Ariana Montiel tiene 22 años y un secreto increíble: puede escuchar los pensamientos de todo el mundo. Aunque el caos de la mente humana la abruma, descubrió el trabajo perfecto gracias a su don. Como niñera, solo necesita sintonizar la mente de los bebés para saber exactamente qué les duele o qué necesitan, convirtiéndose en la más famosa de la ciudad.
Todo cambia cuando Carlos Monterrey, un frío, estresado y millonario CEO, se cruza en su camino. Carlos es un padre soltero al borde del colapso con un bebé de seis meses que no deja de llorar. Desesperado pero desconfiado, le propone a Ariana un trato extremo: cuidará a su hijo por tres días. Si logra calmarlo y ve una mejoría real, obtendrá el trabajo de su vida con un sueldo espectacular; si falla, se irá a casa con los bolsillos vacíos.
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Un intruso
La paz que habíamos construido durante los últimos días se evaporó por completo la tarde del jueves. La mansión Monterrey volvió a transformarse en un centro de negocios de alta presión.
Carlos había estado encerrado en su despacho desde muy temprano preparando la llegada de una visita crucial. Se trataba de Mauricio Rey, uno de los inversionistas más influyentes y elegantes del sector financiero. Si la reunión salía bien, la empresa de Carlos concretaría una fusión millonaria que aseguraría la expansión internacional del negocio por los próximos diez años.
A las tres de la tarde, la puerta principal se abrió.
Mauricio Rey entró a la casa precedido por un impecable perfume costoso. Era un hombre alto, de unos cuarenta y cinco años, con un traje a la medida color gris plata y una sonrisa pulcra que parecía sacada de un anuncio publicitario. Su voz era grave, melodiosa y llena de una falsa empatía que conquistaba a cualquiera a los cinco segundos de conocerlo.
—¡Carlos, mi estimado amigo! —saludó Mauricio con un abrazo efusivo, dándole dos palmadas en la espalda al dueño de la casa—. Es un placer verte de nuevo. Veo que la mansión sigue tan imponente como siempre.
—Bienvenido a mi casa, Mauricio —respondió Carlos con un apretón de manos firme y cordial—. Pasa al estudio. Tenemos mucho que revisar antes de firmar los documentos definitivos de la fusión.
Ernesto se encontraba ocupado en el piso superior ayudando a acomodar unos muebles pesados, así que cuando escuché que los hombres se instalaban en el despacho, me ofrecí a preparar y servir el servicio de café para la reunión. El pequeño Jonathan estaba durmiendo plácidamente su siesta de la tarde, por lo que tenía el tiempo perfecto para ayudar.
Preparé una bandeja elegante con una cafetera de plata, tazas de porcelana, azúcar y un plato de galletas finas. Mientras caminaba por el pasillo hacia el estudio, me quité los auriculares del cuello. Al ser una reunión de negocios formal, no esperaba escuchar nada fuera de lo común.
Golpeé suavemente la puerta de madera oscura.
—Adelante —dijo la voz de Carlos.
Entré al estudio manteniendo una postura profesional y discreta. Mauricio Rey estaba sentado en uno de los sillones de piel frente al escritorio, con una gruesa carpeta de cuero abierta sobre las piernas. Carlos, por su parte, leía concentrado una de las páginas impresas.
—Buenas tardes. Les traigo el café —anuncié con voz baja, acercándome a la mesa auxiliar para colocar la bandeja.
—Muchas gracias, jovencita —dijo Mauricio, regalándome una sonrisa perfecta que no le llegaba a los ojos. Su mirada recorrió mi vestido con una ligereza incómoda antes de volver a enfocarse en los papeles.
Al estar a solo un par de metros de ese hombre, cometí el error de relajar mi mente. De inmediato, el canal mental de Mauricio Rey se abrió paso en mi cabeza con una claridad aterradora.
Esperaba escuchar números, estrategias o el típico cansancio de un ejecutivo en medio de una negociación. Pero lo que me llegó de la mente de Mauricio Rey fue algo completamente oscuro, frío y calculador. No había ni un solo gramo de honestidad en ese sujeto.
Su mente no transmitía la estática ruidosa de Carlos. La mente de Mauricio era un susurro helado, rápido y lleno de una malicia absoluta.
*«Este idiota de Monterrey está tan distraído con su hijo y sus tonterías que firmará esto sin revisar el anexo cuatro»*, pensaba Mauricio con una satisfacción maquiavélica mientras daba un sorbo al agua. *«En el papel todo parece una fusión limpia, pero el anexo trasfiere la autoridad de la cuenta principal a mi firma fantasma. En un mes estaré en Suiza con todo su dinero y el fraude caerá directamente sobre la cabeza de Carlos. Terminará en la cárcel y arruinado mientras yo disfruto de mi vida»*.
Me congelé con la cafetera de plata a medio camino sobre una de las tazas.
Un choque de adrenalina pura atravesó mi cuerpo, haciendo que las manos me temblaran ligeramente. Las gotas de café hirviendo salpicaron la porcelana con un pequeño chasquido.
—¿Pasa algo, Montiel? —preguntó Carlos, levantando la vista del documento al notar mi repentina parálisis.
—No... perdón, señor Monterrey. Se me resbaló un poco la jarra —mentí a toda prisa, apretando los dientes para disimular el miedo que me helaba la sangre.
Miré a Mauricio Rey por un segundo de reojo. El hombre seguía sonriendo con absoluta calma, manteniendo esa fachada de socio ideal mientras en su cabeza repasaba los detalles de cómo destruir la vida de Carlos y dejar al pequeño Jonathan en la miseria.
*«Firma el contrato, Carlos... firma de una vez para que este circo termine»*, insistía la mente de Mauricio, vibrando con una impaciencia oscura.
En ese instante, Carlos tomó su bolígrafo de tinta negra. Estaba a punto de presionar la punta sobre la hoja de firma principal del contrato. No tenía la menor idea de que estaba firmando su propia ruina financiera y personal.
Tenía que hacer algo de inmediato. Si intervenía gritando que leía la mente de las personas, Carlos pensaría que me había vuelto loca y no me creería nada. Tenía que ser más astuta que el villano que estaba sentado en esa habitación.
—Señor Monterrey —interrumpí en voz alta, dando un paso decidido hacia el escritorio y colocando la taza de café justo sobre el documento, tapando el área de la firma.
Carlos arrugó el ceño, sorprendido por mi atrevimiento.
—Montiel, ¿qué haces? Estamos en medio de una firma crucial.
—Lo siento mucho, señor, pero es que vi un detalle en la carpeta —dije, inventando una excusa a la velocidad de la luz mientras señalaba las hojas que Mauricio tenía sobre las piernas—. El señor Rey mencionó antes en el pasillo que el anexo cuatro estaba completo, pero noté que esa sección tiene hojas de un gramaje de papel distinto. Como usted siempre me pide que sea meticulosa con los archivos de la casa, pensé que debería revisarlo dos veces antes de poner su firma.
El rostro de Mauricio Rey se desfiguró por una fracción de segundo. La sonrisa perfecta se le congeló en los labios y sus ojos se empequeñecieron con una rabia asesina.
En la mente del villano, una alarma gigante comenzó a sonar en pánico: *«¿De qué diablos habla esta mocosa? ¡Nadie revisa el anexo cuatro! Si Monterrey lee esa cláusula de la transferencia de cuentas, el fraude se descubre en este mismo segundo»*.
Carlos, que conocía de sobra mi capacidad de observación y sabía que yo jamás interrumpiría una junta sin un motivo de fuerza mayor, miró a Mauricio y luego fijó sus ojos en mí. Notó el temblor sutil en mis manos y la urgencia real en mi mirada.
—¿El anexo cuatro? —repitió Carlos con voz serena, retirando suavemente la taza de café de la mesa.
—Sí, Carlos —intervino Mauricio rápidamente, riendo con un tono falso que sonó forzado—. Es solo la documentación técnica de rutina. La niñera no entiende de estos temas corporativos. Firmemos de una vez para celebrar con una copa de vino.
—Bueno, Mauricio... un par de minutos no le hacen daño a nadie —dijo Carlos, manteniendo una calma calculadora que me devolvió el alma al cuerpo—. Montiel suele ser muy observadora con los detalles. Permíteme revisar el anexo cuatro solo para estar seguro.
Carlos extendió la mano hacia la carpeta. Mauricio dudó durante dos segundos eternos, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cara se tensaron visiblemente, pero no tuvo más remedio que entregarle el documento.
Carlos abrió el anexo cuatro. Pasó la primera página con tranquilidad, pero al llegar a la tercera hoja, sus ojos oscuros se detuvieron en seco.
El ambiente dentro del estudio se volvió tan frío como el hielo.
Escuché cómo la mente de Carlos, que había estado tranquila durante la tarde, se transformaba en una tormenta de furia helada al leer la cláusula trampa que le otorgaba el control absoluto de los fondos a la empresa fantasma de Mauricio.
*«¿Qué es esto...?»*, pensó Carlos, sintiendo una traición brutal recorrerle las venas. *«Esta cláusula vacía el patrimonio de la empresa en un mes... Mauricio intentó robarme en mi propia casa»*.
Carlos levantó la vista del papel despacio. Ya no era el hombre cansado de la mañana; era el temible CEO de la ciudad, un depredador que acababa de descubrir la trampa del cazador.
—Montiel —dijo Carlos sin quitarle los ojos de encima a Mauricio, con una voz tan baja y peligrosa que me dio un escalofrío—. Retírate a la habitación de Jonathan y cierra la puerta con seguro.
—Sí, señor Monterrey —respondí de inmediato.
Giré sobre mis talones y salí del estudio a toda prisa, cerrando la puerta tras de mí.
Apenas puse un pie en el pasillo, escuché la voz de Carlos retumbar con una fuerza demoledora desde el interior del despacho:
—¡Explicame qué significa este fraude en el anexo cuatro, Mauricio, antes de que llame a la policía y te saque de aquí encadenado!
Corrí hacia las escaleras con el corazón batiéndome con violencia contra las costillas. Había logrado salvar a Carlos y a Jonathan de una catástrofe ruinosa. Un intruso peligroso había intentado meterse en la mente y en la vida de la familia Monterrey, pero gracias a mi don y a mi rapidez de pensamiento, la trampa había quedado al descubierto para siempre.