Me vendí a un mafioso por un año para salvar la librería de mi madre, pero él decidió que si soy su esposa, soy suya para siempre.
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El banco
El banco suizo no era como en las películas.
No había bóvedas doradas gigantes, ni hombres calvos con traje acariciando gatos. Era un edificio gris, aburrido, en la calle Bahnhofstrasse de Zúrich, con una placa pequeña que decía "Hoffman & Cie - Est. 1872" y con una recepcionista que parecía que nunca había sonreído en su vida.
Elena había viajado en primera clase por primera vez. Con pasaporte nuevo. Elena Volkov. No Moretti. Volkov. Lorenzo se lo había sacado en 6 horas con una llamada. "Es lo que tiene ser mafioso con 900 millones, esposa, el pasaporte llega más rápido que Amazon".
Habían aterrizado a las 8 am hora de Zúrich. Nevaba más que en Chicago, pero una nieve limpia, perfecta, de postal. Elena llevaba el abrigo nuevo que Irina le había mandado sin nota, negro, de cachemira, que costaba más que su librería vieja entera, y el collar de diamantes que ya no se quitaba ni para dormir. Lorenzo llevaba traje negro, aunque eran las 8 am y acababan de bajar de un avión privado donde ella había vomitado dos veces por miedo.
"No quiero entrar", dijo Elena, parada frente a la puerta gris, con la mano de Lorenzo apretada tan fuerte que le estaba dejando marca.
"Ya estamos aquí. Son 10 minutos. Firmas, te dan una tarjeta negra que pesa más que tu librería y nos vamos a comprar chocolate. Te prometí chocolate suizo si venías sin llorar en el avión. Lloraste dos veces, pero te lo compro igual."
"No es por el dinero. Es por mi madre. Si entro ahí y veo 67 millones a mi nombre, significa que mi madre sí me mintió. Que prefirió morirse pobre. Que prefirió que yo debiera medio millón. Que no confió en mí."
Lorenzo se agachó un poco para mirarla a los ojos. A pesar del frío, a pesar de que Viktor estaba a 2 metros con cara de "nos van a disparar en cualquier momento", a pesar de que eran los Volkov en Suiza y eso siempre significaba problemas.
"Tu madre no te mintió, Elena. Te protegió. Hay una diferencia enorme. Mentir es decirte que tu padre era un estudiante italiano. Protegerte es no decirte que tu padre era un Volkov que valía 40 millones y que si alguien se enteraba que eras su hija, te iban a matar antes de los 18. Tu madre te protegió con pobreza. Como una leona. Como tú me protegiste a mí con 7 puntos chuecos. Es lo mismo."
Elena respiró hondo. El aire suizo dolía de frío.
"¿Y si entro y no quiero el dinero? ¿Si lo quiero donar? ¿Quemar? ¿Tirar al lago?"
"Entonces lo quemamos. Lo tiramos al lago. Lo donamos a una fundación de libros rotos. Me importa una mierda el dinero, Elena. Vinimos porque si no venías tú, Dmitri iba a mandar a alguien a reclamarlo con un acta falsa. Vinimos para que pongas tu huella y nadie más pueda tocarlo. Pero si quieres, lo dejamos aquí otros 25 años y que se pudra. Yo tengo 900. Con eso nos alcanza para comprar toda la calle de tu librería y ponerle tu nombre."
"¿Toda la calle?"
"Toda la cuadra si quieres. Le ponemos Calle Elena Volkov, la que dispara al corazón y cose mafiosos."
Elena se rio, con lágrimas congelándosele en las pestañas.
"Vamos. 10 minutos. Y me compras chocolate."
"Y te compro todo el chocolate de Suiza."
Entraron.
El banquero era un hombre de 60 años, suizo, con el pelo blanco perfecto, que se llamaba Herr Müller y que no se inmutó cuando vio a Lorenzo Volkov. Eso significaba que ya sabía quién era y que ya le habían pagado para no inmutarse.
"Señora Volkov. Tenemos esperándola desde 2005. Desde que su madre falleció. Su madre dejó instrucciones muy claras. Solo usted, con prueba de ADN y con 25 años cumplidos, podía abrir la cuenta. Usted tiene 26. Perfecto."
"¿Mi madre vino aquí?", preguntó Elena, con voz chiquita.
"Sí. Vino 3 veces. La última en 2003, 2 meses antes de morir. Estaba muy enferma ya. Pero vino. Trajo esta carta. Dijo que solo se la diéramos a usted si venía con el hombre que ella creía que iba a cuidarla. Dijo textual: 'Si viene con un Volkov, denle la carta. Si viene sola, también. Pero si viene con un Volkov que la mira como Aleksei me miraba a mí, denle la carta y díganle que la perdone'."
Herr Müller le pasó un sobre amarillento, cerrado con cinta, con letra de su madre. Esa letra que Elena conocía de las etiquetas de los libros restaurados. "Para mi pequeña lectora".
Elena abrió el sobre con manos que ya no temblaban por frío, sino por todo.
La carta decía:
"Mi Elena, mi vida, mi pequeña lectora:
Si estás leyendo esto es porque ya sabes que te mentí. Perdóname. No fue por no confiar en ti. Fue por quererte demasiado.
Aleksei Volkov fue el único hombre al que amé después de tu padre. No, tu padre no fue un estudiante italiano. Tu padre fue Aleksei. Un hombre bueno en una familia mala. Un hombre que me dio 40 millones para que me fuera porque su padre lo iba a matar si se quedaba conmigo. Yo tomé el dinero porque estaba embarazada de ti y tenía miedo. Pero nunca lo toqué. Ni un centavo. Lo dejé aquí, a tu nombre, porque es tuyo. Es tu sangre, aunque yo no quisiera que fuera tu sangre.
Me morí pobre porque quise que fueras Moretti, no Volkov. Porque los Volkov sufren mucho. Mueren mucho. Aman demasiado y eso los mata. Yo no quería eso para ti. Quería que tuvieras una librería chiquita, un gato y un novio que no tuviera pistola.
Pero si estás leyendo esto con un Volkov al lado, y si ese Volkov te mira como Aleksei me miraba a mí, como si fueras la única página de su libro, entonces quizá me equivoqué. Quizá ser Volkov no es tan malo si se es Volkov con alguien que te ama.
Los 67 millones son tuyos. Haz lo que quieras. Pero si puedes, compra una librería grande. Con estanterías de roble y escalera. La que siempre soñaste. Y ponle Moretti & Volkov. Para que las dos estemos ahí.
Te amo más que a todos los libros del mundo.
Mamá."
Elena lloró. No como en el búnker. No como cuando cosió a Lorenzo. Lloró como cuando su madre murió. Con sollozos que le rompían el pecho, sentada en una silla de cuero de un banco suizo de 1872, con un abrigo de 10 mil dólares y con 67 millones en una pantalla frente a ella.
Lorenzo no dijo nada. Se arrodilló a su lado, como ella se arrodilló cuando lo cosió, como él se arrodilló cuando le dijo quién era su padre, y la abrazó. Sin importar que Herr Müller mirara, sin importar que Viktor estuviera en la puerta con cara de "van a llamar a la policía porque esta mujer está llorando muy fuerte".
"¿Qué quieres hacer?", susurró Lorenzo cuando ella se calmó un poco, 10 minutos después.
Elena se limpió la cara con la manga del abrigo nuevo, como siempre, de niña pobre que no tiene pañuelo.
"Quiero... quiero dejar 10 millones aquí. Para emergencias. Por si algún día tu imperio se cae y tenemos que huir a una isla y criar cabras."
"Ok. 10 para cabras."
"Quiero donar 20 a la fundación de cáncer donde murió mi madre. Con su nombre. Clara Moretti. No Volkov. Moretti."
"Ok. 20 para Clara Moretti."
"Quiero... quiero usar 5 para arreglar todas las librerías viejas de Chicago que están por cerrar. Como la mía. Con estanterías de roble."
"Ok. 5 para librerías."
"Y el resto... el resto quiero que lo uses tú. Para tu imperio. Pero con una condición."
"¿Cuál?"
"Que me compres una casa. No una mansión. Una casa. Con jardín. Con una biblioteca que tenga escalera. Y que nunca, nunca me vuelvas a esconder nada. Ni 67 millones ni un rasguño. ¿Entendido?"
Lorenzo la miró, con los ojos rojos también, porque Lorenzo Volkov lloraba por dentro cada vez que ella lloraba por fuera.
"Entendido, mi pequeña lectora. Casa con jardín, biblioteca con escalera y sin secretos. Aunque me cueste la vida."
Firmó. Puso su huella. Herr Müller le dio una tarjeta negra de metal que pesaba como un ladrillo y que decía "E. Volkov - 37,284,192.33 CHF" porque ya había restado los 30 millones que ella quería donar y dejar.
Afuera, nevaba. Elena guardó la carta de su madre en el abrigo, cerca de su corazón, junto al collar de diamantes.
"¿Ahora me compras chocolate?", preguntó, con la voz ronca de llorar.
"Te compro la fábrica de chocolate. Y te enseño a hacer chocolate con forma de libro. Para vender en tu librería."
"¿Regla número quince?"
"Regla número quince: cuando tu esposa descubre que es millonaria y que su madre la amaba más que a su vida, le compras todo el chocolate de Suiza y la llevas a casa a hacer el amor en una cama que no sea de banco suizo."
Elena se rio y lo besó ahí, en la calle gris de Zúrich, con nieve en el pelo, con 37 millones en una tarjeta negra y con la carta de su madre quemándole el pecho.
Viktor, desde el coche, le mandó un mensaje a Irina: "La señora Elena lloró. Leyó carta de su madre. Donó 20 millones. Se quedó con 37. Dijo que quiere casa con jardín, no mansión. El señor dijo que sí a todo. Están comprando chocolate ahora. Mucho chocolate."
Irina contestó: "¿Compró chocolate con forma de libro?"
Viktor: "Sí. 200 cajas."
Irina: "Bien. Esa niña sí es Volkov. Volvamos a casa."
Y guardó el teléfono, con una sonrisa que no se le quitaba desde que Elena había aprendido a disparar al corazón.