Lara es una joven de veinte años proveniente de Sucamajé, un pueblito humilde del interior. Cuando la familia enfrenta deudas y su novio la abandona, ella acepta la única oferta que aparece: convertirse en nodriza del bebé de un hombre que ni siquiera conoce. El bebé se llama Miguel. El padre se llama Rafael Cavalcanti.
Rafael es CEO del Grupo Cavalcanti, uno de los mayores conglomerados empresariales de São Paulo. Frío, controlador, acostumbrado a dictar reglas sin justificación, Rafael carga con un pasado de aislamiento emocional que Sofía — la mujer que lo crió como madre — construyó meticulosamente para mantenerlo preso. Cuando Lara entra en la Mansión Cavalcanti con sus ojos asustados y su leche que no deja de producirse sin motivo médico aparente, Rafael intenta mantener la distancia. Intenta.
Lo que comienza como una relación estrictamente profesional —jefe y empleada— va cediendo, poco a poco, al peso de una atracción que ninguno de los dos sabe cómo nombrar. Rafael descubre que la dulzura de Lara no es debilidad, sino una fuerza extraña que atraviesa toda la armadura que él pasó décadas construyendo. Lara descubre que detrás de la frialdad del jefe existe un hombre que nunca supo lo que era ser realmente amado.
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Capítulo 4: El Secreto en la Penumbra de la Noche
¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!
La alarma del monitor de bebé en la mesita de noche de Lara rasgó el silencio de la madrugada. Ella dio un salto; los ojos, todavía pesados de sueño, se abrieron de golpe. El corazón se le aceleró al escuchar el llanto desgarrador de Miguel por el altavoz del aparato.
Aun con el cuerpo exhausto por el largo viaje desde el interior, el instinto de cuidadora —y la presión de vuelta en el pecho— la hizo moverse rápido. Tomó el chal y salió casi trotando del cuarto, subiendo la escalera de mármol hacia el segundo piso con pasos que apenas hacían ruido.
— El pequeñito... Lara llegó, mi amor —susurró ella al empujar la puerta del cuarto del bebé.
Respiró aliviada al ver que solo Miguel estaba ahí. Ninguna señal de Rafael. El hombre debía estar durmiendo en el ala opuesta de la mansión.
Lara fue directo a la cuna. Miguel ya se agitaba, el rostro rojo de tanto llorar. — Shh, shh. Quédate quietito. No vayas a despertar a papá —lo tomó en brazos con cuidado.
Miguel no se calmó de inmediato. Al contrario, gritando más fuerte, balanceó la cabeza en el hombro de Lara, olfateando el olor que tan bien reconocía. Lara sintió el pecho palpitar con fuerza. La leche presionaba para salir, pero al recordar la advertencia de Ilda sobre las cámaras, se puso en alerta.
Comenzó a inspeccionar los rincones del techo alto. Cerca de la lámpara decorativa, divisó un objeto pequeño y negro con una lucecita roja parpadeando muy discretamente.
Ahí está, pensó.
Lara giró despacio, buscando un punto ciego. Lo encontró: una mecedora grande, con respaldo alto, orientada hacia la ventana de cortinas cerradas. Aquella posición quedaba de espaldas a la cámara. Fue hasta allí deprisa y se sentó, posicionando el cuerpo de manera que la espalda sirviera de barrera para el lente.
— Nos quedamos aquí, ¿sí? Para que nadie vea —susurró ella, temblando levemente.
Con los dedos aún un poco torpes, abrió los botones del uniforme. En cuanto la piel de Miguel tocó la de ella, el bebé se silenció al instante. El llanto se convirtió en succión —ávida y acompasada.
Lara soltó un largo suspiro; la cabeza se le fue hacia atrás contra el respaldo. El alivio inmenso se esparcía por todo el cuerpo. Inclinó el rostro y se quedó mirando a Miguel, que ahora parecía completamente en paz en sus brazos. Los ojitos húmedos de llanto, entreabiertos, observaban el rostro de Lara con una profundidad y una inocencia que apretaban el corazón.
— ¿Por qué me miras así, mi amor? —susurró Lara, pasando la punta del dedo por la mejilla del bebé—. Tenías mucha hambre, ¿verdad? Perdóname, Lara tardó en llegar.
Miguel soltó la succión por un instante, emitió un murmullo bajito como si estuviera respondiendo, y volvió a mamar tranquilo.
— Eres muy listo, Miguel. Vas a crecer fuerte, ¿sí? No te pongas triste porque mamá no está aquí. Ahora tienes a Lara. Lara va a cuidarte, va a darte lo que necesites —continuó ella, los ojos humedeciéndose ante un bebé tan hermoso, tan pequeño, tan abandonado por su propia madre.
— Y cuando crezcas, no te vas a volver frío como tu papá, ¿eh? Vas a ser calientito, vas a sonreír mucho. Quién sabe, tal vez papá aprenda a sonreír junto contigo —Lara rio bajito para sí misma, sin darse cuenta de lo íntimo que era aquel momento.
Siguió conversando con el bebé: le habló de los sembradíos verdes del interior, de los dos hermanos traviesos pero graciosos, de los sueños que cargaba. Miguel era el único interlocutor verdaderamente honesto que ella tenía en aquella casa grande y fría.
Lo que Lara no sabía era que, en la penumbra del cuarto principal, del otro lado de la mansión, Rafael Cavalcanti estaba sentado en la cama recostado contra las almohadas, con el celular encendido. No podía ver lo que había frente a Lara —el respaldo alto de la mecedora bloqueaba la cámara—, pero veía el movimiento de la cabeza de Miguel pegada allí, fija y tranquila.
Y escuchaba, por el micrófono sensible de la cámara, los susurros de Lara. La voz suave, sincera, llena de ternura llegaba a los oídos de Rafael y tocaba algo que hacía mucho tiempo estaba congelado dentro de él.
— Eres demasiado valiente, Lara —murmuró Rafael con voz ronca. Los ojos no se apartaban de la pantalla. La curiosidad se había transformado en una obsesión que quemaba por dentro.
El amanecer apenas comenzaba, pero Lara ya estaba de pie. Como en un ritual que se había convertido en el secreto entre ella y Miguel, lo amamantó una vez más en la mecedora fuera del alcance de la cámara antes de que el sol subiera del todo. Después de que el bebé quedó saciado y somnoliento, ella se encargó del baño con toda la delicadeza.
Preparó agua tibia a la temperatura justa. Con mucho cuidado, pasó la esponja por el cuerpecito de Miguel, revisando cada pliegue de la piel. El aroma de jabón de bebé mezclado con talco llenó el cuarto mientras lo vestía con un mameluco de algodón estampado de ositos.
— Listo, niño oloroso. Ahora esperamos a papá, ¿sí? —susurró Lara, depositando un beso en la frente de Miguel, que la miraba todo animado.
Clic.
La puerta se abrió. Lara se enderezó de inmediato, la cabeza cayendo automáticamente. Rafael Cavalcanti entró con una presencia que ocupaba todo el espacio. Ya estaba listo: traje gris oscuro asentado perfectamente en el cuerpo, exhalando un perfume masculino que dominó el cuarto al instante.
Miguel, acostado en el cambiador, comenzó a mover brazos y piernas con energía. Emitía soniditos animados como si estuviera saludando a su papá.
Rafael, que solía tener el rostro cerrado, no pudo contener la leve sonrisa al ver la reacción de su hijo. Un brillo de ternura cruzó por los ojos afilados. — Vaya... ¿quieres que papá te cargue? —dijo con una voz mucho más suave de lo habitual.
Se inclinó y tomó a Miguel con cuidado. — Mmm... mi hijo está muy oloroso hoy temprano —murmuró, aspirando hondo el aroma del cuello del bebé. Pero cuando acercó el rostro, captó de nuevo aquel olor dulce —el mismo de la noche anterior— que él tenía la certeza de que no provenía de ningún jabón.
La mirada de Rafael se desvió de Miguel hacia Lara. La evaluó de la cabeza a los pies. La muchacha estaba parada como una estatua, la cabeza aún baja, mirando al mármol como si el piso fuera el punto más interesante del mundo.
— ¿Miguel ya comió? —preguntó Rafael con tono neutro, pero investigativo.
— Sí, señor —respondió Lara, la voz casi extinguiéndose.
Rafael recorrió el cuarto con los ojos. Divisó un biberón en la mesita con un poco de fórmula sobrando, que Lara había preparado a propósito y vaciado por la mitad para que pareciera usado. Rafael asintió al ver aquella prueba física, pero la duda en el fondo de su cabeza no cedió.
Dio un paso al frente, acortando la distancia. Lara sintió la presencia de Rafael muy cerca; hasta el aliento tibio de él llegaba a la coronilla de su cabeza.
— Levanta el rostro, Lara —ordenó él, frío.
Lara no se movió. Los dedos entrelazados se apretaron unos contra otros.
— Lara. No me gusta hablar con quien no me mira a los ojos. En esta casa, necesitas tener educación y coraje al mismo tiempo —cada palabra salió marcada—. Levanta el rostro cuando te esté hablando. ¿Es tan difícil?
Lara levantó el rostro despacio. Los ojos límpidos y sin malicia encontraron los de Rafael: oscuros, penetrantes, intimidantes. Una vibración extraña recorrió a Lara al ver el reflejo de sí misma en aquellas pupilas.
— Disculpe, señor. Yo... solo no quería ser irrespetuosa —murmuró ella.
Rafael se quedó en silencio por un momento, examinando cada rasgo del rostro de Lara, todavía muy fresco a pesar del cansancio visible. Los ojos descendieron un instante hacia el pecho de ella, cubierto por el uniforme, antes de volver a los de ella.
— Mantén a Miguel así todo el día. Voy a la oficina, pero revisaré las cámaras periódicamente. No quiero ver nada sospechoso —dijo, y había en aquellas palabras una advertencia que ella entendió muy bien.
Rafael entonces devolvió a Miguel a los brazos de Lara. Cuando las manos se rozaron sin querer, una descarga eléctrica pareció atravesar a los dos. Lara retiró la mano en cuanto el bebé fue transferido, mientras Rafael se quedó inmóvil un instante, sintiendo el calor residual de la piel de ella en los dedos.
— Entendido, señor —respondió Lara en voz baja.
Sin una palabra más, Rafael giró sobre sus talones y salió del cuarto. Lara soltó el aire que había contenido desde que él entrara, mientras Miguel, ajeno a todo, se metía los deditos en la boca en busca del consuelo de siempre, y volvía a mirar a Lara.
Gracias y felicidades para la escritora 🥰👏👏👏
¿ ACASO BUSCARLE UNA NOVIA HA RAFAEL?
¿ NO SEGUIRÁ ENAMORADO DE SU MUJER LA MAMÁ DE MIGUEL?
¿ Y SI ES ASÍ POR QUÉ NO SE LO HA DICHO A LARA?
¿ QUE TAL QUE APARECIERA LA VERDADERA MADRE DE MIGUEL ?
¿ Y EN CASO DE QUE APARECIERA QUE PASARÍA CON LARA ?