Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 22: El Veneno de la Venganza
La mansión parecía envuelta en un silencio opresivo después de la muerte de Martín. Los días transcurrían con una lentitud dolorosa, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para saborear el sufrimiento de los Lecrec. Victoria Lecrec caminaba por los pasillos con la espalda recta, pero sus ojos reflejaban un fuego contenido. No lloraba. Ya no. El dolor se había transformado en algo más oscuro y peligroso: una ira fría y calculada.
Esa misma mañana, mientras Alfred revisaba unos papeles en el estudio pequeño, Victoria se acercó a él con pasos firmes. Su voz era baja, pero cargada de veneno.
—Matilda no tiene ni la más mínima empatía por la muerte de nuestro hijo —dijo, conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir—. Ella lo asesinó, Alfred. Tal vez no haló el gatillo, pero filtró ese video. Sabía perfectamente lo que iba a pasar. Quería que sufriéramos. Quería que el mundo entero viera nuestra vergüenza. Ella debería conocer ese mismo dolor… el dolor de perder un hijo.
Alfred levantó la vista, confundido. Su rostro mostraba agotamiento y desconcierto.
—¿De qué estás hablando, Victoria? Por favor no cometas más errores, suficiente tenemos con vivir con ellos bajo la misma casa como para tener más problemas a causa tuya.
Victoria soltó una risa amarga, sin humor.
—Siempre tan ciego, Alfred. Siempre protegiendo las apariencias. Ya verás… el dolor regresa. Siempre regresa.
Alfred no entendió del todo las palabras de su esposa. Sacudió la cabeza y volvió a sus papeles, pensando que el duelo la estaba afectando más de lo que imaginaba.
Por la tarde, la mansión parecía tranquila en apariencia. Stephanie Benson bajó al salón principal con su habitual aire de superioridad. Llevaba un vestido ligero y el cabello recogido en una coleta alta.
—Mary, tráeme un café, por favor —pidió con tono imperioso—. Bien cargado. Tengo que terminar unos bocetos.
La doncella asintió y desapareció hacia la cocina. Victoria, que había estado observando desde las sombras del pasillo, esperó el momento preciso. Cuando Mary dejó la bandeja un segundo para atender otra cosa, Victoria entró sigilosamente a la cocina. Sus manos temblaron ligeramente al sacar un pequeño frasco del bolsillo de su falda. Vertió unas gotas de un líquido transparente en la taza de café. El veneno era inodoro e insípido. Lo guardó rápidamente y salió sin que nadie la viera.
Mary regresó, tomó la bandeja y sirvió el café a Stephanie.
—Aquí tiene, señorita.
Stephanie bebió un sorbo largo y continuó hablando por teléfono con una amiga. Minutos después, su rostro palideció. La taza se le cayó de las manos, rompiéndose en el suelo.
—¡No… me siento… mal! —balbuceó antes de desplomarse en el sofá.
Los gritos alertaron a toda la casa. Matilda llegó corriendo, seguida de Sebastian y John.
—¡Stephanie! ¡Hija mía! —gritó Matilda, arrodillándose junto a ella—. ¡Llamen a una ambulancia! ¡Ahora!
Sebastian tomó el pulso de Stephanie. Su expresión era de pura furia contenida.
—Está respirando, pero débil. ¿Qué pasó?
Nadie sabía. La ambulancia llegó en minutos y se la llevaron al hospital más cercano. La familia Spencer al completo —excepto Elena, que estaba en su habitación— acompañó a Stephanie.
Después de horas de espera angustiante en la sala de emergencias, el doctor salió con expresión grave.
—Se estabilizó. Fue envenenada. Una sustancia tóxica aún sin identificar por completo. Mañana tendremos los resultados definitivos del análisis. De momento, está fuera de peligro, pero necesita reposo absoluto.
Matilda se levantó como un resorte, con el rostro deformado por la ira.
—¿Envenenada? ¡Esto fue intencional! ¡Alguien quiso matar a mi hija!
Sebastian apretó los puños. Sus ojos grises brillaban con una furia helada.
—Quien haya hecho esto lo va a pagar caro.
Cuando los Spencer regresaron a la mansión ya entrada la noche, el ambiente era explosivo. Sebastian entró como un toro enfurecido. Vio a Alfred en el salón y, sin mediar palabra, lo agarró del cuello con fuerza, empujándolo contra la pared.
—¿Fuiste tú? —rugió—. ¿Tú envenenaste a Stephanie para vengarte por la muerte de tu hijo?
Alfred, pálido y asustado, intentó soltarse.
—¡No! ¡Yo no fui! ¡Lo juro! ¡No tengo nada que ver con esto!
Sebastian lo empujó con rabia. Alfred tropezó y cayó sobre una silla. En el forcejeo, el bolso de Elena, que estaba sobre una mesa cercana, cayó al suelo. De él salió rodando un pequeño frasco con líquido transparente.
Sebastian lo recogió inmediatamente. Lo olió y miró a Elena, que acababa de bajar alertada por los gritos.
—¿Tú lo hiciste? —le gritó, con la voz llena de decepción y furia—. ¿Envenenaste a Stephanie?
Elena palideció. Sus ojos verdes se llenaron de terror.
—¡No! ¡Yo no fui! ¡No sé cómo llegó eso ahí! ¡Alguien debió ponerlo en mi bolso! ¡Sebastian, por favor, créeme!
Nadie le creyó. Matilda se acercó con mirada asesina.
—Claro. La pobre niña inocente. Después de todo lo que ha pasado, ahora resulta que eres una envenenadora.
Victoria, que observaba todo desde la puerta, permaneció en silencio. No dijo una palabra para defender a su hija. Su rostro era una máscara de frialdad calculada.
Sebastian miró el frasco en su mano y luego a Elena. La decepción en sus ojos era palpable.
—Esto no se queda así —dijo con voz gélida—. Mañana sabremos la verdad. Pero si fuiste tú… ni el contrato matrimonial te salvará.
Elena se dejó caer en una silla, llorando en silencio. La mansión, una vez era su hogar, se había convertido en un nido de serpientes donde la traición y la venganza envenenaban hasta el último rincón.
La noche prometía ser larga y llena de sombras.