía en su talle y florecía hacia abajo. La piel pecosa de Caitlyn reaccionó al instante bajo el influjo de esa caricia; un estremecimiento violento le recorrió la espina dorsal, y sus pezones se tensaron bajo la tela del vestido, un relieve nítido que Alexander no pasó por alto.

La diferencia entre la contextura colosal de las manos de él y las formas voluptuosas y redondeadas de la silueta curvy de ella creaba una armonía perfecta, el encuentro exacto de la fuerza protectora y la tierra fértil.

—Te busqué por toda la casa, Caitlyn —susurró Alexander, y su voz sonó como un barítono profundo, rico, quebrado por una emoción tan densa que hizo temblar las hojas de los helechos a su alrededor—. Pensé que habías decidido huir de mí tras lo que ocurrió con Vance.

Caitlyn levantó el rostro despacio. Sus ojos oscuros, grandes y llenos de una audacia ardiente, se clavaron en los de él con una fijeza que no admitía mentiras. Sus manos largas se elevaron, apoyándose en el pecho firme y musculoso de Alexander, sintiendo debajo del lino blanco el latido salvaje, rápido y descomunal de su corazón, que golpeaba con una fuerza brutal.

—El torbellino no huye de las tormentas, Alexander —replicó ella en un susurro nítido, y sus labios carnosos se entreabrían, exhalando un aliento cálido que golpeó la barba castaña de él—. Y menos cuando sabe que la bestia solo está defendiendo lo que ha vuelto a amar.

Alexander ahogó un gemido ante la declaración de la hermosa mujer. Sus manos grandes presionaron con un poco más de firmeza sus caderas rotundas, atrayendo el cuerpo generoso y blando de Caitlyn directamente contra su anatomía rígida. La plenitud de los senos de ella se aplastó contra el pecho ancho de él, y la redondez de sus muslos fuertes se entrelazó con las piernas largas del aristócrata bajo la luz esmeralda del invernadero.

Alexander descendió el rostro con una lentitud agónica. Sus miradas se cruzaron a una distancia milimétrica, una fijeza eléctrica donde se mezclaban tres años de luto sepultado y una pasión inevitable que ya no admitía diques. El perfume de las rosas rosas los envolvía como un sudario de vida.

Entonces, el espacio se extinguió.

Alexander selló sus labios carnosos con los de Caitlyn en un beso que comenzó con una ternura infinita, un roce sutil de bocas que se reconocían tras años de espera. Fue un contacto rosa, delicado como los pétalos de las flores que los rodeaban, un intercambio de alientos tibios donde él intentaba pedir perdón por sus sombras y ella le entregaba la pureza de su refugio. Las superficies de sus labios se deslizaron el uno sobre el otro con una suavidad extrema, un saboreo lento que hizo que Caitlyn soltara un suspiro trémulo en medio de la boca de él.

Pero la ternura inicial fue devorada de inmediato por una marea de pasión sumamente apasionada y sensorial.

El beso se profundizó con una urgencia salvaje. Alexander entreabrió la boca con un hambre sorda, introduciendo su lengua con una posesividad nítida que reclamó el territorio de los labios de Caitlyn como suyo para siempre. Ella respondió con una audacia idéntica, enredando sus dedos largos en el cabello castaño y rebelde de él, tirando de los mechones de su nuca para pegar su rostro aún más, devorando su boca con una entrega absoluta.

El contacto de sus lenguas fue un fuego líquido que se extendió por las curvas generosas de Caitlyn y encendió los músculos tensos de Alexander. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el roce de la barba crecida de él contra la piel suave y pecosa de las mejillas de ella, y la humedad compartida de sus bocas crearon una atmósfera de un erotismo puro y terrenal. Las manos grandes de Alexander abandonaron por un instante la cintura para ascender por la espalda de ella, recorriendo la columna vertebral y hundiéndose en la abundancia de sus rizos oscuros, obligándola a levantar la barbilla para recibir el impacto de su boca con mayor fijeza.

Bailaban de pie, inmóviles pero mecidos por la intensidad del deseo, bajo el domo del invernadero abandonado. La vegetación salvaje parecía cerrarse a su alrededor, protegiendo el crisol donde la Bestia y el torbellino se fundían en una sola carne. Cada relieve del cuerpo curvy de Caitlyn, cada latido del pecho firme de Alexander, y cada pétalo rosa que caía de las ramas altas era un testimonio de que la muerte había sido derrotada en Blackwood. El beso continuó, prolongándose en una eternidad de oro y esmeralda, sellando bajo los cristales sucios la rendición absoluta de dos almas que habían encontrado su hogar en medio de la naturaleza más indómita.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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