Un chico marcado por 10.000 voces zarpa en un mar maldito para escribir el final de todas las historias.
Nicolás solo quería ser libre. Pero cuando las historias de los muertos lo eligieron, tuvo que pelear contra piratas, monstruos hechos de arrepentimiento y su propio destino.
Ahora con "El Colmillo Carmesí" en la mano debe decidir: ¿salvar el mundo de historias o dejar que todo se queme?
Fantasía épica, aventura y piratas. Para lectores que aman un buen viaje en el mar.
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Capítulo 12: El Bibliotecario Sin Rostro
El mar olía a papel viejo y a tinta seca.
"Capitán", dijo Marco tapándose la nariz. "¿Hueles eso?"
Nicolás asintió. El Colmillo Dorado le vibraba en la mano. "Huele a biblioteca quemada."
Al frente apareció la isla. No era de cristal como la anterior. Era de piedra negra. Y en el centro, un edificio enorme. Sin techo. Quemado.
"La Biblioteca de Ceniza", dijo la voz del Colmillo. "El segundo lugar más triste del mundo."
"¿Cuál es el primero?" preguntó el chico de 15 años.
"Donde no hay libros", contestó Nico.
Desembarcaron. El piso crujía. Todo era ceniza. Mesas quemadas. Estantes caídos. Y libros. Miles de libros. Pero todos con las páginas negras.
"1/10 del Volumen 2", dijo Nico. "Empezamos."
De entre los escombros salió alguien.
Alto. Flaco. Con una túnica gris. Pero no tenía cara. Solo un espacio liso donde deberían ir los ojos, la nariz, la boca.
"Bienvenidos", dijo. Su voz salía de la nada. "Soy el Bibliotecario."
Los 50 escritores dieron un paso atrás.
"¿Qué... qué te pasó en la cara?" preguntó la chica.
El Bibliotecario se tocó donde debería estar la cara. "Me la quemé. Página por página. Cuando él vino."
"¿Rojosangre?" preguntó Nico.
"Tomás", dijo el Bibliotecario. "Así se llamaba antes. Vino hace 3 años. Dijo que los libros mentían. Que era mejor olvidar. Quemó 100.000 volúmenes. Y cuando terminé de llorar, me quemé la cara yo. Para no ver más."
Nico sintió rabia. Pero también tristeza.
"Venimos a devolverte los libros", dijo.
El Bibliotecario se rió. Sin boca. Daba miedo. "No se puede. Están muertos. La ceniza no escribe."
"2/10", susurró el Colmillo. "Míralos bien."
Nico se arrodilló. Tomó un libro quemado. Lo abrió. Las páginas se deshacían en sus dedos. Pero en el medio... había una palabra. Una sola. "Esperanza".
"¿Ves?" dijo Nico levantándose. "No están muertos. Están esperando."
Sacó la Pluma-Colmillo. "Capítulo 12: El Bibliotecario Sin Rostro."
"Había una vez una biblioteca", escribió en el aire. "La más grande del mundo. Tenía libros de amor, de guerra, de dragones, de cocinas. Y tenía un bibliotecario que conocía cada libro de memoria..."
Mientras escribía, algo pasó.
De la ceniza se levantó polvo. Y el polvo formó letras.
Una página. Luego otra.
El Bibliotecario retrocedió. "¡Para! ¡Duele recordar!"
"Lo sé", dijo Nico sin parar. "Pero el dolor pasa. El olvido no."
"3/10", "4/10" susurraba el Colmillo.
Los 50 escritores entendieron. Se separaron. Cada uno tomó un libro quemado.
Empezaron a escribir. Encima de la ceniza. Sobre las páginas negras.
Una escribió sobre un libro de cocina. Y el olor a pan llenó el aire.
Otro escribió sobre un libro de mapas. Y apareció un mapa dibujado en el piso.
Otro sobre un libro de poemas. Y el viento empezó a recitar versos.
El Bibliotecario se tapó donde debería tener los oídos. "¡Cállense! ¡Los libros hacen ruido!"
"No", dijo Nico acercándose. "El silencio hace ruido. Los libros cantan."
Levantó el Colmillo Dorado. "¡Todos! ¡Escriban el nombre de un libro que perdieron!"
Y 51 voces gritaron nombres.
"¡Cien Años de Soledad!"
"¡El Principito!"
"¡Don Quijote!"
"¡Mi diario de niña!"
Cada nombre caía sobre la ceniza y la ceniza se volvía papel.
La biblioteca tembló. Los estantes quemados se enderezaron solos.
"5/10", "6/10"...
El Bibliotecario cayó de rodillas. "No... no puedo. Si recuerdo, voy a llorar otra vez."
Nico se arrodilló frente a él. "Llorar está bien. Por eso tenemos ojos."
Puso la mano donde debería estar la cara del Bibliotecario.
"Capítulo 12", susurró. "El Bibliotecario se llamaba Héctor. Amaba los libros más que a su vida. Y cuando los quemaron, pensó que su vida no valía. Pero se equivocó. Porque los libros viven mientras alguien los recuerde."
La luz dorada salió de la mano de Nico.
Y en el rostro liso del Bibliotecario empezaron a aparecer cosas.
Primero unos ojos. Tristes. Viejos.
Luego una boca. Temblando.
Luego arrugas. De tanto leer.
Cuando terminó, Héctor tenía cara otra vez. Cara de hombre de 70 años que leyó demasiado.
Lloró. Y esta vez no se quemó.
"Gracias", sollozó. "Gracias por devolverme la cara."
"7/10", dijo el Colmillo. "Sigue."
Toda la tarde trabajaron. Reconstruyendo. Escribiendo.
Al anochecer la Biblioteca de Ceniza ya no era ceniza. Era gris. Pero viva.
Había 2.000 libros nuevos. No los originales. Pero eran algo.
Héctor caminaba entre los estantes. Tocándolos. "No son los mismos", dijo.
"No", dijo Nico. "Son mejores. Porque ahora tienen dos historias. La original... y la de cómo volvieron."
Héctor se giró. "¿Y ahora qué? ¿Se van?"
Nico negó. "Te dejamos 50 escritores. Por un mes. Para que la llenes."
Los 50 aplaudieron.
"¿Y tú?" preguntó Héctor.
"Yo tengo 8 islas más", dijo Nico. "Gente que olvidó. Gente que rompió sus espejos."
Héctor asintió. Y hizo algo que nadie esperaba. Se arrodilló.
"Déjame ir contigo, Portador. Ya no quiero cuidar libros muertos. Quiero ayudar a revivirlos."
Nico lo miró. "¿Estás seguro? Va a doler."
"Soy bibliotecario", dijo Héctor poniéndose de pie. "Estoy acostumbrado al polvo."
"51", dijo Nico. "Ahora somos 51."
Antes de irse, Héctor le dio a Nico algo. Un marcador. Negro. Viejo.
"Para que escribas hasta en la oscuridad", dijo.
Nico lo guardó junto al espejo de Eco.
Los barcos zarparon al amanecer.
La Biblioteca de Ceniza se veía chica desde el mar. Pero ya tenía humo saliendo. De la chimenea. Alguien estaba leyendo ahí dentro.
"2/10 del Volumen 2", dijo Nico. "Vamos bien."
Héctor estaba en la proa. Leyendo en voz alta para los marineros.
"¿Siguiente isla?" preguntó Marco.
"La Isla del Silencio", dijo Nico mirando el mapa. "Donde le robaron la voz a la gente."
El Colmillo vibró. "3/10. Prepárense."
Nico sacó el espejo de Eco. Se miró. Luego miró a sus 51 compañeros.
Ya no era el chico del barril.
Era el que escribía finales.
Y todavía quedaban muchos por escribir.